edición: 2784 , Lunes, 19 agosto 2019
01/06/2010

Afganistán, una guerra lejana y cara que los europeos no acaban de comprender

Pedro González
La seguridad europea se disputa a miles de kilómetros del escenario continental, en un escenario donde un puñado de militares escogidos se juega no solo la vida sino también el prestigio del país al que representan. Pongamos que hablamos de Afganistán, donde unos cuantos miles de soldados europeos –más de un millar, españoles- se juegan a diario la vida para tratar de impedir que Al Qaeda extienda sus tentáculos terroristas a lo largo y ancho del planeta. Los últimos informes llegados tanto al Pentágono como a las terminales de inteligencia de los países involucrados, España incluida, ofrecen un panorama desolador: la guerra de Afganistán no se está ganando, y lo que es peor, cunde la desesperanza, de forma que, en el mejor de los casos, los talibanes mantienen un empate técnico con las fuerzas de la alianza internacional con Estados Unidos  a la cabeza.

Para los militares destacados en el teatro afgano de operaciones es absolutamente desalentador comprobar la desafección real de sus propios compatriotas, que ignoran el formidable envite que se está ventilando en un lugar tan inhóspito y remoto como Afganistán. El éxito o el fracaso con que se salde finalmente la guerra que realmente se lleva a cabo en torno a Kabul, condicionará sin duda la lucha contra el terrorismo internacional, una de las piedras angulares sobre las que se sustenta la actividad terrorista de Al Qaeda. Al margen de operaciones puntuales de imagen como la instaurada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, tendente a minimizar el alcance de la actividad terrorista de los talibanes, la realidad que evidencia el balance de esta lucha demuestra que estamos ante una tremenda guerra  de desgaste, en la que no se atisba un vencedor claro a plazo fijo. Ni las recrecidas fuerzas talibanes ni la coalición de la OTAN al mando de los destacamentos de Estados Unidos pueden demostrar estar en condiciones de ganar una guerra, que se prolonga ya por espacio de más de un lustro. Es un dato más determinante de lo que parece, puesto que demuestra que, por primera vez, Estados Unidos no está en condiciones de augurar una victoria en una conflagración fundamental para la seguridad mundial.

Las potencias europeas, aliadas de Estados Unidos, han tenido a bien poner sordina a esta situación de empate técnico bélico sobre el escenario afgano. No es una actitud gratuita. El reconocimiento de su incapacidad para ganar esa guerra equivaldría a poner de manifiesto su impotencia para modificar el curso de los acontecimientos, es decir para reconocer que Europa pinta cada vez menos en el dibujo de la geopolítica mundial, o sea la constatación de su impotencia para condicionar o modificar el decurso de la historia. Han transcurrido ya nueve años desde que comenzara esta nueva guerra de Afganistán, y si atendemos a un análisis simplificado, lo menos que se puede decir es que ni los norteamericanos ni los talibanes son capaces de ganarla. Ni de perderla. Cabe no obstante señalar que la mayoría de los afganos soporta este pulso para ver quién se cansa antes. Y, como señala Placid García-Planas, “siempre resiste más el que no tiene otro paisaje al que regresar: los talibanes”.
 
¿Y España?... Dice el Jemad que los españoles saben perfectamente que su seguridad se juega a miles de kilómetros. Sin duda, es verdad, pero esos mismos españoles han de conocer más a fondo que Afganistán no es una entelequia; que Al Qaeda es mucho más que una red que preconiza una vuelta al Califato de Córdoba, y que lo que se está ventilando en los alrededores de Kabul no es simplemente la victoria en una escaramuza guerrillera sino la supremacía de una civilización, de un estilo de vida, de una manera de entender la convivencia entre seres humanos de distintas creencias y convicciones, pero capaces de comprenderse entre sí.
 
Al margen de las peticiones de Barack Obama para contribuir a la lucha contra Al Qaeda, los europeos han de determinar si están dispuestos ó no a pelear por la supremacía de su civilización. Hace falta que despierten y que se den cuenta finalmente que son ellos mismos quienes han de luchar por la defensa de sus propios valores, sin esperar a que sean los norteamericanos quienes vengan, una vez más, a sacarles las castañas del fuego, como hicieran en 1914-18 y en 1941-45.

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