edición: 2764 , Viernes, 19 julio 2019
16/06/2019

Alimento para cotillas

La publicación del patrimonio, bienes e intereses de los parlamentarios recién elegidos en las urnas, se ha convertido en materia de chismorreo y habladuría nacional, en alimento balsámico eficaz para tertulias, conversaciones en bares y demás lugares públicos y privados. El morbo que exhala información y conocimiento tan personal y privado, callado y discreto, para envidiosos y cotillas es de tal intensidad que observado por la psiquiatría tradicional convendría en certificar que se trata de una enfermedad crónica, en algo propio del ADN cultural de la raza hispana.

Según parece, y sea todo en aras de la mayor transparencia de quienes son o serán nuestros representantes políticos, las declaraciones de bienes de sus Señorías vienen a quebrar la intimidad personal o a provocar la debilidad de la misma justificada también (no sólo en la transparencia) por la presunción de evitar malignas y perversas tentaciones hacia prácticas corruptas o inapropiadas, es decir, al robo, al tráfico de influencias y otras maldades de malas artes así consideradas por el Código Penal.

Dejando a un lado que la negación de la transparencia no constituye un acto de reconocimiento explícito de anomalías o singularidades en el patrimonio personal, lo que claramente ha provocado el rechazo de numerosos personajes tentados por los partidos políticos para ocupar cargos públicos, la transparencia total y absoluta de los bienes, derechos e intereses personales se convierte en un arma arrojadiza, en elemento bélico de destrucción y ataque al servicio del enemigo si, llegado el momento, fuera necesario su uso.

La declaración de intereses es, por tanto, el paño, la materia prima ideal para clasificar, señalar, encasillar, catalogar y marginar a quienes por razón y obligación del cargo público al que aspiran, deben observar su cumplimiento. Un sistema de transparencia, al tiempo que destrucción de la privacidad, injusto y que para evitar sus efectos perniciosos debería contar con una regulación más inteligente, protectora y prudente. Eliminaría las enfermizas pasiones del fisgoteo y con ellas a los cotillas, especie de fuerte arraigo en la sociedad española y, de paso, se ganaría en intimidad y discreción, virtudes tan escasas como abundantes los hurones.

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