edición: 2346 , Viernes, 17 noviembre 2017
23/12/2010

Bielorrusia retoma la senda del stalinismo

Pedro González
En la Unión Europea se había llegado a creer en la conversión de Aleksandr Lukashenko a la democracia. A través de los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania y Polonia se le habían prometido incluso 3.500 millones de dólares de ayuda a cambio de unas elecciones limpias. Pero la ficción ha durado poco y las pulsiones dictatoriales del presidente de Bielorrusia han vuelto a aparecer con toda su crudeza. Ciertamente, los nueve candidatos que se le enfrentaban habían gozado de espacios en radio y televisión, en los que habían podido ejercer libremente la crítica al poder, al régimen y al propio presidente. Toda una novedad para los diez millones de bielorrusos, que atraídos por ese clima de libertad tanto tiempo anhelada acudieron masivamente a las urnas.

Pero el espejismo ha durado poco. La misma tarde del domingo Lukashenko daba orden de reprimir con toda dureza las manifestaciones ante la sede el gobierno en Minsk. La policía recuperaba inmediatamente sus modales de siempre, de manera que siete de los nueve candidatos eran brutalizados y detenidos sin contemplaciones junto con otros 630 ciudadanos. El lunes, con una solemne parafernalia de estilo soviético, el presidente Lukashenko se dirigía al país para calificar de “bandidos” a sus competidores electorales, a los que acusó de haber instigado las manifestaciones, e instando al aparato judicial del país a que les castigara ejemplarmente. Los jueces han respondido en la mejor línea stalinista porque han dictado ya condenas puntuales provisionales de 5 a 15 días de calabozo para todos los detenidos, sin perjuicio de examinar con mayor profundidad los atestados policiales, a resultas de los cuales los encausados podrían ver aumentada su reclusión hasta los 15 años. Así se las gasta por tanto el último dictador de Europa, cuyo ministro de Justicia, Viktor Golovanov, ha amenazado con prohibir los partidos políticos en línea con la transformación operada por su jefe, o mejor dicho, su vuelta a la línea dura y represiva que le caracterizó siempre.

La UE había querido ver en Lukashenko un autócrata aperturista a raíz de que tras la guerra entre Georgia y Rusia en el verano de 2008 Moscú instigara a sus aliados a reconocer la independencia de las regiones separatistas de Georgia: Abjazia y Osetia del Sur, y el presidente de Bielorrusia se negara a acatar la recomendación. Minsk parecía alejarse de Moscú y Bruselas le abrió entonces los brazos suspendiendo las sanciones y restricciones que aplicaba a Bielorrusia, especialmente a los altos dirigentes del régimen. La sociedad civil del país pudo tomar aire y el gobierno parecía querer salir de la órbita rusa. Aunque la experiencia demuestra hasta la saciedad lo contrario, en los países de la UE vecinos inmediatos de Bielorrusia se llegó a pensar en la conversión de Lukashenko de dictador a demócrata, sobre todo cuando aceptó la presencia en la campaña electoral de periodistas extranjeros y observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). El jefe de esta misión, Tony Lloyd, declaró al cabo de los comicios que “Bielorrusia tiene aún un considerable camino que recorrer” para ser considerada una democracia, y calificó de “ilegítimos” los resultados que otorgaban la victoria al presidente Lukashenko con un 80% de los votos emitidos, pucherazo que desencadenó las protestas de los partidarios  de la oposición.

Ahora, además de las condenas de la UE y de la OSCE, la Casa Blanca calificó los acontecimientos de “regresión”, al tiempo que exigía la inmediata liberación de los políticos encarcelados. Por el contrario, Rusia ha sido la única potencia que ha expresado su comprensión. El presidente Dmitri Medvedev no solo manifestó su apoyo a su colega bielorruso sino que calificó de “asunto de política interna” tanto las elecciones como los sucesos acaecidos a consecuencia de las protestas. Más aún, señaló que “con los resultados obtenidos en estas elecciones, Bielorrusia se convertirá en un país moderno basado en la democracia y en la amistad con sus vecinos”. Todo un canto de alabanzas destinado sin duda a reocupar el papel preponderante que Moscú jugó en Minsk desde que Lukashenko accediera al poder en 1994 y decidiera mantener vivo en su país el espíritu de la antigua Unión Soviética.

En la misma comparecencia en la que despejó cualquier duda sobre su línea política, Lukashenko advirtió con sorna y desfachatez que iba a dar un disgusto a quienes no le aprecian: “Me tendrán que aguantar otros cinco años…por lo menos”, dijo el sátrapa. Después de este aviso, parece obvio que Bruselas tendrá también que reconsiderar el tratamiento que dispensa a un régimen incapaz de transformarse, dispuesto a perpetuarse y a cercenar los brotes opositores que amenacen su poder.

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