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Medidor erróneo y desfasado, entraña más riesgo y distorsión que utilidad
Un índice, el de la miseria –misery index- en el que España se mostraba beligerante y combativa, particularmente en los últimos tiempos, llegando a liderar en alguna etapa el desafortunado ranking, trono maldito a la par que ‘distorsionador’ de la realidad “por cuanto no sirve para medir el mayor o menor grado de riesgo futuro de una economía” en opinión del secretario de Estado, José Manuel Campa, para quien el indicador de Moody´s no analiza la solvencia de la deuda española, como se ha pretendido interpretar. Sin embargo, no esta claro que la calificadora vaya a renunciar a la publicación de uno de sus índices más comerciales, de esos que sirven para hacer marca.
El asunto de salir retratado en tan deshonroso ranking, ha sido tratado en más de una reunión ministerial en los últimos meses, a pesar de los esfuerzos del secretario de Estado de Economía de restarle importancia, aduciendo una cierta ligereza por cuanto supone establecer una “analogía con una metodología muy popular” en la década de los setenta. Sin embargo, se conocen algunas gestiones de funcionarios españoles, interesados en corregir lo que denominan “una anomalía estadística” debido al daño causado por el misery index, en un momento tan delicado y cuando se mira con lupa cualquier detalle que pueda influir sobre la cotización de la deuda pública, el riesgo país. Como asegura un funcionario, “todo cuenta para los inversores y cualquier incidente que guarde relación con los riesgos de un Estado acaba, más pronto que tarde, afectando al bono y al CDS”.
El polémico –y molesto- índice de miseria computa los riesgos económicos y sociales que se derivan del nivel de paro y de déficit fiscal en 16 países. En el último, publicado a mediados de diciembre pasado, España estaba al frente de la clasificación, una especie de ‘pelotón de los torpes’ que en principio no tenía más ambición que la de ser un mero catalizador o fotografía instantánea de un país en un determinado momento. Pero este momento es tan delicado y negativo como prolongado, y los efectos de la mala foto acaban convirtiéndose en pésima imagen, al tiempo que restan prestigio. Para evitar la repetición de tan desagradable foto, esos mismos funcionarios que trabajan en corregir la estadística maldita, intentar que el próximo ranking no caiga antes del verano, no vaya a ser que tenga influencia en otras calificaciones crediticias del país.
El indicador no es neutral ni inocente, incluso puede ser utilizado como argumento chistoso para restarle valor y fuerza. Pero en el fondo molesta, incordia y malea. Los detractores del mismo aprovechan la coyuntura para marcar distancias. Citan a Grecia, ahora mismo paradigma de los mayores males, gestión catastrófica, una economía donde todo lo negativo galopa y lo positivo escasea o falta. Detractores que recuerdan que el misery index dispensaba mejor trato hace apenas tres meses, a una Grecia que vive en el precipicio del default, por culpa de esa combinación, o suma, que computa los riesgos económicos y sociales, el paro y el déficit fiscal.
Esos mismos detractores no escatiman en aportación de ideas a la calificadora Moody´s a la que envían alguna que otra propuesta, eso sí, tan absurda e irrelevante como el mismo misery index. Proponen, como alarde de imaginación, un ranking que relacione la velocidad en autopista con el retraso en un vuelo regular de avión, incluso, algo más real y cercano al ciudadano, caso de la suma de dos magnitudes como el precio de una baguette de pan y el salario mínimo interprofesional. Al menos, éste serviría para identificar mejor la miseria.