edición: 3102 , Viernes, 4 diciembre 2020
04/11/2010

Brasil, tierra de promisión si Dilma triunfa ante sus retos

Pedro González
Será sin duda la estrella de la nueva reunión del G-20 en Seúl, a la que asistirá como presidenta electa acompañando a Lula da Silva. Dilma, como la conocen y la llaman todos los  brasileños, les dibujará a sus colegas las grandes líneas de su mandato: por supuesto, prioridad a que los 30 millones de pobres de solemnidad (sobre una población de 190 millones) dejen de serlo pero, además, un ambicioso programa educativo que permita a la que ya es octava potencia económica mundial ser mucho más competitiva frente a los otros países en ascenso: China, India, Corea del Sur y Rusia, especialmente.

Asimismo, siendo economista la propia presidenta, ya tiene en mente la necesidad de acometer gigantescas obras de infraestructura para sustituir tanto las vetustas carreteras, puertos y aeropuertos como para implantar y renovar las obsoletas y muy insuficientes redes de agua potable y alcantarillado en todas las grandes poblaciones del país, y en fin acometer un ambicioso programa de construcción de viviendas que proporcione un hogar a los más de 20 millones de brasileños que aún carecen de él. Los dos grandes eventos internacionales, el Mundial de fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, constituyen una ocasión ideal para este gigantesco salto adelante.

Dilma Rousseff dispone del enorme crédito que significa tanto el apoyo del carismático presidente saliente como de la ilusión que porta su determinación de convertir al país en un modelo de prosperidad y de seguridad, tanto física como jurídica. Si los índices de criminalidad han descendido de manera espectacular en Brasil en los últimos dos años, ello se debe en buena medida a la erradicación progresiva de la miseria, al acceso de más y mayores capas de la población a servicios de los que antes carecía y en definitiva a la percepción de que el aumento del bienestar general es real. De hecho, Lula lega una nueva clase media-baja, cifrada en torno a los 65 millones de personas, es decir un tercio del país, que se sienten plenamente identificadas con el rumbo reformista impuesto desde el Palacio de Planalto. Componen ya una gran masa de consumidores, que ha irrumpido en el mercado y ha comenzado a saborear las mieles de la prosperidad general.

Sin embargo, tanto Dilma como sus principales consejeros saben que la gran herencia de Lula, resumida en gran parte en ese colchón de 250.000 millones de dólares en divisas, se asienta fundamentalmente en sus materias primas. Y que ahora ha llegado el momento de que el predominio de los productos con poco valor añadido dé paso a una economía basada en empresas más innovadoras. Eso solo será posible con una auténtica revolución educativa que permita acompañar el innegable progreso económico con un avance general en la capacitación de los brasileños.

Será, pues, en el G-20 donde Dilma apunte las grandes perspectivas que se abren para los inversores extranjeros dispuestos a participar en el gigantesco programa de construcción del país, y a aportar y transmitir al mismo tiempo  su know how a esas nuevas generaciones de brasileños salidos de la miseria y por lo tanto preocupados por formarse en pos de un futuro personal mejor. Este nuevo Brasil precisa de forma masiva de una mano de obra cualificada para mantener sus actuales ritmos de crecimiento (7% este año). Y asimismo necesita esa seguridad a la que se refería Dilma Rousseff, señalando directamente al tráfico de drogas como causante principal de la violencia urbana que, aún cuando ha descendido notablemente,  sigue en índices más propios de país subdesarrollado que de una potencia económica de primer orden.

En cuanto a la otra seguridad, la jurídica, es la principal condición que exigen los inversores, alarmados por la tendencia a la arbitrariedad y la confiscación que observan en Venezuela y en algunos de sus aliados del eje bolivariano. No es el caso de Brasil pero, en relación con este capítulo, cabe afirmar que Lula no tuvo en sus ocho años de mandato ni los medios ni la voluntad política de desterrar la corrupción y combatir la burocracia que la propicia. Tampoco pudo llegar más lejos en sus reformas fiscales, vitales éstas tanto para allegar fondos al Estado para sus proyectos como para implantar una cultura de solidaridad contributiva y de país como conjunto.
 
Pasadas, pues, las elecciones y en espera de tomar posesión oficial de la Presidencia el próximo 1 de enero, Dilma Rousseff puede convertir definitivamente a Brasil en la locomotora no solo de toda Iberoamérica sino también de otras regiones del mundo, Europa incluida, que contemplan a su país como una nueva tierra de promisión.

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