edición: 2700 , Miércoles, 17 abril 2019
12/12/2014
Cambio de imagen

Ana Patricia Botín quiere ser filántropa

Mientras la presidenta no termina de ver centrado a su equipo, el banco dañado busca capital
Juan José González

Desencantada, insegura e insatisfecha con parte del equipo, Botín quiere más. Más y mejor, es decir, desea más notoriedad y ser percibida como persona afable, cordial, simpática, cálida... como persona y punto. Todo eso, que es mucho, le obliga a llevar a cabo un trabajo ímprobo y muy exigente (porque es precisamente sobrehumano). Y parece haberse decidido por una idea que también desarrolló su antecesor: la filantropía. Pero ojo, no la de dar, sino la de resolver (como gusta decir a otro filántropo, a Slim). Una filantropía sui generis que reporte algún tipo de beneficio, claro, pero disfrazado de generosidad y humanismo: altruismo. Como Buffett, Ortega, Del Pino, Angelina Jolie o Rockefeller. Aunque el deseo de la presidenta no llegue en el mejor momento para el banco.

Lo dicho, que quiere desarrollar la parte más filantrópica de su personalidad (¿?) y del banco para que no se vea sólo eso, el banco, el dinero, la riqueza, el poder... Su padre y benefactor le dejó en herencia un imperio de dinero, pero enganchado al mismo una de las mejores ideas para el desarrollo educacional que se han parido en este país: Universia, la verdadera niña bonita de don Emilio Botín, con mayor prioridad y pasión que la mostrada por la Fórmula 1.

Mujer brillante sí, pero no sólo eso. Porque sólo es conocida por su difunto padre y por el dinero heredado. A Ana Botín le parece poco y quiere ser algo más que la triste y fría presidenta (¡vaya fama!) de una institución poderosa. Su trabajo se centra ahora en acertar en las decisiones personales y, como adelantó en su primera cita con los accionistas, está comprometida con seguir la estela de su padre.

La presidenta registra un déficit de humanidad, de calor personal que acabará pasándole factura porque en la casa todo lo mide en números, todo va a una cuenta de resultados. Preocupada está ella y también los suyos por el singular déficit de sentimientos, como si le faltara corazón (es evidente que lo tiene) para detectar que en esa trayectoria de éxito que asegura haber heredado, hay muchas personas y muchas lagunas.

Poderosa, educada en las finanzas, en el mundo del dinero, volcada primero en la suma y más tarde en la multiplicación, la frialdad personal que provoca la permanente distancia con personas y problemas, acaba por no dejarle un hueco libre para los sentimientos. En sus discursos sólo hay cifras, expectativas, operaciones, beneficios, dividendos, dinero y banca. No existen las personas sin empleo, y menos los desahucios. Porque la crisis -cree- sólo ha traído daño y miseria a la banca, miles de clientes que se han quedado por el camino, otros que han sacado sus ahorros del banco, algunos pocos más que no han devuelto el dinero y otros muchos que lo piden pero que vienen sin aval. Y así las cuentas no salen en el banco más poderoso y sistémico. Esta es la crisis según Ana Botín.

A propósito de la crisis, un veterano profesor explicaba a sus alumnos hace dos días en una Universidad privada, que un banco tiene margen infinito para disimular las cuentas cuando estas no salen bien, y si no miren a los más grandes las virguerías contables que han presentado al Banco Central Europeo para demostrar que eran más resistentes que nadie. La moraleja de la explicación bien parecía ir dirigida a la presidenta Botín: el afán por ganar dinero (multiplicar) no es garantía de mayor seguridad y solvencia financiera. Vamos, que el dinero, se sabe que ayuda pero que no lo es todo, y sino, para eso está la contabilidad, para hacer virguerías.

Ana Botín sigue enredada en el banco, preparando la próxima minicrisis que bien puede coincidir con la llegada de los Reyes (los Magos, los de Oriente). La presidenta lo quiere tocar todo (en el organigrama) toca y retoca, coloca y recoloca y se vuelve loca. Y en su locura quiere montar algo así como una especie de puente aéreo entre Londres y Madrid, ejecutivos que vienen y van. Viajes o sistema que parece que se va a prolongar en tanto da a luz las decisiones personales, las más comprometidas en estos casos. Es posible que haya que hacer caso de alguno de sus más cercanos cuando dice "no, si lo que menos le importa a ella es el dinero". Claro, porque ya lo tiene. Lo malo es que lo tiene en un banco con un problema de grueso calibre, dañado y tocado por numerosos problemas, y donde la falta de capital no es el más dañino.

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