edición: 2788 , Viernes, 23 agosto 2019
28/01/2016
A falta de plan de viabilidad

Bancos y bonistas difieren de la solución para Abengoa 

Trocear la compañía `salvaría´ una parte de la deuda bancaria pero reduciría a casi cero el valor de la compañía
Juan José González
Aumentan las presiones de los acreedores bancarios sobre el consejo de Abengoa en un intento de salvar buena parte de la deuda y reducir en lo posible, que es más bien poco, las pérdidas en sus balances. Las opciones que se consideran para salvar la compañía, o lo que es lo mismo, para que el uno de abril pueda seguir en marcha su actividad y llegue el dinero de las nóminas al banco, pasa, básicamente, por dos vías, y ambas dolorosas: la primera se centra en quitas y amortizaciones, además de pasar las deudas a capital, y la segunda es la amputación, la división del todo en varias partes. Bancos y bonistas, principales acreedores, se resisten a una división que no descartan,  mientras ven más o menos `manejable´ y razonable la reestructuración de las deudas. Abengoa, se dice, es un problema de varios problemas: de liquidez, de mercado, de gestión y de elevada deuda. Los bancos, como el resto de los acreedores, quieren cobrar, aunque no al mismo precio.
Es un asunto delicado para la empresa, para el Estado, para la Autonomía andaluza (una empresa histórica, local y muy identificada con la región) para los pequeños ahorradores y, por supuesto, para los acreedores financieros y bancarios. La banca quiere cobrar, minimizar las pérdidas y `salvar´ la inversión. Es una aventura en la que se han pillado los dedos siete entidades bancarias (cinco nacionales y dos extranjeras) que comparten riesgos en una empresa que debe 9.000 millones de euros (deuda corporativa) y donde los bonistas mantienen una deuda (cotizada) superior a los 1.500 millones de euros. Sobre el terreno, bonistas y bancos deberían estar unidos por el interés común de cobrar sus inversiones, al menos una parte. Y sin embargo, las diferencias entre los dos grupos (hoy irreconciliables) hace peligrar el futuro de la compañía, el único escenario en el que no ganaría nadie: todos perderían.

En los últimos días, los bonistas parecen dispuestos a poner el dinero (crédito) suficiente, hasta 300 millones de euros (liquidez) como para que la compañía pueda pagar nóminas y evitar el concurso de acreedores antes de abril. Es una decisión razonable basada en el interés de salvar la compañía para salvar la inversión. Sin embargo, es insuficiente porque la deuda total de la empresa (a día de hoy sin precisión contable) exige, como sucede en los grandes fiascos y crisis empresariales, que todos los implicados en el problema (la deuda) asuman su parte. Es la única forma de comenzar a solucionar el problema; mostrando qué parte de riesgo están dispuestos a dejar, perder o renunciar los acreedores.

A propósito de renuncias, habría que recordar a algún banco con fuerte protagonismo en el asunto Abengoa, que los tiempos en que el Estado se hacía cargo de los daños y perjuicios, de los restos del cadáver o de la desgracia en general, son hoy historia. Las deudas de las compañías privadas, al igual que sus beneficios, les corresponden a sus socios, accionistas e inversores. Y la idea del gran banco acreedor que lanzó en una reunión al resto de los acreedores de que fuera el Estado el que asumiera la responsabilidad por los recortes de las subvenciones a las renovables, es indefendible desde hace varias décadas. Las deudas de Abengoa serán soportadas por sus inversores en la medida del riesgo asumido o del crédito concedido en el caso de los bancos.

Con todo, del fiasco de la gestión de Abengoa no sólo va a suponer daños para los trabajadores de la empresa y miles de los cientos de empresas auxiliares, sino que también salpicará directamente al Estado y, por ende, a los contribuyentes a través del ICO y de subvenciones varias de la Junta de Andalucía. El Estado tan sólo deberá asumir, como cualquier otro socio, sus responsabilidades y que en este caso, afortunadamente, son limitadas. Quizá el banco que sugirió la idea de `nacionalizar las pérdidas´ tenga que explicar a sus accionistas la forma en que calculó el riesgo en Abengoa: que se mida mal un riesgo, no exime del cumplimiento de las obligaciones, como hacer frente a las pérdidas.

Ahora la salvación de Abengoa pasa no sólo por lograr un acuerdo bonistas y banca, si no también por decidir -entre todos- la mejor solución; si mantener la compañía en un grupo, como en la actualidad, o trocea sus activos para desinvertir en algunos de ellos y haga más `presentable´ y `defendible´ ante el consejo de administración del banco una deuda que hoy es un problema de liquidez y otro problema que pasa por alargar (reestructurar) los plazos de amortización. Que el problema principal de una empresa con buenos activos y ligada a un sector de futuro, como es el caso, radique en que no genera recursos en cantidad como para hacer frente a las deudas, debería ser suficiente para que los acreedores bancarios no bloquearan una salida compartida a la crisis de Abengoa.

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