edición: 2804 , Lunes, 16 septiembre 2019
30/12/2010

África culmina su medio siglo de independencia con nuevos brotes de inestabilidad

Pedro González
La nueva oleada de matanzas interreligiosas en Nigeria; los sangrientos enfrentamientos poselectorales preludio de una nueva guerra civil en Costa de Marfíl; la inestabilidad creciente de Sudáfrica; la caída de países como Guinea Bissau en manos de los narcotraficantes, y el innegable avance y control de más y más territorios en la franja del Sahel por los islamistas de Al Qaeda, componen a grandes rasgos la inquietante situación de un continente masivamente descolonizado en 1960, y que medio siglo más tarde permanece anclado en la frustración, el subdesarrollo y la desesperanza.

Hay una corriente de autoflagelante pensamiento occidental que, en un maniqueísmo simplificador, tiende a culpar en exclusiva al colonialismo de ayer por las desgracias de hoy. Sin poner en duda los excesos de las potencias europeas, que se repartieron en Berlín el continente africano a modo de botín, ello equivaldría a la misma injusticia de seguir culpando a España, doscientos años después, de que América Latina no haya conseguido aún los niveles de integración, democracia y prosperidad logrados por los también descolonizados Estados Unidos.

África es un continente postrado, con los índices de desarrollo más bajos del planeta, con la mayor parte de sus 54 Estados gobernados por dictaduras cleptómanas. Gran parte de sus mil millones de habitantes dependen de la ayuda y caridad internacional, que en grandes porcentajes acaba en manos de las élites políticas y militares locales. Entre quienes siguen culpando al antiguo colonialismo de este estado de cosas se da por supuesta la bondad general de los africanos. Pero, al margen de su propio grado de desarrollo, desde el punto de vista humano, los individuos y las distintas colectividades del continente tienen muchos puntos en común con el resto de los hombres: los hay buenos y malos; generosos y egoístas; misericordiosos y vengativos; trabajadores y vagos; sinceros y embusteros; leales y traidores y, en fin, con todas las virtudes y defectos susceptibles de crecer y caracterizar tanto a dirigentes como a gobernados.
 
Desgraciadamente, junto a figuras ejemplares tanto de la primera hora  de la independencia (el ghanés Kwame Nkrumah) como de la persistente lucha por la libertad y la igualdad interracial (el sudafricano Nelson Mandela), África sigue plagada de gobernantes que le han cogido un gusto desmedido al poder, al despotismo y a la tiranía. Casos como el del antaño próspero Zimbabue, convertido hoy en una dictadura implacable, son bastante habituales a lo largo y ancho del continente. Los sátrapas que gobiernan estos países echan mano del recurso habitual de anatematizar al Primer Mundo y con él, a los muchos ex colonos blancos que quisieron y quieren trabajar por una tierra a la que terminaron por profesar el amor y el cariño de quienes creyeron encontrar ahí su destino.
 
De inmediato, surge entonces el argumento final de la culpabilización: a Occidente solo le interesan las ingentes materias primas de África. Bueno, si así es, al menos tanto como a China. Las minas o yacimientos de petróleo, uranio, diamantes, oro, bauxita, cobalto, manganeso, cobre o coltan son imprescindibles para que la maquinaria productiva siga funcionando. Pero, si los países que albergan tales riquezas en su subsuelo no avanzan al ritmo que deberían en función de las exportaciones de estas materias, no es por la avaricia de las potencias importadoras sino por el afán depredador de quienes rigen omnímodamente los destinos de sus propios países.

Es incomprensible, por ejemplo, que el país africano con mayor PIB por habitante de África –Guinea Ecuatorial- tenga aún los índices de miseria que padecen sus apenas medio millón de habitantes, simplemente porque el presidente Teodoro N´Guema acapara para sí, su familia y el círculo de hierro que le rodea la práctica totalidad del 15% del beneficio limpio que obtiene el país a cambio de las concesiones petrolíferas. Un ejemplo lacerante que se extiende a muchos otros países, cuyos dirigentes mantienen cuantiosas fortunas en países respetables y en paraísos fiscales que aún se resisten a preguntar por la procedencia de las ingentes sumas de dinero inscritas en sus bancos.

En otros casos, como el del presidente ruandés Paul Kagame, presunto culpable de las matanzas de hutus posteriores al genocidio de los tutsis, Naciones Unidas le nombra incluso codirector de los Objetivos del Milenio. Todo un sarcasmo, pero ni mejor ni peor que el que representa el desafiante presidente de Sudán, reclamado por el Tribunal Penal Internacional, al que ningunea secundado por los que tildan a sus jueces de estar al servicio de Occidente frente al Islam, pero que no cuestionan cómo Omar el-Bachir ha amasado un tesoro de 6.000 millones de dólares, puestos a buen recaudo fuera del país.

África, en efecto, sigue postrada, situación que además es sumamente peligrosa para una Europa, destino quimérico de los sueños de millones de personas que no se resignan a su triste sino. La solución, sin embargo, no está tampoco en considerar a los africanos como eternos menores de edad, incapaces de gobernarse por sí mismos, de convivir en armonía y organizarse en sociedad. En cambio sí es imprescindible  ayudar a conformar nuevas élites en África que abominen de sátrapas y dictadores, que experimenten por fin el sentimiento patriótico de vivir y trabajar por su país, por sus gentes y en definitiva por un continente que no ha de estar inexorablemente condenado para siempre a la marginación y el subdesarrollo.

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