edición: 2807 , Jueves, 19 septiembre 2019
03/06/2019

Administrar bien, en serio

Se confirma, una vez más, que el sistema (por ponerle un nombre digno) por el que se rigen las subvenciones públicas en el país, vive en ese proceloso régimen de numerosas anomalías legales que a los gobernantes de turno les suele traer al pairo. Y es que un informe sobre la calidad del gasto que hacen las Administraciones Públicas en su más amplio y genérico sentido de los términos, elaborado por la autoridad independiente Airef, pone de manifiesto el descontrol, lindando con el libertinaje, en la gestión de las subvenciones.

No tiene menos guasa que el encargo haya sido cursado por el Gobierno, lo cual puede ser indicativo del extremo de la desorientación, o empanada pública mental permanente, o, por el contrario de un atisbo elogioso de preocupación para conocer el verdadero destino de los dineros públicos dispensados en subvenciones miles. Y sorprende, en primer lugar, que el disfrute de la pólvora de Rey no está sometida a criterios ni grados de ejecución ni a cumplimiento de los objetivos que motivaron la concesión de las subvenciones.

El organismo independiente en cuestión sólo se ha atrevido a hincarle el diente al rastro de algunas políticas recientes a cargo del Estado, Autonomías y varios Ayuntamientos, pero que en conjunto llegaron a sumar 14.000 millones de euros. Y efectivamente, ni rastro de controles de cumplimiento de los objetivos subvencionados ni huella microbacteriana alguna sobre el destino de las ayudas y demás dispensas administrativas. Todo lo cual invita a pensar, sospechar, malpensar y concluir que, efectivamente, este es un país de broma y que las subvenciones son el reflejo de una Administración granuja y sinvergüenza. 

El informe lo confirma pero no lo dice con estas palabras porque para eso es la Autoridad en cuestión. Surge ahora la idea sobre la buena oportunidad que se les presenta a las nuevas autoridades políticas centrales, autonómicas y locales para reformar las graves deficiencias de la Administración que no administra, la reforma de un sistema protector de sacacuartos y gorrones que amparados en una ley de subvenciones de otros tiempos consiguen que la sangría de los dineros públicos se cuele sin control por el agujero negro del gasto público. No se trata de ahorrar, sino, simplemente, de administrar bien, en serio.

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