edición: 2470 , Lunes, 21 mayo 2018
11/01/2011

Al-Bashir respetará la separación de Sudán del sur a cambio de su propia impunidad

Pedro González
Aunque los resultados oficiales del referéndum no se conocerán hasta mediados de febrero y las votaciones se prolongarán a lo largo de toda esta semana,  está cantado que los más de siete millones de cristianos y animistas de Sudán del Sur se pronunciarán de manera aplastante por separarse y crear el 54º Estado de África. La incógnita está en comprobar si el presidente sudanés, Omar al-Bashir, en el poder desde el golpe militar de 1989, respetará el resultado y dejará en paz a la población más pobre de Sudán, sometida y sojuzgada tradicionalmente a la mayoría musulmana del país.

El líder sudanés, reclamado por el Tribunal Penal Internacional, que le acusa de las matanzas masivas perpetradas en la región de Darfur, al oeste del país, mantiene su autoridad con puño de hierro, apoyado en la extensión y aplicación de la sharía en todo el territorio del norte, ley islámica que ha tratado asimismo de imponer a la minoría cristiana y animista. Aún no está claro que al-Bashir acepte la separación en todos sus términos. Un día antes del comienzo de las votaciones advertía de que “el Sur todavía no se encuentra preparado para la partición”.

El presidente sudanés, que según fuentes de la City londinense habría amasado una fortuna de al menos 7.000 millones de euros, depositados principalmente en entidades financieras británicas, tendrá que hacer equilibrios tanto para que los islamistas más radicales no le acusen de débil, como para que Estados Unidos y Naciones Unidas aflojen la presión para que responda por sus crímenes contra la Humanidad y por patrocinar el terrorismo, acusación ésta muy específica que sigue manteniendo la Secretaría de Estado norteamericana.

El Sudán aún unido es el país más grande de África, dividido entre un norte, con una extensión equivalente a Francia y Alemania juntas, de mayoría árabe y religión musulmana, y el sur, tan grande como la península Ibérica, de religión cristiana o animista. Aún hoy la práctica de la esclavitud es  moneda corriente: amos árabes que someten y compran a personas del sur para todo tipo de trabajos y servicios. Como en los tiempos de Cervantes, órdenes religiosas como los mercedarios y organizaciones humanitarias suizas pagan cuantiosos rescates para recomprar y liberar a estos esclavos de hoy. Esa larga opresión fue la causa principal de la guerra civil que asoló el país desde su independencia en 1956 hasta 1972, saldada entonces con una pausa en las hostilidades, que se volvieron a desencadenar en 1983, coincidiendo con el descubrimiento de importantes yacimientos de petróleo, la mayor parte de ellos situados justamente en la zona sur, la que ahora pugna por su independencia. Esa segunda guerra civil se prolongó durante 22 años, hasta 2005, costó dos millones de muertos y se saldó con un acuerdo de paz propiciado por Gran Bretaña, que incluía entre muchas otras cosas la celebración del actual referéndum de escisión.

La estipulación económica más importante de aquel acuerdo era el reparto al 50% entre el norte y el sur de los ingresos procedentes del petróleo. Gran parte de ese combustible ha ido a parar a China, cuya voracidad energética le ha convertido en actor principal en el control de estos recursos. A este respecto, el gobierno chino se ha hecho también con los principales contratos para la explotación y suministro de los yacimientos del Congo y del lago Alberto, en Uganda.  A cambio, Pekín es aún el principal suministrador de armas de al-Bashir, mientras que Rusia y Ucrania lo son de Salva Kiir, el líder del Sur.

No es probable que Juba (capital de Sudán del Sur) y Jartum (que lo será solo de Sudán del Norte) prolonguen su acuerdo petrolífero después de julio, cuando negocien y se repartan además del petróleo, la deuda exterior, las instalaciones y armas del ejército, el agua del Nilo Blanco  y hasta la tierra fronteriza. La línea divisoria no está clara, e incluso hay una franja –la región de Abyei- cuyos habitantes también debían pronunciarse separadamente sobre su preferencia acerca de si quedarse bajo la autoridad de Jartum o de Juba, convocatoria que de momento ha sido aplazada ante la gravedad de los disturbios registrados coincidiendo con las fiestas navideñas, y el manifiesto antagonismo entre la tribu Ngok Dinka mayoritaria, partidaria de unirse al Sur, y la Misseriya, decidida a seguir bajo la autoridad de Jartum.

Como en todo territorio africano, las rivalidades étnicas y tribales van mucho más allá de los límites fronterizos. Es por ello que tampoco hay que descartar que, una vez conseguida la separación e independencia, Sudán del Sur no sufra sus propios conflictos interiores. Sus índices de miseria y analfabetismo son dramáticos, pero por el contrario dispone de un ejército de 125.000 soldados curtidos en sus disputas con el norte. La experiencia dice que, cuando se producen estas coordenadas, el equilibrio y la estabilidad dependen de que los militares no sucumban a la tentación totalitaria.

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