edición: 2515 , Lunes, 23 julio 2018
24/06/2010

Al G-20 con los deberes hechos

Pedro González
Si todos convienen en que el Grupo de los 20 ha devenido en el verdadero gobierno del mundo, parece evidente que la reunión de este fin de semana en Toronto será decisiva, puesto que en ella deberán establecerse las bases de un crecimiento duradero y equilibrado, al tiempo que se dictaminará un consenso general sobre la imperiosa necesidad de reducción del déficit público y una reforma más o menos radical del sistema financiero internacional. Ese es al menos el esquema de la convocatoria realizada por el anfitrión, el primer ministro de Canadá Stephen Harper, que previamente habrá acogido en Muskoka una reunión del G-8, reducido cada vez más al grupo que solo representa los intereses y jerarquía de Occidente (Estados Unidos, Europa y Japón).

Fundado en el château de Rambouillet, en las cercanías de París, en 1973, el G-8 ya no puede permitirse dictar las directrices del gobierno económico mundial como hiciera en el pasado. La irrupción de las potencias emergentes ha convertido, pues, al G-20 en el verdadero sanedrín de la gobernanza mundial, donde sin el concurso de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) no habría soluciones durables a la crisis.
 
En ese contexto, quién más quién menos lleva los deberes hechos. Para empezar, la llamada fábrica del mundo, China, decidió relajar la tradicional paridad fija yuán-dólar, que ha penalizado hasta la extenuación las exportaciones americanas y europeas. Es de momento un gesto de Pekín, que se había negado sistemáticamente a la fluctuación de su divisa, factor clave en la política china de inundación masiva de sus productos en todos los continentes. Cierto es que los chinos habían tensado la cuerda de la paciencia de Washington, que ya insinuaba medidas casi de retorsión, pero al final Hu Jintao acudirá Canadá presto a recibir parabienes en vez de admoniciones y reproches.
 
Rusia, que de nuevo provoca inquietudes en Europa, ahora por su contencioso con Bielorrusia a propósito del precio de mercado que Moscú exige a Minsk por el suministro de gas, ha emprendido el camino de la diversificación de sus sectores económicos para no depender en exclusiva del monocultivo de sus materias primas energéticas. Tanto el presidente Medvedev como el primer ministro Putin han realizado declaraciones y gestos tendentes a asegurar al mundo industrializado su contribución para que precios y suministros de gas y petróleo se mantengan estables frente a hipotéticas contingencias, en clara alusión al desarrollo de los acontecimientos en Irán.
 
En cuanto al Reino Unido, el jovencísimo ministro de Economía George Osborne exhibió por última vez la famosa caja roja en la que, desde William Gladstone en 1860, se incluyen los presupuestos para el próximo ejercicio. En ellos está inscrito un tajo descomunal equivalente a 50.000 millones de euros, un primer paso para reducir los 180.000 millones de euros de su gigantesco déficit. Los aumentos de impuestos, congelaciones salariales y recorte de prestaciones sociales habían sido ya anunciados desde su toma de posesión por el primer ministro David Cameron, pero éste ha preferido llevar ya los números hechos a las reuniones de Muskoka (G-8) y de Toronto (G-20).

A todos ellos se había adelantado Angela Merkel, cuyo draconiano plan de ajuste es considerado por buena parte de sus colegas europeos como “excesivo”, habida cuenta de que las cifras alemanas no exigirían un plan de ajuste tan radical como el impuesto por la canciller. No parece probable que Merkel ceda un ápice, ya que los sacrificios que exige a los ciudadanos alemanes son perfectamente comprendidos por éstos, y la sitúan como la líder de facto de Europa. Su única cesión, de consuno con el presidente francés Nicolas Sarkozy, es pedir que la reforma del sistema financiero internacional no sea demasiado radical, de manera que extienda sus consecuencias en un periodo de adaptación hasta 2015. Es probable que la propuesta goce de general aceptación, toda vez que el presidente norteamericano Barack Obama lleva meses llamando la atención para que los planes de ajuste no deriven en una espiral deflacionista contagiosa que ahogue los brotes de la recuperación.
 
Aún con todas las convulsiones de los últimos días, el presidente Rodríguez Zapatero también se presentará en Toronto con su plan de ajuste y su reforma laboral aprobados. Es la primera vez que España tendrá silla propia en esta reunión, y no prestada o compartida como sucedió en las anteriores citas, circunstancia que en todo caso ha de servir para espolear la responsabilidad en la adopción y ejecución de las medidas necesarias para intentar salir de la crisis.
 
En consecuencia, la cita de Toronto puede marcar definitivamente el fin de la era en que las instituciones surgidas en la década de 1940 (ONU, FMI, GATT y OTAN) más el posterior G-8 determinaron la gobernanza del mundo, y el principio de una nueva en que nada podrá llevarse a cabo ya sin la anuencia de los emergentes. Se acaba por lo tanto el reinado absoluto de la única hiperpotencia surgida del final de la Guerra Fría y la correspondiente imposición de sus decisiones para dar paso a un real poder multilateral.

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