edición: 2788 , Viernes, 23 agosto 2019
28/09/2009

Berlín, Magna y el Sberbank le preparan a Zapatero otro ‘plato envenenado’ en Opel

Le cargarán a España, Bélgica y Reino Unido los recelos de Merkel en sus ayudas, sus problemas financieros y la desbandada de sus clientes europeos
Bélgica y Londres desconfían de la voluntad de Madrid y su acercamiento tardío a Merkel
Manifestación de los trabajadores de Opel en Zaragoza
Ana Zarzuela

Pidió más detalles, Zapatero no quería sacar todos los cañones de su diplomacia hasta que conociera las intenciones de Magna y el Sberbank para Opel. No será por pistas. El fabricante austro-canadiense se las ha dado todas, incluyendo las de sus intenciones ‘rusas’: un trinomio moscovita  con tecnología GM, ensamblaje de Magna y fábricas de Gaz en los Urales para levantar la producción rusa a bajo coste. Una bitácora que pasa por la eliminación de 10.500 empleos en Europa, entre 1700 y 2090 de ellos en Figueruelas. Los futuros dueños de Opel lo quieren todo y lo quieren ya. Pero han comenzado a perder el volante de GM. Ni a Magna -con problemas para financiar su participación en Opel- ni a su socio ruso, Gaz -que no consigue reestructurar sus 860 millones de euros de deuda- les salen las cuentas. Los fabricantes  -BMW, Volkswagen  y Chrysler para empezar- amenazan con  amenazan con quitarles los pedidos. Y el banco Sberbank, hasta ahora su valedor financiero y el compañero del 55% de las acciones de la filial europea de GM, ha comenzado a dejarles claro que no será él el que despeje todas sus ecuaciones, ni siquiera las financieras. En Graz y Moscú buscan ya nuevos pagadores.

Todos los ojos apuntan a Londres, Bruselas y Madrid, las damnificadas por el mapa ruso-alemán para Opel. El plan B pasa de nuevo por repartir entre los tres países parte de los 4.500 millones de euros de ayudas que Alemania, el día después de las elecciones, quiere plegar. ZP sólo le ha hablado en voz baja a Merkel -que promete tener en cuenta a Figueruelas- para disgusto de Bruselas y Londres. Los ingleses temen una carrera de subvenciones y le ponen apellidos a España, no olvidan que la única propuesta de Sebastián desde el principio fue peregrinar con 300 millones de avales a Moscú y Berlín. La estrategia de Zapatero pasa por negociar bajo la mesa, en Bruselas y esperar a que llegue la presidencia española en 2010. Demasiado tarde para los calendarios de Zaragoza.

No es sólo la diplomacia política y el mapa de las fábricas europeas de Opel lo que se le he empezado a dislocar al fabricante de componentes Magna. Ni siquiera la viabilidad de su proyecto industrial para GM -que la UE promete supervisar con un grupo de expertos desde esta semana- lo único que ha encendido las alarmas en Berlín, Londres, Bruselas y Madrid. Los ingresos de Magna han caído un 45% en el segundo trimestre de 2009, tendrá dificultades para conseguir todas las ayudas para Opel prometidas por Angela Merkel (en clave interna da marcha atrás y garantiza a los votantes que los 4.500 millones no cargarán sobre las espaldas de los contribuyentes alemanes) y más aún para mantener sus contratos con otros fabricantes. El resto del mercado automovilístico alemán no contempla con buenos ojos que un proveedor se convierta, de la noche a la mañana, en un competidor y algunas de las marcas más importantes que figuran entre los clientes del fabricante austriaco -BMW, Volkswagen  y Chrysler para empezar- ya han anunciado que revisarán sus contratos. En Graz han comenzado a buscar ‘cartas’ aunque sea en otras mesas para evitar que el analista austriaco Helmut Becker, Willi Diez, responsable del Instituto Alemán de Automoción y la prensa local tengan razón y, a lo peor, el futuro de Opel no pasa por Magna. No, al menos, en el medio plazo.

No es The Economist el único que advierte que  la venta de Opel a Magna “apesta” y de que, a la vista de que tiene el doble de fábricas de las que requiere su producción y, además, ha perdido cuota de mercado en los últimos años en beneficio de Volkswagen y Ford, incluso con una reestructuración sustancial, habría que cuestionar su futuro. No son sólo los analistas alemanes y la mitad del Ejecutivo germano los que se preguntan aún cómo podrá Magna cumplir su promesa y devolver los 4.500 millones de ayudas europeas, si es que llegan.

LA ‘SUBASTA’ DE MERKEL

La canciller Angela Merkel respaldó la oferta de Magna con una promesa de 4.500 millones de euros porque su propuesta garantizaba la continuidad de las cuatro plantas germanas y trasladaba, mayoritariamente, el recorte de empleos fuera de territorio alemán. Las dudas sobre el futuro de Opel suponían un mal trago para los conservadores de la CDU, a los que los socialdemócratas, socios en la ‘Gran Coalición’ de Gobierno y ahora rivales, les acusan de no hacer lo suficiente. Por eso la canciller no  podía permitir que Bélgica, Inglaterra y España -Polonia nunca ha estado cuestionada- estuvieran en la mesa negociadora y pusieran dinero y condiciones en ella. Pero ahora que Merkel ya ha logrado presentarse como la salvadora de Opel en plena campaña electoral, desde Berlín solicitan al resto de gobiernos implicados un prorrateo en los créditos y avales para la nueva Opel. Se aferra a una letra pequeña que no la excluye de la reducción de empleos prevista hasta 2011: de la fábrica de Bochum desaparecerán 2.200 puestos de trabajo de los 5.000 que tiene. 

El secretario de Estado de Economía germano, Jochen Homann, no sólo no habla del futuro de las plantas fuera de Alemania, sino que intenta  endosarles primero a Reino Unido, Bélgica y España las facturas del reparto de ayudas económicas a “New Opel”, la empresa que surgirá de la venta de Opel al consorcio formado por el fabricante austro-canadiense Magna y el banco ruso Sberbank. Junto al crédito de 1.500 millones que Berlín concedió ya en primavera para mantener a flote a Opel, se han comprometido 3.000 millones que Alemania quiere compartir con otros países. Saben que la CE sólo podrá intervenir cuando se haya “consumado la compra", mientras tanto Madrid se consuela: Bruselas únicamente puede realizar declaraciones políticas como las de la Comisaria  Kroes.

El Reino Unido y Bélgica lideran las críticas al Gobierno de Angela Merkel, que con sus cuantiosas ayudas públicas ha logrado convencer a General Motors de la idoneidad de vender su negocio europeo a Magna, de garantizar el mantenimiento de las cuatro factorías germanas y traslada fuera de Alemania buena parte de los recortes laborales. Ni su ministro de Economía, Peter Mandelson, ni el Gobierno británico están dispuesto a que los créditos públicos determinen dónde se cierran las fábricas. Ni UK –donde se se reducirían casi 1.400 de los 4.500 empleos- ni Bélgica (que perdería la fábrica de Amberes, donde 2.500 personas producen el Opel Astra) se prestan a "una guerra de subvenciones" entre los países con plantas de Opel y no ven ahora con buenos ojos el paso delante de Rodríguez Zapatero hacia Merkel, menos aún después de que el presidente español -que calló ante Berlín en la reunión extraordinaria de la UE en la que se adelantaron Londres y Bruselas- hiciera su propio frente diplomático individual en Pittsburg con la canciller germana. Aún recuerdan las promesas a solas del ministro Sebastián en Moscú y Berlín antes de decidirse 300 millones adicionales de garantías del Estado español.

Fue José Luis Rodríguez Zapatero en persona el que le peleó las riendas al ejecutivo de Zaragoza y abogó desde junio por esperar, confiar en que GM se quedara con Opel y condicionar las ayudas. El presidente del Gobierno no quiso ni ‘manchar’ su sintonía diplomática con Rusia sacando a relucir la mano rusa tras los intereses de Opel, no le sacó ni un estornudo para Figueruelas a Dimitri Medvevdev. Tampoco lo intentó, por más que hasta Alberto Belloch desde las filas socialistas se lo reclamara en voz bien alta: la pelea es de ‘champions league’ y Merkel le ha ganado todas las manos de Opel a las ausencias de Zapatero. Él y Sebastián se negaron a creer lo que Aragón les advertía -que el proyecto avalado por Moscú y el Sberbank era sobre todo financiero- y lo que el repudio de Moscú les recordaba: los planes de Magna y Sberbank sólo tienen ojos para Alemania, las licencias estadounidenses y el tejido productivo ruso. Durante los últimos seis meses, Moncloa e Industria se pertrecharon en el silencio de la ‘neutralidad’. Nada de posturas ‘políticas’ ni decisiones antes de conocer los detalles industriales. Ahora, tras el esfuerzo por escenificar en Pittsburg que Moncloa coge las riendas de la negociación, la consigna es cruzar los dedos para que la Comisaria Kroes mire con lupa las ayudas alemanas a cambio del blindaje de sus fábricas, confiar en las promesas de Merkel –por más que en Berlín a Sebastián y Santero ya les dejaron claro que buscan sobre todo apellidos para redistribuir los 4.500 millones de créditos prometidos por la canciller- y, si es necesario, comenzar la carrera de ayudas estatales que hasta ahora Bélgica y Gran Bretaña se han negado a seguir.

LA MANO TRAS EL TELÓN RUSO

El mayor banco ruso, el Sberbank, ya no esconde que, incluso antes de consumar su adquisición en Opel, ha comenzado a tantear su venta al banco estatal VEB - Banco de Desarrollo, usado por el gobierno ruso para financiar proyectos económicos clave como de infraestructura- si no encuentra un socio industrial en Rusia y abre la puerta al menos a la oferta de la  china Geely, que  propone a Magna tomar una participación en Opel. Rusia espera que la tecnología alemana brinde un impulso a su propia industria automotriz, pero Sberbank mira a las zozobras del mercado automovilístico local: la restructuration de la deuda de GAZ, la socia de Magna para la compra de Opel, está bloqueada por el Alfa-Bank. El grupo, controlado por el oligarca Oleg Deripaska, ha acumulado una deuda de más de 860 millones a los que el grupo de 21 bancos acreedores quiere sacarles partido a las puertas de Opel. Para sumar inquietud en Berlín, Alfa-Bank  ha prsentado ante la justicia rusa una demanda a dos filiales de Rusal, el número uno del aluminio -también de Deripaska- Ypara AvtoVaz, la contraparte de Renault en Rusia, ni la ayuda de 720 millones de euros que recibió en agosto ni las que ha vuelto a pedir serán suficientes: va a suprimir 27.600 empleos -la cuarta parte de sus puestos de trabajo-, sólo un tercio de ellos podrían regresar a la marca, si sus pronósticos se cumplen, en 2012.

Ni el 35% de Opel que permanecería en manos de General Motors, ni las ayudas públicas germanas opacan que el futuro de la marca –si prospera el plan de Magna- estará escrito con tinta rusa en la piel del nuevo juego de matriuskas automotrices de Putin. Ni el proveedor austrocanadiense Magna -con un 20%-, ni su aliado, el banco público ruso Sberbank (con otro 35%), ni su participada (y viejo aliado de Stronach), el fabricante de coches ruso Gaz, propiedad del magnate Oleg Deripaska, lo esconden. Todos a una intentan entonar una partitura que hace mucho que estaba escrita para tratar de salvar a la industria del automóvil ruso y que- promete el Sberbank- no será la última.

Magna ofrece a EE UU mano de obra barata (300 euros al mes), capacidad de instalación y mercado en expansión. Y el fabricante Gaz y el banco estatal Sberbank necesitan una marca de coches y le han puesto ya el traje a medida a Opel.  Enseñan, milímetro a milímetro y en latitudes extrañas el nuevo mapa de Opel: Figueruelas puede perder producción, mientras las plantas rusas ganan peso en la compañía. Los rusos quieren todo a cambio de nada. Han acordado pagos a cambio de sus patentes, prometen incorporar a AvtoVAZ, -el mayor fabricante de autos de Rusia- aunque la empresa no sabe nada. Habrá plataformas compartidas y más espacio para la producción en tierras de Putin.

Opel necesita 4.500 millones de euros para independizarse de su matriz. Magna y sus aliados rusos quieren cargárselas a las espaldas del anfitrión alemán y sus dos plantas y a los países europeos donde hay plantas del fabricante -otros 1.900 millones, al menos: España pondría 500 millones; Polonia, 300 millones; 100 millones Austria y otros 500 millones Gran Bretaña y Bélgica, cada uno. Magna y el banco ruso Sberbank aportarán sólo un capital propio de 100 millones de euros (139,7 millones de dólares) para su participación en el 55% de la automotriz alemana y  otros 400 millones de euros (560 millones de dólares), pero sólo como crédito sin intereses. Después, poco a poco, durante años, ese préstamo ha de convertirse en capital propio.  Nada de los 700 millones prometidos a Merkel en los primeros compases de la negociación. Rusia será un mercado clave para Opel que aspira a lograr allí una cuota del 20%. Eso es todo lo que la central berlinesa ha dejado entrever.

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