edición: 2361 , Lunes, 11 diciembre 2017
07/01/2010

Arabia Saudita, la fortaleza que Al Qaeda e Irán quieren tumbar

Pedro González
El principal productor y exportador mundial de petróleo es también el custodio de la ortodoxia y de los principales lugares sagrados del Islam. Son, pues, características suficientes para que converjan sobre él todas las apetencias, tanto de quienes desean preservar la frágil estabilidad actual como de quienes aspiran a dar un vuelco radical a la geopolítica universal. El Reino ha resistido merced a tres factores esenciales: el petróleo, el sostén americano y la prudencia en los modos de gobernar de la familia real saudí.

Efectivamente, el actual monarca saudí, Abdallah bin Abdul Aziz, que cuenta 86 años, sabe que la estabilidad de su Reino depende del equilibrio que consiga entre el necesario reformismo y la fidelidad a las esencias del Islam. Su política de reformas es bastante tímida si la juzgamos con ojos occidentales, pero lo suficientemente avanzada como para haber suscitado las críticas de los más acendrados partidarios del wahabismo, la interpretación radical del Islam, la misma que ha esparcido su semilla de odio hacia Occidente a partir de las mezquitas edificadas en Occidente y sostenidas con financiación de Arabia.

En sus reformas, Abdallah no ha cedido ante las críticas internas, y ha destituido incluso a líderes religiosos tan influyentes como Saad Bin Nasser al-Shetri, que había censurado la puesta en marcha de la nueva Universidad de Ciencias y Tecnología, símbolo de una auténtica revolución cultural cual la instauración de clases mixtas. Asimismo ha destituido al presidente del Tribunal Supremo y a los principales funcionarios de la Oficina del Mufti (Dar el- Iftaa), por sus violentas diatribas a propósito de esas mismas medidas reformistas. Al mismo tiempo, el monarca saudí ha tomado en consideración las recomendaciones de las organizaciones humanitarias, que censuraban los castigos atroces del islamismo,  y ha promulgado una ley que promueva “la cultura de los derechos del hombre”, un corpus de principios compatible con la ley islámica.
 
Pero, pese al vigor de la oposición interior, las principales amenazas sobre el Reino son exteriores: Al Qaeda e Irán. La red terrorista ha dirigido en los últimos cinco años una serie de atentados suicidas destinados a “derrocar una Monarquía culpable de traicionar al Islam”. Su crimen, haber acogido en su suelo bases militares americanas. La acusación ha surtido efecto, al menos parcialmente, puesto que tales instalaciones han sido transferidas desde entonces a Qatar, aunque para Al Qaeda ello no sea suficiente. Mientras los extranjeros (occidentales) sigan viviendo en la península arábiga, la transgresión es intolerable, por cuanto no es permisible que sigan hollando la tierra del Profeta. Esa es, pues, la principal prioridad de la lucha de Al Qaeda en Arabia.

La otra gran amenaza exterior es el Irán chií. Teherán percibe a Riad, corazón del Islam suní, como el principal obstáculo para su revolución islámica. En ese contexto, el programa nuclear iraní significa que Arabia se encontraría indefensa sin la protección americana. Pero, más allá de esta amenaza, Irán plantea desafíos más inmediatos, en particular los intentos de desestabilización de las provincias saudíes del este, ricas en petróleo y que albergan una importante minoría chií. Si Irán consiguiera que ésta se revolviera contra Riad, las consecuencias podrían ser catastróficas para el Reino, porque sin sus reservas petrolíferas Arabia Saudí dejaría de ser la potencia que hoy recibe los parabienes de todos. De otra parte, los rebeldes huthis de Yemen, sostenidos por Irán, podrían trasladar sus actividades desestabilizadoras a Arabia, incendiando toda la península arábiga.
 
¿Cuánto podrá resistir el anciano rey saudí? A sus 86 años, no parece que sus energías se prolonguen mucho en el tiempo. Pero, de acuerdo con la Ley Fundamental de 1992, que exige que el Reino solo pueda ser gobernado por descendientes de Abdel Aziz Ibn Saud, su sucesor más probable sería el príncipe Sultán, que cuenta 83 años y tiene los achaques propios de la edad. La gran esperanza estaría, sin embargo, en el príncipe Naef Bin Abdul Aziz, quinto en la línea sucesoria, segundo viceprimer ministro que, con 76 años actualmente, lleva al frente del Ministerio del Interior desde hace cuatro décadas.

En el seno de la familia real él sería el mejor situado para coronarse como el próximo monarca saudí. Mientras ese momento llega, éste aspira a que Abdallah le deje un país viable y con las tímidas reformas emprendidas, consolidadas. Abdallah es un reformista por necesidad más que por creencias. Inmerso en una educación ultraconservadora bañada en el Islam wahabita, su edad y su experiencia no le convierten en el mejor defensor de la monarquía constitucional. No obstante, su puño de hierro ha permitido hasta ahora que Arabia Saudí sea un islote de estabilidad y del pragmatismo en el Medio Oriente frente a los intentos de Irán y del Islam radical por derrocarle. Ello ha permitido mantener el statu quo, porque si Arabia Saudí cayera en manos del radicalismo islámico, la actual guerra contra el terrorismo global tendría unas características mucho más dramáticas aún de las que el mundo ya está experimentando.

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