edición: 2350 , Jueves, 23 noviembre 2017
18/06/2014
La vicepresidenta lo tenía preparado

Barroso rescata la idea del nuevo estatuto para el Banco de España

Ocasión de oro para provocar una actualización en el papel, las funciones y la gestión de un regulador escaso de reflejos
Juan José González

Es probable que sin quererlo -aunque nunca se sabe- el debate abierto por Durao Barroso, y la entrada al trapo de Emilio Botín, a propósito de la responsabilidad en la crisis financiera, conduce directamente al papel del Banco de España en el sistema, a su gestión y eficacia, a sus reflejos, su capacidad de resolución de problemas, también a su reputación y a su credibilidad. Porque, un año más, si el Banco no se adelanta (improbable) en fecha, será en los primeros días de agosto cuando presente la Memoria de Reclamaciones de 2013. Es el célebre registro de quejas de los clientes contra las entidades financieras, asunto año a año al alza. La Memoria de marras, si bien no es un termómetro para medir la calidad de los servicios bancarios, se suele utilizar para identificar los puntos más conflictivos de la relación del sector con la clientela. En esta ocasión va a proporcionar, de nuevo, un motivo más para medir la gestión del supervisor como supervisor y su capacidad como regulador del mercado. De la misma forma que Barroso advierte de la responsabilidad de actuar a posteriori en la crisis, la gestión a toro pasado en las reclamaciones tiene las mismas causas y produce los mismos efectos: no sirven para nada.

Sin entrar en el detalle de las quejas de los clientes, pues corresponden al ejercicio de 2012, las que presente el banco el próximo agosto, reflejarán las distintas conductas inapropiadas de la relación banco/clientes en un ejercicio en el que, como 2013, se ha mostrado muy conflictivo en productos financieros como las preferentes. También es probable que un mayor celo institucional de los dos supervisores (CNMV y BdE) haya contribuido a poner un poco de orden en el mercado financiero. En todo caso, los efectos de la Memoria de Reclamaciones, siempre darán la oportunidad de poder calificar al supervisor, de examinar al examinador.

En esta línea, de su gestión se desprende que cuando el propio examinador (BdE) reconoce que los reclamados (banca) no tienen razón en un elevado porcentaje, cabe preguntarse cómo es posible que el supervisor no conociera con antelación las actuaciones de algunas cajas y bancos en el asunto de las preferentes. O cómo no actuó a priori y cómo tampoco lo hizo a posteriori, limitándose a hacer de receptor de las quejas y a responder como si de un consultorio del corazón o médico se tratase. En este lance, está claro que el supervisor que supervisa mal suspende, pero el que no supervisa incurre en dejación de funciones. Y no digamos si llegado el momento de la sanción de malas conductas financieras (como se pudo probar en gestión de crédito, productos y demás) acaba el supervisor `cediendo´ su capacidad sancionadora en beneficio del alto tribunal, el Tribunal Supremo, que no ha dudado en sentenciar.

La gestión del Banco de España en las reclamaciones de clientes, como en la demanda que formula Durao Barroso en la inacción ante las cajas y bancos, da lugar a preguntarse por qué el regulador se limita a una actuación de simple árbitro cuando debería haber sido más activo e imponer medidas correctoras a las entidades. En las reclamaciones, como en la crisis financiera, el Banco parece haber renunciado motu proprio a ser el protagonista de oficio y no quedarse en ser parte del conflicto. Por tanto, si la decisión del Banco ante las quejas de particulares es pasiva, la misma postura es la que adopta frente a las entidades. Como consecuencia de esa postura, el Banco sólo acaba reconociendo malas prácticas cuando media queda o reclamación, si no, nada. 

A propósito del `arranque´ de Barroso cuestionando la actitud del regulador, el destino ha querido que el affaire de las preferentes sirva para el doble tirón de orejas (o ridículo) del Banco por el particular protagonismo de las antiguas cajas de ahorros y el singular papel de los particulares que hoy siguen a la espera de recuperar su dinero. Un papel activo del Banco en este sentido, habría frenado las numerosas borrascas y tormentas posteriores.

También habría que preguntarse ¿dónde se halla aquel proyecto de nuevo estatuto para el BdE que con tanto celo amenazaba `implantar´ al día siguiente de llegar al Ejecutivo la hoy vicepresidenta del Gobierno (Santamaría)? ¿en el baúl de los propósitos? Aunque al final, siempre habrá motivos sobrados para imponer un nuevo estatuto, como acaba de mostrar Barroso que, sin querer, ha recuperado una de las cuentas pendientes del Gobierno con el regulador.

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