edición: 2365 , Viernes, 15 diciembre 2017
17/07/2010
OBSERVATORIO DE COYUNTURA

Bienestar social, progreso económico y felicidad

SERVICIO DE ESTUDIOS DE 'LA CAIXA'

La búsqueda de la felicidad es una constante en la historia individual y colectiva del ser humano. Un sinfín de refranes y dichos populares lo refrendan. Incluso la declaración de independencia de los Estados Unidos sentaba que entre los derechos de los hombres se encuentra la búsqueda de la felicidad. Hace 25 siglos, Aristóteles también establecía la persecución de la felicidad como el objetivo de su ética filosófica. Pero, ¿en qué consiste la felicidad? Las respuestas pueden ser múltiples: los placeres, las riquezas, la fama o el poder; o una vida intelectiva satisfactoria, practicar la virtud o ayudar a los demás. O una combinación. La carta es extensa y muy variada, y por tanto nos encontramos ante un concepto totalmente subjetivo y difícilmente aprehensible?

Por esto podría sorprender que la economía, la ciencia triste o lúgubre que definió Thomas Carlyle, se dedique también a la felicidad. Richard Layard, uno de los grandes referentes del debate, define los principales determinantes de nuestra satisfacción personal o felicidad subjetiva: las relaciones familiares; un trabajo estable y gratificante; la comunidad y los amigos; la salud; la libertad individual; los valores personales, y, cómo no, la situación financiera. El dinero es uno de los componentes de la felicidad, pero no es ni mucho menos determinante. Claro que nos estamos refiriendo a situaciones «normales».

La privación y la pobreza son difícilmente compatibles con un estado personal satisfactorio. Pero una vez resueltas las necesidades básicas el dinero pasa a un segundo término; o no, porque se comprueba que la comparación con nuestros semejantes activa unos resortes que modifican nuestra percepción subjetiva de lo que entendemos por «necesidades básicas». Si ganamos más dinero o nuestro automóvil es más caro que el de nuestros vecinos, probablemente nos sentiremos más satisfechos, y viceversa. Si un país tiene una renta per cápita superior al país vecino, también se sentirá más satisfecho. Las comparaciones también inciden en términos temporales. Un aumento o disminución del sueldo, así como la pérdida o la obtención de un empleo, afectan a la felicidad individual, porque comparamos con nuestra situación anterior. Pero también es cierto el principio de las expectativas adaptativas, es decir, que los aumentos de riqueza sólo ejercen un impacto temporal y limitado sobre la felicidad, y los individuos nos adaptamos a casi cualquier situación, sea a mejor o a peor.

En cualquier caso, las comparaciones, con ser odiosas, son trascendentales a la hora de valorar la felicidad o la satisfacción personal o colectiva. Pero, ¿cómo medir los niveles de felicidad? Una forma es preguntar directamente a los ciudadanos su opinión subjetiva personal, digamos en una escala del 0 al 10. Se trata de una información interesante, pero de la cual es difícil extraer conclusiones aplicables, dada la variabilidad de lo que cada uno entiende por felicidad. Otra vía es utilizar indicadores objetivos que definan lo que se entiende por un estado de bienestar social, y que pueden ser la esperanza de vida, el nivel de educación, la tasa de paro, etc.

Pero es complicado acertar la combinación de indicadores adecuada para el fin buscado, lo que nos devuelve a la situación de subjetividad inicial. Lo fácil sería que alguna de las medidas macroeconómicas, singularmente el producto interior bruto (PIB) per cápita, nos informara adecuadamente de la marcha del bienestar social. Esta idea es rechazada, a menudo de forma vehemente, porque el PIB no incluye aspectos tales como la salud, la pureza de aire o la alegría de vivir. Sin embargo, también es cierto que en general el PIB mantiene una correlación estrecha con las variables objetivas de bienestar social, y que el progreso económico es determinante en la mejora del mismo. El dinero no lo es todo, pero como dice el refrán, ayuda bastante.

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