edición: 2805 , Martes, 17 septiembre 2019
31/05/2011

Berlusconi enfila su muerte política

Pedro González
Ha sido el presidente del Consejo de Ministros más longevo de la República Italiana, el político más idolatrado por las clases medias, que veían en él el paradigma del conquistador de la época del Imperio Romano; el triunfador empresarial en un mundo lleno de trampas y de obstáculos fiscales para los emprendedores que quieren verdaderamente hacer algo a favor de los demás. Pero ha sucumbido finalmente a manos de un electorado que ya no soporta más sus triquiñuelas y sus trampas. La segunda vuelta de las elecciones municipales le ha arrebatado su santuario de Milán e incluso ha demostrado su incapacidad para arrebatar a la izquierda el Ayuntamiento de Nápoles. Una derrota que confirma el declive de Silvio Berlusconi, el único político capaz en las últimas décadas de despertar en los italianos una ilusión semejante a la que en su día, salvando las distancias, alumbrara Benito Mussolini.

Puede parecer una herejía en estos tiempos del pensamiento único, pero no se puede poner fácilmente en duda que Berlusconi ha puesto en valor el paradigma del ‘maschio’ italiano, es decir del triunfador que los tiene bien puestos, que no se arredra ni ante el controvertido poder judicial ni ante una clase política venida a menos tras los escándalos que acabaron de hecho con las estructuras de la I República.

La izquierda de Giuliano Pisapia, con el 55,14% de los votos, ha destrozado a la alcaldesa saliente, Letizia Moratti, que no es precisamente una cualquiera. Durante casi dos legislaturas fue la presidenta de la poderosísima RAI, la Radiotelevisión Italiana, y ha sido considerada como una de las mejores alcaldesas de la principal capital económica de Italia. Milan es la ciudad natal de Berlusconi y su principal vivero de votos desde hacía más de 18 años, además claro está de la sede de su emporio mediático, Fininvest. Se trata de un resultado indiscutible, por cuanto en todos estos años la izquierda jamás había siquiera conseguido obligar a la derecha berlusconiana a acudir a una segunda vuelta. Confirma esta tendencia la victoria en Nápoles del candidato de la izquierda, el magistrado Luigi de Magistris, que le ha ganado (61% contra 39%) al hombre fuerte de Berlusconi, el empresario Gianni Lettieri.
 
No es en absoluto aventurado colegir que estas elecciones representan un test nacional  y que marcan la definitiva cuenta atrás de Berlusconi al frente del Gobierno de Italia. La primera lección a considerar es qué hará la Lega Norte de Umberto Bossi, una vez que ha constatado la cólera que el electorado ha expresado sobre Silvio Berlusconi. Éste tiene demasiadas batallas personales que librar, especialmente contra la Justicia, y se convierte ahora en un aliado incómodo. Además, no cabe descartar que en el seno de la formación política del propio Berlusconi, el Pueblo de la Libertad (PDL), se proceda a un intenso ajuste de cuentas, incluido el relativo al propio liderazgo de Berlusconi. Este ha tratado de minimizar las consecuencias de este revés, al afirmar que los resultados negativos registrados no tendrían consecuencias sobre su Gobierno, una cataplasma previa a la derrota definitiva que ya parecía esperarse.

Para hoy, martes, Berlusconi ha convocado un Consejo de Ministros extraordinario, apenas regresado de un viaje a Bucarest, reunión que habrá de tomar decisiones de calado como por ejemplo la convocatoria de una conferencia general del partido, quizá elecciones primarias para encontrar un nuevo candidato alternativo para las próximas elecciones y, en fin, una hipotética sucesión de quién ha sido en los últimos tres lustros el líder indiscutible de una derecha italiana ultraliberalista frente a una izquierda aniquilada por los escándalos de la clase política tradicional.

En todo caso, y conociendo sobradamente los movimientos estratégicos del personaje, cabe colegir que Silvio Berlusconi guardará algún as en la manga para evitar unas elecciones anticipadas. Su guía es aguantar hasta 2012, y aprovechar ese periodo de tiempo para “asustar” al electorado con advertencias tales como que Milán puede convertirse en una “ciudad islámica” o una “Gitanópolis, repleta de campamentos de zíngaros y gitanos de toda la Europa de los desharrapados”.
 
En todo caso, Italia entra en una nueva era, en la que Berlusconi, un paradigma del poder absoluto apoyado en un cuasi monopolio de los medios de información, además de los resortes y palancas del poder político, podía manejar a su antojo una opinión pública absolutamente harta de populismo, incompetencia y demagogia.

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