edición: 2617 , Lunes, 17 diciembre 2018
19/01/2010

701, chileno, impar y blanco, gana La Moneda

Pedro González
Hay una gran diferencia entre llegar a un Gobierno después de haberse ganado la vida trabajando en la empresa privada o hacerlo como culminación de una carrera de aparatchik de partido. Abundan los ejemplos de esta segunda vía mientras que son raros los ejemplares que se adentran en la procelosa selva de la política activa después de haber triunfado en los negocios. Pero existen. El último exponente es el del nuevo presidente electo de Chile, Sebastián Piñera, que devuelve el poder a la derecha democrática desde que lo conquistara por última vez en 1958 Jorge Alessandri.

Además de sus promesas electorales, Piñera ha ganado las elecciones con el bagaje de su imponente actividad empresarial, que le ha llevado a ser el principal accionista de la compañía aérea Lan Chile, del equipo de fútbol Colo-Colo y de la cadena de televisión Chilevisión, y a sentarse en los consejos de administración de otros conglomerados como la Corporación del Cobre (Codelco), la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP), la Fábrica Militar de Armamentos y el diario La Nación. Todo lo cual suma una fortuna personal de más de mil millones de dólares, que le sirven para ocupar el puesto número 701 en la lista de Forbes de los más ricos del planeta. Semejante acumulación de activos y de poder ha servido para que, apenas elegido y proclamado su triunfo, reciba ya los primeros ataques, de momento comparándole con Silvio Berlusconi.

El próximo inquilino del Palacio de La Moneda ha contraatacado de manera sorprendente pero no exenta de lógica, al anunciar que pondrá a la venta todos esos activos. Desde luego, ésa es la única manera de tener las manos libres para tomar decisiones y acometer las reformas que juzgue pertinentes en sectores productivos tan sensibles como decisivos en la prosperidad de los chilenos, sin que planeen sobre él las sombras de impulsar legislaciones para favorecer sus intereses. Si actúa así nadie le podrá acusar de desconocer los procedimientos y el esfuerzo para crear riqueza –que ha demostrado de sobra-, ni de enlodarse en la corrupción, la principal tentación que suele asaltar a los paniaguados del poder.
 
Sebastián Piñera se encuentra un Chile próspero y estable, merced al buen gobierno de los cuatro presidentes que se han sucedido desde que el dictador Augusto Pinochet perdiera el plebiscito de octubre de 1988. Han sido veinte años de una difícil transición, que ahora sí puede darse por definitivamente concluida, y cuyo símbolo más ostensible es la silenciosa pero radical renovación en los mandos de las Fuerzas Armadas acometida por la presidente Michelle Bachelet. Esta mujer ha demostrado sobradamente que la buena administración doméstica es una gran escuela para la buena dirección de un país. Por eso lega a su sucesor un Chile con una economía saneada, reservas suficientes y una balanza de pagos equilibrada. Una herencia que hoy envidiaría sin duda la mayor parte de los países de América Latina, pero que no se ha improvisado sino que se ha cimentado en la prudencia, en las inversiones productivas y en el ahorro en los gastos suntuarios. Un balance que se traduce en que Bachelet deja el poder con un 81% de popularidad y aprecio de sus conciudadanos por su gestión. No ha precisado, pues, de falaces recursos para cambios constitucionales que prorrogaran su capacidad de representarse, una diferencia esencial, además de muchas otras,  entre Chile y los países del denominado eje bolivariano.
 
Piñera llega finalmente a la Presidencia después de cuatro intentos, los mismos que necesitó Salvador Allende en su día para el mismo propósito. El éxito de su gestión no dependerá solamente de colmar las aspiraciones de sus propios partidarios, una variada mezcla de liberales, conservadores tradicionalistas, clases medias y sectores populares, sino también en saber proceder a la definitiva estabilización política del país. La derrotada Concertación era en efecto una aglomeración de partidos socialistas, socialdemócratas y democristianos, alianza cuya principal razón de ser fue liquidar las secuelas de la dictadura y asentar la democracia. En buena lógica, la recobrada normalidad democrática permitirá que cada uno de esos partidos vuelva a su propia senda ideológica, marque diferencias con los otros y pelee de nuevo con sus mejores artes parlamentarias de oposición, pero aspirando de nuevo a conquistar el poder.

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