edición: 2327 , Viernes, 20 octubre 2017
30/09/2009

Aumenta la deuda ecológica del primer mundo con los países en desarrollo

El consumo desmesurado de recursos y energía por parte de los países desarrollados perjudica a las maltrechas economías emergentes
Beatriz Lorenzo

Con apetito voraz y desmesurado, los países desarrollados consumen los recursos del planeta a un ritmo leonino, devorando materias primas y recursos energéticos a mayor velocidad de la que se producen. La abundancia de modelos económicos competitivos y “plastificados”, ha ocasionado que los países desarrollados carezcan de multitud de recursos, que han de tomar de las economías emergentes. Las modernas sociedades “del exceso”, desmesuradas en todo, no han dudado en hincar el diente también en este aspecto a las maltrechas economías emergentes, dando lugar a una situación que ahora mismo, en medio de la crisis económica, se ha hecho insostenible para todos. La organización internacional News Economics Foundation (NEF) ha elaborado un informe denunciado el incremento de la deuda ecológica del primer mundo para con los países emergentes, motivada por el consumo excesivo de recursos y energía que no le corresponden.


Ciertamente, la autosuficiencia alimentaria es ya casi un recuerdo histórico para los países desarrollados y la dependencia del extranjero para obtener energía es casi total. Existe una profunda brecha entre el consumo de energía de los países emergentes y los desarrollados pero, paradójicamente, sólo el 7% de la población mundial – por supuesto, habitante del primer mundo- produce aproximadamente el 50% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. En su estudio, NEF trata de ahondar en la idea de que el consumo excesivo y desmesurado, más que bienestar, no aportará más que insatisfacción y carencias, en una reflexión similar a la que vio la luz la semana pasada por encargo del presidente Sarkozy, “Más allá del fetichismo del PIB”, realizada por los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Sen.

Así pues, desde NEF están convencidos de que para aumentar el bienestar humano, el enfoque no ha de ser tanto cuantitativo (sobre la renta y el consumo) sino cualitativo, en relación con aspectos como el entorno humano respetuoso, la cultura cívica, o los fuertes lazos comunitarios. El informe sugiere que muchos países han superado ya su punto de saturación, en su despilfarro desmedido, una explosión de consumo que, por el bien del medio ambiente y de la sociedad, necesita ser desactivada.

El concepto de deuda ecológica cobró notoriedad a fines de los años ochenta , como medio para subrayar la destrucción ambiental en los países emergentes para responsabilizar a empresas y gobiernos de las naciones industrializadas, mientras que en otros casos fue esgrimida como una réplica a la deuda financiera que se arrastraba ( y se sigue arrastrando) en el Tercer Mundo. En la actualidad, este debate ha cobrado nuevo sentido ante la permanencia de la crisis ambiental y los efectos del cambio climático que, en los países emergentes, son responsabilidad más de las multinacionales que operan en ellos con mano asoladora (deforestaciones, vertidos tóxicos…) que de las propias sociedades locales.

Así pues, la deuda ecológica es en esencia la responsabilidad que tienen los países industrializados, sus instituciones, la élite económica y sus corporaciones por la apropiación gradual y control de los recursos naturales así como por la destrucción del planeta causada por sus patrones de consumo y producción, afectando la sustentabilidad local y el futuro de la humanidad.  La base y la causa de la deuda ecológica está en el actual modelo de producción industrial, la producción exhaustiva de residuos, así como la emisión de gases de efecto invernadero, el capitalismo y el libre mercado.


La deuda ecológica también se manifiesta por la apropiación abusiva de espacios comunes como son la atmósfera o los océanos para absorber las emisiones de gases con efecto invernadero. El cambio climático está provocando desastres que afectan a las sociedades más vulnerables. Los graves impactos sociales, ambientales, culturales y económicos de la aplicación de tecnologías agrícolas como la agro-bio-tecnología- con sus semillas genéticamente modificadas- así como la concentración de muchas tierras en pocas manos, constituyen una inmensa deuda social y ecológica. La deuda se manifiesta también a través de las guerras, las armas biológicas y químicas, los proyectos de integración de infraestructura, como el IIRSA para Sudamérica o el NEPAD para África, los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos, los Acuerdos de Asociación entre América Latina y el Caribe con Europa, o los EPA con África, la producción de desechos tóxicos, etc.  El concepto de deuda ecológica viene a aliarse de este modo con el más antiguo de deuda histórica, que tiene su origen en factores seculares tales como la apropiación de territorios, el etnocidio, el colonialismo y el robo de la biodiversidad.

BUSCANDO LA JUSTICIA ECOLÓGICA

Los gobiernos de los países desarrollados y, sobre todo, las multinacionales con sus modelo de negocio despiadados y poco respetuosos con el medio ambiente y la sociedad, son los grandes culpables. El concepto de deuda histórica y ecológica es tan abstracto, tan teórico, con tan pocas-por no decir ningunas-repercusiones prácticas, que quizás lo que venga haciendo falta sea más bien una Justicia histórica y ecológica, que funcione como supervisora y coarte los agravios que tras décadas de teorización y reclamaciones de responsabilidades se siguen produciendo. Favorables a este aspecto, dos relatores de la ONU, el finlandés Martin Scheinin (para derechos humanos) y el austriaco Manfred Nowak (para la tortura) presentaban el pasado mes propuestas para crear una Corte Mundial que juzgue también a las empresas multinacionales que se resisten a asumir responsabilidades por los impactos de sus actividades y la vulneración de los derechos humanos y colectivos.

Y es que los casos de expolios, agravios y ultrajes a las sociedades emergentes, son bien graves y numerosos. Por ejemplo El próximo 3 de diciembre se cumplirán 25 años del desastre de Bhopal (India), negligencias en el mantenimiento de la fábrica de pesticidas de la compañía estadounidense Union Carbide provocaron la fuga de más de 27 toneladas de gas letal. Murieron de forma inmediata 3.000 personas y se estima que la cifra final de fallecidos se acercó a las 20.000, con 600.000 afectados, de los cuales 150.000 sufrieron graves secuelas. Nunca se han pagado indemnizaciones ni se ha dictado condena. Ni siquiera se han limpiado las aguas subterráneas de la zona. Union Carbide acabó en manos de Dow Chemical, que no se ha dado por aludida. Pocos años despues, en1989, el buque ‘Exxon Valdez’ derramó en Alaska 37.000 toneladas de hidrocarburo, que se expandió por más de 2.000 kilómetros de costa. Tuvieron que pasar 20 años para que un tribunal condene en firme a la petrolera Exxon Mobil a indemnizar a las víctimas. El desastre no le h salido demasiado cao a la compañía texana: un tribunal federal de apelación ha rebajado este junio a 365 millones de euros la indemnización que deberá abonar, cifra muy inferior a la sentencia inicial, del año 1996, que la fijaba en 3.600 millones de euros. Mucho más reciente es el polémico caso de la petrolera Shell, que el pasado 9 de junio convino en pagar una indemnización de 11,1 millones de euros a los familiares de los nueve activistas de la etnia ogoni, liderados por el poeta Ken Saro Wiwa, que fueron ejecutados en 1995 por el dictador nigeriano Sani Abacha por denunciar la contaminación que la petrolera causaba en su región. Shell evitó con dicho acuerdo el tener que sentarse en el banquillo de un tribunal federal para responder de la acusación de complicidad en graves violaciones de derechos humanos y torturas. Los demandantes sostenían que Shell aprovisionó con armas a los soldados que fueron enviados a la zona para reprimir las protestas contra la petrolera.

Puede decirse que los agravios y desastres responsabilidad del primer mundo son la parte visible, evidente y pública de la deuda exigible por los países emergentes. Existe otra parte, más oculta, más sutil, mucho menos perceptible, que ahora  NEF ha querido poner de manifiesto en su informe: la apropiación por parte de los países desarrollados de los recursos, las materias primas y las fuentes de energía que no les corresponden.

La justicia climática estaría entonces relacionada con el desproporcionado uso, histórico y presente, de la capacidad de la biósfera de captar CO2, y otros gases con efecto invernadero, por parte de los países industrializados para sostener su modelo de desarrollo, mientras que los países emergentes, son quienes más sufren los embates del cambio climático. Lo mismo ocurre en relación con la apropiación de tierras que dejan a las sociedades emergentes sin terrenos propios, el expolio de materias primas y la apropiación de las fuentes de energía.

Numerosas iniciativas se han desplegado en la búsqueda de la justicia climática. Ya desde las negociaciones de Bali en 2007, se concertó la necesidad de demandar Justicia Climática a nivel mundial; así, y dando seguimiento a las amenazas que representa el Cambio Climático y las falsas soluciones; en la Cumbre de los Pueblos del Sur de 2008 en Bahia Brasil, se planteó la necesidad de un Tribunal de Justicia Climática. De igual forma, durante el Foro Social Mundial 2009, se plantearon varios debates sobre la Deuda Ecológica y la Justicia Climática con distintas organizaciones y redes.

Director
Alfonso Pajuelo ( director@icnr.es )

Redacción (redaccion@icnr.es)

  • Juan José González
  • Javier Ardalán
  • Carlos Schwartz
  • Rafael Vidal

Intelligence and Capital News Report ®
es una publicación de Capital News Ediciones S.L.
Editor: Alfonso Pajuelo
C/ Joaquín María López, 30. 28015 Madrid
Teléfono: 92 118 33 20
© 2017 Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción sin permiso expreso de la empresa editora.

Optimizado para Chrome, Firefox e IE9+

loading
Cargando...