edición: 2662 , Viernes, 22 febrero 2019
18/01/2019
La meta fijada para Orcel ”daba miedo”

Botín busca al directivo ideal que cubra la carencia de talento estratégico del banco

Objetivos: resucitar la acción, doblar la valoración de mercado hasta 150.000 millones de euros y un beneficio récord de 15.000 millones en 2023
Juan José González
Profundizando en que la idea de la "inaceptabilidad" del bonus no fue el motivo de la decisión del Banco Santander para dar marcha atrás en la contratación de Andrea Orcel, algunos expertos del sector de cazatalentos apuntan a otras causas, razonamientos distintos que poco tienen que ver con la sencillez del argumento retributivo alegado por la entidad para ofrecer una explicación que sería fácilmente entendida por el público. Y entre esas causas se citan, principalmente, las relativas a la dificultad de encajar al elegido CEO en la estrategia comercial del banco, su seña de identidad, y la posibilidad de que fuera el propio elegido quien, en un ejercicio de valoración y reflexión -posterior a la foto de septiembre pasado- habría decidido dar marcha atrás y resolver que una retirada a tiempo siempre sería mejor que una derrota. A esta conclusión habría llegado Orcel tras evaluar los planes de la presidenta del banco, Ana Patricia Botín, que situaban en un listón excesivamente alto los objetivos pretendidos por el banco.
Según algunos cálculos ofrecidos por expertos que siguen la evolución de Santander, los planes del banco que debería cumplir Orcel, apuntaban a un beneficio neto de 15.000 millones de euros en 2023, lo que equivaldría a un retorno sobre el capital del 16,5%. El objetivo sería, por tanto, alcanzar una valoración de mercado entre los 146.000 millones y 150.000 millones de euros. En otras palabras, doblar el valor actual de mercado que registra el Santander. Una meta que se antoja un tanto alejada de las ganancias de 10.100 millones previstas por el banco para 2020 cuando las sinergias del Popular comenzarían a dar sus frutos, aunque medios del sector aseguran que ya en 2018 está aportando cerca del 18% al beneficio del grupo, lo que le acredita como salvador de los resultados que presentará Santander en breve.

Los más escépticos dudaron desde el principio de la decisión de Ana Patricia Botín al elegir un directivo, con buena reputación y éxito demostrado para llevar el timón de un trasatlántico que navegaba bien pero que se desplazaba con lentitud y sin agilidad. El mercado también mostraba sus dudas: un banquero de inversión para un coloso bancario comercial no encajaba. Probablemente para acallar bulos y dudas, Santander entendió que debía lanzar algún mensaje al mercado, a los inversores y a los analistas, estos últimos son, al final, los que pueden traducir los mensajes en recomendaciones.

La explicación al fichaje de Orcel se filtró convenientemente en el momento más delicado para la cotización del banco en el último trimestre del año: el nuevo CEO viene a mover la cotización, deprimida desde el acceso de Ana Patricia a la presidencia (septiembre de 2014), con una pérdida de valor en el entorno del 40% (en ocasiones alcanza el 47%). Es cierto que la caída de la cotización del banco es preocupante y tiene causas propias que se suman a las que sufren y comparte el resto del sector.

Pero la pérdida de valor de las acciones de Santander es mayor que la de sus competidores, lo que obliga a acelerar el cambio, el remedio y la solución de forma inmediata. Y en este sentido el affaire Orcel no aporta más que un nuevo problema: la búsqueda de un nuevo CEO. Por otro lado, desde la fecha en que se dio a conocer el fichaje, representantes de grandes inversores del banco hicieron llegar a la alta dirección en Boadilla que la sustitución del CEO José Antonio Álvarez, conocedor al detalle del negocio bancario, del sector y del propio banco por un banquero de inversión, también conocedor de la casa pero desde afuera, transmitía una peligrosa sensación al mercado: una huida hacia adelante.

Por tanto, la decisión del nuevo fichaje sólo se podía justificar por la existencia de un problema grave de resultados y por la necesidad de cambiar de proyecto. En opinión de un fondo de inversión con peso en el accionariado de Santander, la falta de estrategia es un hecho que se refleja en los vaivenes de los resultados del banco en los últimos cuatro ejercicios. Y prueba de ello es la marcha del grupo en España donde sólo la adquisición del Popular ha podido salvar los resultados.

A propósito del banco en España, en la casa todavía no olvidan el error táctico -otra ingenuidad de un alto directivo del banco- del CEO Álvarez cuando en septiembre pasado reconocía que Santander en España llevaba seis años sin beneficios, quizá en un intento de demostrar que, a pesar de las pérdidas, el banco seguía cumpliendo con su IVA, Seguridad Social y demás impuestos. O igual quiso decir que por cumplir la ley (impuestos) llevaban seis años perdiendo dinero. En fin, en el banco intentan evitar estos episodios entre sonrisas indulgentes, al tiempo que reconocen que el incidente llegó a quebrar -y de qué manera- el gesto de la presidenta.

En todo caso, toca dar explicaciones al mercado, a los fondos de inversión, a los inversores internacionales y, por supuesto, a los accionistas y a la clientela. El banco cotiza en ocho bolsas mundiales y está presente en 63 índices bursátiles y a todos ellos debe llegar una explicación razonable del traspié del nombramiento que, como bien sabe el banco, no ha pasado inadvertido para la comunidad financiera, todavía perpleja por el affaire. Más de tres millones de accionistas que esperan la recuperación del valor y la explicación razonable.

Porque si algo ha quedado patente en el asunto del frustrado fichaje de Andrea Orcel como CEO del Santander, es la ingenuidad y candidez mostrada por la primera responsable y mentora, Ana Patricia Botín y, por supuesto, sin descartar la responsabilidad de algunos asesores áulicos, pues se sabe que la presidenta consulta siempre a sus cortesanos además de, obviamente, compartir con el consejo de administración. Ahora el consejo parece más preocupado en buscar a toda prisa un sustituto a Orcel, o quizá de un buen estratega que compense las carencias de talento estratégico que atenazan al grupo.

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