edición: 2615 , Jueves, 13 diciembre 2018
06/02/2009
Crónica, lances y trances de una presentación financiera
Emilio Botín, presidente del Grupo Santander

Botín, más inquieto y tenso que en otras ocasiones

Juan José González

La cita era a las doce y a las doce Emilio Botín tomó posesión del atril. Eso sí, no sin ver antes sentado muy cerca a su consejero delegado, su sombra y fiel gregario, Alfredo Sáenz. Este año no tuvo lugar ese parabién de estrechar la mano, con el que el presidente obsequió a los asistentes en la reunión del año pasado (costumbre que nunca olvidaba don Emilio Botín Aguirre, cuando recibía a la prensa en el antiguo Hotel Real en el Sardinero). 52 fotógrafos, 12 televisiones y 78 periodistas acreditados le esperaban a pie de tarima formando, los primeros, una muralla -casi el doble que para ver a Francisco González en el BBVA- a don Emilio Botín, presidente de Banco Santander. Expectación que no llegaron a igualar hace unos meses ni el mismísimo George Clooney ni la atractiva Elsa Pataki, lo que dibuja en el cántabro un auténtico perfil de divo mediático que nuestros directores de cine no deberían pasar por alto.

Era una cita muy esperada en todo el orbe; por conocer las tripas del balance y la cascada de resultados del primer banco del Reino. Y también, todo hay que decirlo, por el ingente volumen de morbo acumulado en las últimas semanas, por esas amenazas torpes y declaraciones fatuas de algunos representantes del pueblo. Ninguna de estas dos suertes puso en apuros al veterano banquero que no defraudó al público que abarrotaba la sala. Escenario, por cierto, pobre y ramplón para la imagen (uno de los muchos aspectos que deberá mejorar el banco) del que las cifras colocan como primer banco español y séptimo del mundo por valor de mercado.

Una sala gris, ruidosa, de aspecto metálico, desangelada y vulgar para los parajes a que nos tiene acostumbrados la entidad. Este fue el escenario elegido por la organización para el evento. Colocados a un lado, consejeros y alta dirección escuchaban atentos, asentían y aplaudían, según el caso, todos arropando al presidente como si estuviera en su casa –como porque ya no es su casa, está en alquiler- y listos para contestar en caso de ser requeridos, como fue el caso. Comunicó Emilio Botín, la existencia de 26 inquilinos, de profesión inspectores, que en régimen de permanencia trabajan por cuenta y orden del Banco de España. Vamos, el enemigo en casa.

Todos de negro y gris, roja institucional la corbata (rojos también los tirantes) y ellas (Ana Patricia Botín y Magda Salarich) de elegante conjunto negro, si acaso un bolso Louis Vuitton, y para de contar. Caras serias este año, mucho más serias que el anterior. Y excesiva inquietud y tensión. Semblantes más tensos que en otras citas, que reflejaban en algún caso, disgusto o incomodo, como consecuencia, quizás, de tener enfrente a un público dispuesto para disparar (preguntas) a matar, y porque contestar a periodistas siempre da un no sé qué. “Es que a veces disparais a quemarropa, joder” bromeó en privado un alto directivo del banco al que no le gustó mucho esa reducción del 15% de las participaciones estatutarias –bonus- (del 10% para los consejeros). Seguro que ni lo van a notar.

El presidente leyó lo escrito en el papel, un texto de léxico medido con abundantes adjetivos restrictivos y numerosos nexos gramaticales. Demuestra el contenido que está elaborado por persona fina y cauta, de lenguaje culto. Un papel que denota una última pasada de un técnico jurídico. Y, por supuesto, de un comunicador experto, alguien bregado en prensa, con sentido común castellano a quien correspondió añadir los “mensajes”.

Sacó todo el pecho del mundo al anunciar lo conseguido en el ejercicio de 2008, “el mejor de los últimos 20 años”, ahí es nada. Repasó el mundo entero en cifras, no adjudicó ni echó culpas a nadie y aseguró “tener las ideas muy claras”, (¡vaya sí las tiene claras¡) “no necesitamos ayuda de nadie”, afirmó tajante y rotundo, con una seguridad que ni el propio Obama en su discurso de toma de posesión. Nos quedamos con ese “estamos mejor que nadie” y el optimismo natural del presidente “ya verá usted como todo esto mejora” en respuesta a una periodista.

No deben pasar inadvertidas algunas afirmaciones de hondo calado como la de que “podríamos haber dado resultados mucho mayores pero hemos sido prudentes” (la sombra alargada del Banco de España), que exhibe sus dotes innatas de “matador” para dar algún que otro natural en el turno de preguntas. El presidente de Banco Santander no lució a la misma altura de anteriores ocasiones; en esta demasiado tenso, en ocasiones preocupado, quizás demasiado constreñido a un guión impuesto por las circunstancias, en un ambiente que no permite margen y donde el vocabulario debe utilizarse con escrúpulo. En todo caso, llama la atención su vitalidad, activo, no para ni sentado, no se le escapa una, no bebe agua ni busca caramelos, no necesita gafas para ver al último de la fila ni para leer. Es tremendo.

La intervención de 39 minutos de Emilio Botín, dio paso a la de Alfredo Sáenz, consejero delegado del banco que empleó 35 minutos en ‘destripar’ balance y cuenta de resultados. Es Sáenz un vasco que intimida, de porte iron man –quizás porque es de Vizcaya-. Ayer con semblante cansado, suponemos que por esa constante computación de ratios y más ratios (en exceso) que alberga en su cabeza. Impone Sáenz porque siempre habla de frías cifras, de las que tenemos que sacar consecuencias. Eso sí que es disparar. Usa en esta suerte unas artes que asustan; no hay ratio a la que no aplique  ‘palanca’, y para cualquier asunto saca a relucir las ‘mandíbulas’, de las que dice gustarle bien abiertas (ingresos para arriba y costes para abajo, eficiencia, vamos). Lenguaje de posible etimología industrial, como buen discípulo de la Comercial. Y como es de Bilbao –debe ser del mismo centro- gusta de comparar gestión y guarismos a los que designa como sus ‘peers’. O cuando se refiere a los productos genéricos u operaciones financieras básicas como ‘plain vanilla’, nuevo vocablo para más de un periodista, pero que Sáenz utiliza con naturalidad, como una especie de ‘pidgin’ léxico adquirido para usar como argot.

Otro cantar son las espontáneas respuestas al alimón de presidente y consejero delegado, estas sin papel delante pero sin abandonar el uso del plural mayestático, todo un detalle de modestia en personas de tan alto rango y cualidad. Apenas una o dos contradicciones en su intervención cuando aconsejó, a quien quiera escucharlo, más actividad y energía en el ICO, para al final del turno de preguntas aseverar con firmeza que “en esta vida es malísimo dar consejos”. También esa firmeza en los objetivos, en las pautas, en los sistemas y métodos declarados a lo largo de su intervención se tornó, quizás, baldía cuando en respuesta a una pregunta sobre por qué el cambio de actitud en Madoff, el presidente de Santander aseguró; “cambiamos de criterio porque somos flexibles”. Pues muy bien. Y no tuvo el más mínimo complejo ni rubor en aceptar que los casos de Lehman y Madoff son eso “dos averías”. Además, eso de comprar bancos para satisfacer el ego les pareció a la mayoría una chorrada de grueso calibre.

La lengua (inglesa) fue el origen de una anécdota que logró romper el ambiente excesivamente formal que se respiraba, y por ello, falsamente tenso, de la reunión. Un corresponsal extranjero propuso al presidente que le respondiese en inglés, lengua que no figura entre los puntos fuertes del presidente. Apuro del que éste salió sin mayor problema. El resultado, sin embargo, no fue el mismo, cuando apareció un corresponsal alemán. Aquí, el primer ejecutivo ya no pudo brillar a altura y rebotó la pelota hacia el responsable del Santander en Alemania, ausente de la sala. Al final, el periodista germano, que no puso gran empeño en el trance, absolvió al presidente y aceptó el castellano como idioma de la respuesta. Y tras quince intervenciones y unas 43 respuestas, se dio por concluida la reunión después de 113 minutos.

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