edición: 2470 , Lunes, 21 mayo 2018
26/10/2012
La caída de la actividad económica alimenta la necesidad de incrementar la competitividad

Brasil abandona la libre flotación de su moneda en favor de un tipo de cambio intervenido

Carlos Schwartz

La actividad económica de Brasil ha mostrado una fuerte caída en los últimos tres años. Mientras el crecimiento de la actividad fue en 2010 del 7,5% del PIB, en el 2011 sólo alcanzó un incremento del 2,7% y la tasa de crecimiento para esto año se estima en el 1,5%. El ritmo de desaceleración se ha convertido en una preocupación central del Gobierno de la presidenta Dilma Rousseff y de su ministro de Economía, Guido Mantega. Este último hace dos años propagó el término de guerra económica por relación a los desniveles de tipos de interés entre las diferentes monedas nacionales que beneficiaban las exportaciones de sus competidores. Ahora, Mantega ha admitido que el actual nivel del real, la moneda de Brasil, frente a otras monedas y en especial ante el dólar está intervenido.

Es decir que el Gobierno se ha fijado una paridad de entre 2 y 2,5 reales por dólar que considera “aceptable”, y evita tanto la apreciación como la depreciación de la moneda nacional. Mantega ha hecho público el compromiso del Gobierno con ese nivel del tipo de cambio, lo que marca una pauta importante para los exportadores con una base productiva en el país. En el periodo de rápida expansión de la economía de Brasil incluso después de iniciada la crisis económica internacional, la tasa de crecimiento del país se mantuvo considerablemente alta y trajo entre otras consecuencias un flujo de dinero hacia los estrechos mercados de capitales del país.

En particular, los bancos estadounidenses, y muchos bancos europeos beneficiarios de las inyecciones de liquidez de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, dirigieron sus inversiones especulativas hacia Brasil a causa de los altos tipos de interés locales diseñados para desalentar el consumo interior, frenar el crecimiento de los precios, y enfriar la economía en general. La incesante entrada de capital especulativo apreció la moneda del país, y el Gobierno adoptó medidas colaterales para intentar desalentar la entrada de capital pero permitiendo la apreciación de la moneda sin intervenir en los mercados de cambios, al menos públicamente. Las principales medidas fueron tasas a las inversiones en los mercados de valores y de deuda. Pese a ello el año pasado el real llegó a su máximo frente al dólar con un tipo de cambio de 1,5 reales por dólar, es decir una apreciación del real próxima al 40% desde su nivel anterior.

La desaceleración de la actividad económica ha permitido al gobierno modificar su política monetaria y reducir lo tipos de interés lo cual fue el mayor desincentivo para la entrada de capitales. Los grandes especuladores internacionales, es decir los bancos cargados del dinero de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo, iniciaron la retirada espoleados además por la previsión de que el tipo de cambio del real dejaría de jugar a su favor. Pese a todo, el real sólo ha recuperado un 20% de la anterior apreciación y está todavía sobrevaluado de acuerdo con estimaciones de analistas privados. El efecto sobre las materias primas y las manufacturas está aun por verse. Entre otras cosas porque es probable que el precio haya sido menos disuasorio para los clientes de Brasil que la propia contracción de la actividad económica en los países destinatarios de sus exportaciónes. Uno de los ejemplos más claros es el de China, el principal cliente del mineral de hierro que produce Brasil.

Argentina y Uruguay se han beneficiado marginalmente del tipo de cambio del real a través de la corriente de turistas de Brasil que literalmente invadían ambos países con un poder adquisitivo amplificado por el valor del real. Pero al mismo tiempo, en el caso específico de Argentina, el desnivel ha ocasionado un deterioro de las relaciones comerciales. El Gobierno de Argentina, en un intento por evitar una crisis de pagos exteriores por la falta de divisas, cortó las importaciones mediante una serie de trabas administrativas severas al mismo tiempo que vetaba la de ciertos productos de consumo duraderos. Entre otras cosas se cerró el cupo de las importaciones de recambios para automóviles de Brasil, lo que desató la protesta del gobierno de este país que a su turno bloqueó la importación de automóviles y alimentos de Argentina.

A finales del pasado julio ambas partes llegaron a un acuerdo a nivel de secretarios de estado para dejar sin efecto las trabas impuestas mutuamente. Durante el periodo agudo de suspensión de importaciones por parte de Brasil una serie de empresas debieron apelar en cadena a la suspensión temporal de empleo de parte de sus plantillas. Renault en el sector del automóvil y Nucete en el de las aceitunas son un ejemplo. Pero el desaguisado llegó al extremo de paralizar la actividad de industrias por falta de componentes de importación que suponían en valor del producto acabado entre un 5% y un 7% del precio total pero que eran indispensables para su fabricación. Argentina que navega al filo de una devaluación desde hace más de un año padece una profunda inestabilidad económica con el riesgo de una crisis fiscal agudizada por la carga de deuda pública externa e interna. En este contexto las relaciones comerciales con Brasil no se presentan prometedoras.

Los tipos de interés han bajado en un año del 12,5% anual al 7,5%, un nivel récord para el país. En paralelo al último recorte de tipos de interés el Gobierno extendió el plazo de vigencia de los beneficios fiscales concedidos a la adquisición de automóviles. El gobierno de Rousseff ha visto una evolución adversa de la actividad económica del país que no tiene muchos precedentes por lo agudo de la inflexión. Sin embargo este no es un problema que se limite a Brasil, sino que afecta en general a las grandes economías emergentes a nivel mundial.

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