edición: 2742 , Miércoles, 19 junio 2019
06/03/2019

Bonus de la discordia

Algún gurú de los recursos humanos o experto en estrategias de competitividad debe andar por ahí divulgando los efectos formidables de `venderle´ al personal incentivos en forma de bonus. Y varias entidades bancarias han `comprado´ el mensaje y ofrecen a sus empleados un bonus ligado a la consecución de una serie de objetivos. Es una política normal en la mayoría de las grandes organizaciones, la de orientar la política de incentivos y sueldos a sus objetivos. Advierten los expertos que el sistema en cuestión tiene algún que otro problema, efectos secundarios.

En el recuerdo de muchos está el incentivo de las petroleras, que preservaban los dividendos por encima de todo, sí, por encima de la seguridad. Y así pasó lo que pasó, con daños irreparables de vidas humanas y daños medioambientales. Aplicado el sistema al sector bancario, por ejemplo, a la venta de hipotecas, tendríamos una segunda crisis subprime. Se supone que las nuevas ofertas de incentivos a la plantilla, aunque inspirados en el mismo criterio de productividad que las petroleras, sigan otros criterios más razonables.

Para empezar, con el reparto de un bonus, caso del Santander y su `incentivo digital´ con el que "se pretende estimular al personal a profundizar en la transformación digital del grupo", se intenta rebajar el carácter elitista del bonus, hasta ahora sólo al alcance de la alta dirección y poco más. Consigue de esta forma el banco vulgarizar y secularizar la figura del bono. No es la única razón. En el fondo subyace una idea discriminatoria en tanto que el bonus se repartirá entre los "empleados esenciales", unos 250, luego, el resto, y son ejército, no son esenciales. El detalle es feo y no seduce al personal. Los sindicatos levantarán la voz en la junta de accionistas, salvo que el incentivo alcance también al sindicato.

Y para terminar, como todos los elementos considerados de "retribución competitiva", el `bonus digital´ de Santander pretende crear fidelidad entre los agraciados (unos 250 directivos, los `esenciales´) se entiende que con la organización, pues la consecución de los objetivos conllevará una lucha casi fratricida por cobrarse la pieza antes que el directivo vecino o de enfrente. Las luchas a cara de perro, la exhibición del instinto cainita, las traiciones y las deslealtades de unos directivos con (o contra) otros y los demás, parecen estar servidas. Los bonus son eso, buenos para la empresa, pero malus y perversos para los adversarios.

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