edición: 2680 , Miércoles, 20 marzo 2019
30/12/2008
Observatorio de Coyuntura

Acordarse del euro cuando truena

Servicio de Estudios de 'la Caixa'.- Tras diez años de moneda única, el proyecto puede valorarse como un éxito en la medida en que ha sido capaz de proporcionar estabilidad macroeconómica a las economías que participan en la Unión Económica y Monetaria (UEM). Sin embargo, si hemos de juzgar el atractivo del euro en función de su capacidad de atraer nuevos miembros, aquí el juicio no es favorable. Además de los casos que podríamos considerar de tradicionalmente reacios a integrarse en el euro –Reino Unido, Dinamarca y Suecia–, una gran mayoría de los nuevos estados miembros que se adherieron a la UE en 2004 y 2007 han mostrado escaso entusiasmo para unirse al club.

De los doce nuevos estados miembros, sólo tres, Malta, Chipre y Eslovenia, han apostado por la UEM. El escaso interés en el euro se constata también en la opinión pública. Así, un reciente Eurobarómetro (julio de 2008), la encuesta de opinión oficial de la propia Comisión Europea, señalaba que de los nueve estados de Europa central y oriental que forman parte de la UE pero no del euro, en seis de ellos (Eslovaquia, Lituania, Letonia, República Checa, Estonia y Polonia) un 45% de la población era contraria al paso a la moneda única. De los tres restantes, en dos (Hungría y Bulgaria) se oponía al proyecto más de un tercio de la población y únicamente en Rumania la cifra era relativamente reducida, en torno al 20%. Paradójicamente, Eslovaquia, que en enero de 2009 se integrará en el euro, era el país con mayor porcentaje de población reticente a dicho cambio. Aunque estas cifras no dejan de ser un reflejo parcial de la realidad, ya que un sondeo siempre incluye sesgos, lo cierto es que la posición gubernamental se alinea en este caso con la posición ciudadana y, aparte de Eslovaquia, únicamente Rumania ha oficializado su deseo de ingresar… en 2014.

Tras la percepción pública y la posición política, subyace una indudable realidad económica. La incorporación en la UEM y la adopción de la moneda única requiere el cumplimiento de los llamados criterios de convergencia. Los cinco criterios de convergencia que un país debe satisfacer son: 1) que la tasa de inflación no supere en 1,5 puntos porcentuales la media de los tres países con inflación más baja; 2) que el déficit público sea inferior al 3% del PIB y el nivel de deuda pública esté por debajo del 60% del PIB; 3) que los tipos de interés a largo plazo no superen en un 2% la media de los tres países con inflación más baja; 4) que la moneda del país candidato participe en el mecanismo de tipos de cambio con el euro (mantener una cotización central fija con una banda de fluctuación del 15%, conocido como ERM II) durante al menos dos años; y, 5) que la legislación nacional se adecue al Tratado de Maastricht en los aspectos referidos al Sistema Europeo de Bancos Centrales y del Banco Central Europeo (y a sus estatutos).

¿Qué comporta para los nuevos estados miembros de la UE el cumplimiento de dichos criterios? Se trata de países con menor prosperidad relativa y por tanto con un mayor potencial de crecimiento pero con tendencia a registrar mayor inflación. Por tanto, los criterios de convergencia suponen una etapa de consolidación fiscal y de endurecimiento monetario. Todo ello conduce a un crecimiento menor a corto plazo aunque ciertamente más sostenible a largo plazo. Se trata de un peaje político complicado y que ayuda a entender la reluctancia a incorporarse a la UEM.

Esta era, poco más o menos, la tesitura a la vuelta del verano. Desde entonces, no obstante, se han producido significativos pronunciamientos en un sentido cuanto menos inesperado. A principios de septiembre, el primer ministro de Polonia, Donald Tusk, sorprendía anunciando la intención de su país de integrarse en el euro en 2012. Se trata de un proceso complicado que implica, además de la mencionada necesidad de consolidar fiscalmente el país (en abril de 2008 la Comisión consideraba que Polonia estaba en situación de déficit excesivo), cambios legales llenos de incertidumbres, incluyendo una compleja reforma constitucional.

Pero en este giro copernicano hacia el euro, Polonia no está sola. Otros recién llegados han realizado declaraciones similares. La República Checa maneja ahora un escenario de adhesión en 2012, una fecha que otros países han mencionado como deseable, como por ejemplo Bulgaria, Letonia o Estonia. Hungría considera que en 2009 podría cumplir con los criterios de convergencia. Además, han aparecido candidatos a la moneda única totalmente imprevistos meses atrás. Miembros del gobierno de Suecia y Dinamarca, que habían rechazado en sendos referendos su adhesión, han afirmado que sería recomendable plantearse la adhesión a la moneda única. En el caso de Dinamarca se habla ya de 2011 como la fecha de un nuevo referéndum sobre la cuestión. Incluso el Reino Unido, adalid intelectual y político de la oposición a la moneda única durante años, puede estar reabriendo el debate. Finalmente, Islandia, que no sólo no está en el euro sino que tampoco es miembro de la UE, se postula como candidato a la moneda única. ¿Qué ha sucedido para que un proyecto que hasta la fecha no entusiasmaba sea ahora objeto de deseo?

La crisis financiera, como en otros muchos dominios de la realidad económica, ha cambiado radicalmente la opinión sobre la deseabilidad de la moneda única. Aunque los beneficios y los costes de compartir la divisa, y en concreto el euro, han sido motivo de discusión académica, política y ciudadana desde hace muchos años, en un contexto de fuerte crisis financiera uno de los beneficios del euro, la protección frente a movimientos del tipo de cambio no deseados, parece escasamente discutible. No se trata de un debate teórico, alejado del común de la gente. En el Eurobarómetro que anteriormente comentábamos cerca de la mitad de la población de Eslovaquia, Lituania, Letonia, República Checa, Estonia, Polonia, Hungría, Bulgaria y Rumania afirmaba que uno de los beneficios de la moneda única para su país sería protegerlo contra los efectos de las crisis internacionales.

Este efecto de escudo contra la crisis que ofrece el euro está siendo muy notable. Aunque parecería que esta valoración tan contundente es de difícil demostración, el hecho de que uno de los nuevos estados miembros, Eslovaquia, se incorpore en el euro en enero de 2009 permite visualizar hasta qué punto la moneda única blinda a una economía frente a la crisis financiera. Si las condiciones macroeconómicas, es decir los fundamentos macro, son semejantes en Eslovaquia y en otros estados comunitarios fuera del euro, pero en cambio la presión sobre divisas, tipo de interés o bolsas es menor, cabe inferir que Eslovaquia se beneficia del efecto de protección del euro (incluso antes de su adopción oficial).

Las cifras indican que este es el caso. Los desequilibrios macroeconómicos de Eslovaquia no son sensiblemente diferentes a los de otros países de Europa Central y Oriental. Los datos disponibles (véanse los gráficos de la página siguiente) apuntan a que en términos de déficit corriente, tensiones inflacionistas o desequilibrio público, su situación se asemeja a la de países como la República Checa, Hungría o Polonia. Y, a pesar de estas similitudes macroeconómicas, las variables financieras revelan que la crisis está afectando de forma relativamente menor a Eslovaquia. Aunque desde principios de agosto pasado, cuando las turbulencias financieras se recrudecieron, la bolsa eslovaca ha cedido aproximadamente un 20%, la mayor parte de mercados de valores de la región han caído más del doble. Igualmente, la presión sobre el tipo de cambio de la corona eslovaca ha sido menor. En relación con el dólar, y también desde principios de agosto, la divisa de Eslovaquia se ha depreciado aproximadamente un 25%, lejos de la pérdida de valor del 45% del forint húngaro o del zloty polaco. En este contexto, la necesidad de apoyar la divisa mediante un agresivo tensionamiento monetario ha sido escasa. Mientras los tipos de interés a corto plazo han tendido a subir en todas las economías de la zona (del orden de 150 puntos básicos desde agosto pasado), en Eslovaquia no solo no se ha producido un aumento sino que el tipo de interés a tres meses ha descendido casi 75 puntos básicos.

Por tanto, la experiencia reciente refuerza el papel de protección contra la crisis de la moneda única. La situación para los posibles candidatos dista ahora de estar expedita. El escaso interés político hasta la fecha supone que todos ellos incumplen los criterios de convergencia (véase cuadro). Aunque el progreso en este campo puede darse, en la actual coyuntura económica va a ser costoso en términos de crecimiento, además de complicado políticamente. En cambio, la situación económica hubiese permitido afrontar con menores dificultades la senda de la convergencia en años anteriores. En economía, como en la vida, nos acordamos del euro, perdón, de Santa Bárbara, sólo cuando truena. En esta ocasión, también.

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