edición: 2701 , Lunes, 22 abril 2019
27/02/2019

BBVA, Junta de limpieza

El goteo de acontecimientos (y en sede judicial) con nuevas revelaciones sobre el caso de las escuchas y seguimientos a personalidades en el caso Villarejo, está resultando un pernicioso calvario para el banco, para sus directivos, sus empleados, accionistas e inversores con intereses de distinto tipo en la segunda entidad financiera del país. Un clima que se hace irrespirable en varios departamentos del banco y el temor contenido entre algunos miembros del consejo de administración y alta dirección. No son los mejores ingredientes que ayuden a crear el ambiente propicio para acudir a la Junta General de Accionistas que celebrará el banco el próximo día 15 de marzo en Bilbao.

Mientras el escándalo sigue ahí, haciendo mella en la imagen de la entidad y la moral del personal del banco, y en espera de un pronunciamiento judicial -algo que se tomará un tiempo considerable- la realidad diaria parece ir depurando y clarificando algunos hechos. El primero, que los propios directivos ya son conscientes del daño causado por el caso Villarejo y de sus consecuencias negativas futuras, en todos los órdenes, de la actividad de la entidad bancaria. Temen el impacto negativo reputacional en las cuentas que, como saben, tardará en llegar, pero llegará.

El segundo tiene que ver con el presidente, Carlos Torres, cuya suerte, según propia voluntad, va unida a su mentor y exjefe FG, hasta el punto de condicionar su futuro, es decir, si FG abandona el banco (lo que se da por hecho) la debilidad del heredero Torres será de tal calibre que se verá forzado a dejar el banco. Son palabras mayores pero lo cierto es que el banco se juega el honor, la clientela y el negocio y Torres se juega el puesto, una vez perdido el honor del expresidente y candidato a presidente de honor.

Mientras muchos dan por hecho la caída de Torres, otros insisten en separar el caso Villarejo de la gestión de Torres en el banco como anterior consejero delegado, volcado en el día a día del grupo bancario. Pero sucede que el público identifica a Torres con FG, su valedor, y que por tanto, el futuro de uno queda supeditado al otro. La realidad ofrece una imagen nefasta de FG cuya fuerza alcanza a Torres, tocado y en vías de hundimiento. Seguramente la Junta General no vaya a ser un paseo para nadie, al contrario, puede ser el principio del fin para el equipo del expresidente, hoy quemado y debilitado por obra y gracia de sus comandantes. La Junta puede ser la señal que abra paso a la limpieza, urgente, que necesita el banco.

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