edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
30/11/2010

Assange y su Wikileaks ya son el enemigo público número uno de Estados Unidos

Pedro González
Un mundo donde todas las relaciones humanas fueran transparentes al ciento por ciento y donde todas las manifestaciones coincidieran totalmente con los propios sentimientos, sería simplemente imposible. No son concebibles en modo alguno transacciones comerciales, económicas e incluso puramente sentimentales si las partes exhiben la totalidad de sus cartas e intenciones. Estaríamos hablando de otro mundo, del Paraíso seguramente, porque estarían ausentes de él las luchas por cualquier tipo de poder o dominación, la competencia en todos los campos y, en fin la tendencia natural de todo ser humano a afrontar nuevos retos y conquistar sucesivas metas.

Nuestro mundo es como es, o sea un escenario en el que se ventilan infinitos círculos de peripecias humanas con un denominador común: prevalecer, mejorar y superar al otro, sea éste un individuo, un grupo, una colectividad, un país, un continente, porciones del universo, y así hasta el infinito.

En el mundo y en el siglo en que vivimos hay una superpotencia por encima de todas las demás, Estados Unidos, cuya obsesión no difiere mucho de las que han regido la acción política de las que le han precedido en la hegemonía del poder: su propia seguridad, la estabilidad de su dominación y supremacía, y obviamente detectar y prevenir todo intento de cualquier índole que pueda menoscabar sus intereses. Esta es la labor fundamental de la diplomacia y de las embajadas, dotadas de mayores medios materiales y humanos cuanto más importante sea para su metrópoli central el país en que se encuentra. Cada integrante de la legación en cuestión tiene una misión específica, pero siempre al servicio del objetivo principal de iluminar a sus centrales sobre los movimientos que puedan afectarle en el país o región de destino.
 
Ningún agente diplomático o embajador que se precie establecerá una relación de confianza con las élites indígenas si a cada encuentro les espeta lo que verdaderamente piensa de ellas. Tampoco favorecerá o cerrará negocios con empresas autóctonas a las que menosprecie o a las que anuncie las verdaderas intenciones de fagocitarlas por una multinacional de su país. Por el contario, harán bien su trabajo si logran establecer tal clima de intimidad y confianza con sus interlocutores que éstos les faciliten información más o menos valiosa de todo tipo, que es la que luego transmiten a sus jefes con el lenguaje aséptico, contundente o descarnado de lo que verdaderamente piensan del interlocutor o de la situación a los que quieran aludir.

Este es el trasfondo de los miles de informes que todas las embajadas y consulados del mundo transmiten a sus respectivas cancillerías. Como superpotencia que es, Estados Unidos es la que más invierte en este tipo de documentos, de los que una cantidad no precisada –entre 250.000 y 400.000- han caído en manos del australiano Julian Assange y su web Wikileaks. Un portal que, pese a su sofisticadísimo sistema de seguridad, sufrió un asalto masivo y no menos sofisticado apenas horas antes de que colgara tales documentos en la red. Vano intento de las múltiples agencias de seguridad americanas y de su Departamento de Estado, ya que una copia de tales documentos había sido distribuida previamente a cinco grandes publicaciones mundiales, siguiendo la pauta iniciada con los 90.000 documentos sobre las guerras de Irak y Afganistán.

Hillary Clinton, la secretaria de Estado, lleva varios días colgada del teléfono para pedir disculpas a sus colegas de todo el mundo a propósito de las revelaciones que a cada uno  concierne en tales documentos. Aquí es preciso distinguir entre los cables relativos a consideraciones evaluatorias de tipo personal y las más delicadas, que afectan a estrategias de seguridad. En cuanto a las primeras, ninguno de los afectados debería sorprenderse al conocer la opinión –en este caso sí verdadera- que de él/ella tienen los embajadores de Washington. Para calificar a Zapatero de “político cortoplacista que supedita los intereses comunes al cálculo electoral”, tampoco hace falta más que leer la propia prensa española y contemplar y oír las muchas tertulias radiofónicas y televisivas. No ha tenido que trabajar tampoco mucho la embajada en Italia para describir a Berlusconi como un personaje “cansado y desgastado por tantas fiestas salvajes”, o el carácter obstinado y perfeccionista del turco Erdogan, del que desconfían tenga una agenda islamista oculta. El principal problema en estos casos afecta principalmente a quienes suministran detalles más o menos secretos de las debilidades de los líderes, que se quedan literalmente al descubierto frente a sus propios jefes.
 
En cuanto a los temas estratégicos, la filtración echa abajo numerosas presuntas convicciones, como por ejemplo la de la hipotética solidaridad musulmana. La evidencia del miedo a Irán por parte de los países del Golfo llega a plasmarse incluso en la petición a Estados Unidos de desencadenar una guerra convencional contra el régimen de los ayatolás, en la convicción de que siempre será mejor que una nuclear por no haberlo hecho a tiempo. Es decir, lo mismo que quiere Israel. Los sátrapas iraníes saben ahora la realidad de lo que piensan efectivamente sus vecinos, independientemente de lo que les hayan podido contar sus propios espías. Lo mismo ocurre en Naciones Unidas, un escenario ideal por su altísima concentración de diplomáticos y dirigentes de todo el mundo para recabar información confidencial, tanto sobre los más altos funcionarios de la ONU, empezando por su secretario general Ban Ki-Moon, como sobre países en crisis, Gobiernos y personalidades cercanas al poder o en la oposición en la práctica totalidad de los Estados del mundo.

Nada, en todo caso, que se salga del axioma universal, según el cual “información es poder”, y para tenerla todos los países invierten de acuerdo con sus medios, que en lo que respecta a Estados Unidos son ingentes. Cualquiera de los centenares de miles de documentos publicados podría servir de base para una novela de John Le Carré o una película de Alan J. Pakula. Wikileaks y su mentor Julian Assange tienen el mérito de haber desvelado el misterio que siempre envuelve a la sospecha. A ambos va a perseguírseles so pretexto de atentar contra la seguridad y de poner en peligro vidas (se supone que norteamericanas). Son ya el enemigo número uno de la hiperpotencia. Pero, tal vez podría dársele la vuelta al argumento, y preguntarse por las vidas que puede haber salvado sacar a la luz tan ingente número de documentos. De haber existido Wikileaks, tal vez hubiéramos sabido antes lo que las embajadas de Estados Unidos hicieron en Guatemala, Brasil o Chile, e incluso tal vez a Henry Kissinger no se le habría concedido el Nobel de la Paz. A los historiadores se les acaba de ahorrar un enorme trabajo de campo. La primera lección, de momento, es que delante de un diplomático, como de un periodista, no es prudente desnudar por completo el alma.

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