Bruselas aboga por la eliminación de los aranceles de
edición: 2535 , Lunes, 20 agosto 2018
18/01/2010
Cambio Climático

Bruselas aboga por la eliminación de los aranceles de carbono sobre las importaciones

Los detractores del gravamen lo consideran una nueva forma de “imperialismo ecológico”
Beatriz Lorenzo

Invisible, pero extremadamente dañino, se ha convertido en uno de los enemigos más perseguidos –aunque con escasos resultados hasta la fecha- del siglo XXI. Protagoniza debates entre los líderes mundiales y  los desacuerdos en torno a su gestión han dado al traste con las grandes esperanzas que envolvían a la fallida Cumbre de Copenhague. La contaminación derivada de los gases de efecto invernadero asola la atmósfera, acelera el calentamiento global y es uno de los efectos más devastadores del cambio climático. Y no sólo eso, el dióxido de carbono ha pasado de ser un mero gas contaminante a convertirse en protagonista de un tráfico que, con la excusa de beneficiar a los países del tercer mundo, legitima –en forma de salida administrativa- a las grandes potencias contaminantes. De este modo, gigantes de la contaminación como Estados Unidos, China o el propio continente europeo  pueden gastar toda la cantidad de créditos de carbono permitidos y posteriormente comprar más créditos a los países emergentes que no tienen industria, pero sí bosques y ecosistemas que posteriormente sufrirán las consecuencias del “negocio”. 

Y mientras este tráfico explícito de emisiones tiene lugar a nivel mundial, en el continente europeo cunde la preocupación por otro tipo de tráfico, más oculto e implícito, y que afecta a las cantidades de gases contaminantes desprendidas por los bienes que se comercializan entre las fronteras de los Estados miembros.

El debate sobre la aplicación de un gravamen sobre las importaciones de bienes industriales se ha recrudecido en los últimos tiempos. Una de las muchas chispas que alimentaron la hoguera de la polémica surgió durante la cumbre del G8 de Hokkaido (Japón) celebrada en 2008, durante la cual los líderes del G8 acordaron tomar sus propias iniciativas para reducir o abolir los aranceles a las importaciones de bienes industriales que reducen las emisiones de gases de efecto invernadero. Como siempre que se abre un debate en torno a este tema, las posturas divergieron en cuánto se debía reducir las emisiones mundiales en el medio o largo plazo, así como la responsabilidad de los países desarrollados en tales reducciones. Entre los miembros del G8, la Unión Europea impone aranceles del 22 por ciento a los vehículos pequeños para proteger a la industria local y Rusia impone un impuesto del 10 por ciento a las importaciones de paneles solares.

LA VUELTA DE TUERCA

La acumulación de CO2 en la atmósfera como consecuencia de la incineración de combustibles fósiles (principalmente carbón, petróleo y gas natural), que están a la orden del día en la producción de electricidad, sector del transporte y multitud de procesos industriales, contribuye de forma global a las alteraciones climáticas y el calentamiento global. La sugerencia que ha imperado en los debates europeos hasta la fecha pasa por imponer un impuesto a todas las emisiones de CO2, que se les cobraría a las empresas que emiten CO2 en la producción, promoviendo de este modo a las firmas industriales a que adopten técnicas para reducir sus emisiones contaminantes.

Paradójicamente, la razón de ser de los aranceles de carbono es al mismo tiempo su talón de Aquiles. El mayor coste de producción derivado de la reducción de las emisiones se trasladaría, en su caso, al precio a pagar por los consumidores. La respuesta social sería obvia: se consumirían menores cantidades de estos bienes y servicios a favor de los que generasen menos cantidades de CO2. Se pretendía con esto que las industrias se lo pensasen dos veces a la hora de llevar a cabo con alegría procesos productivos altamente contaminantes. Este mismo argumento es esgrimidos por los detractores del arancel,  partidarios del “purismo” de la libertad de mercado.

Gravar la contaminación. Ésta ha sido pues la tónica imperante en los debates europeos de los últimos tiempos, tendentes a imponer aranceles sobre aquellos bienes industriales más perniciosos con el medio ambiente. Sin embargo, el pasado martes el comisionado de Comercio de la Unión Europea, Karel De Gucht, rechazó la idea de imponer aranceles de carbono sobre importaciones, principalmente de países en desarrollo, advirtiendo que la medida podría generar una guerra comercial. Así pues, lo que a nivel teórico parecía una estrategia óptima, encuentra más de un escollo para ser llevada a la práctica.

UN NUEVO “IMPERIALISMO ECOLÓGICO”

Mientras tanto, la antigua idea de eliminar la contaminación mediante varapalos económicos sigue teniendo adeptos, entre ellos el presidente francés Nicolás Sarkozy- con la adhesión del ex presidente Jacques Chirac- y el eco se ha extendido también por Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, entre los que siempre han mantenido una postura de rechazo hacia los aranceles de carbono se encuentran los países en desarrollo, incluyendo China y la India que han argumentado que la medida ignora el hecho de que los países en desarrollo y las naciones desarrolladas están en diferentes etapas de desarrollo y deben asumir distintas responsabilidades y obligaciones en la lucha contra el cambio climático.

En el seno de la UE, entre los que niegan el beneplácito a esta medida se esgrime el argumento de que la existencia del gravamen de carbono constituiría una forma de “imperialismo ecológico” y enviaría una señala equivocada a los Estados miembros, amén de desvirtuar la propia esencia de la libertad de comercio dentro de la Unión Europea. Lo que parece claro es por ahora la tendencia a gravar los bienes y servicios altamente contaminantes no parece prosperar en Europa. Los gobiernos están más dispuestos a opciones alternativas, como la imposición de impuestos a la gasolina o los carburantes y han preferido concentrarse en un sistema de comercio de derechos de emisión como una manera de aumentar el costo de los productos con un consumo intenso de CO2 sin imponer explícitamente un impuesto.

Así pues, las acciones continuarán en la misma senda iniciada hasta la fecha: la aplicación de impuestos sobre emisiones de carbono se ha reducido a las conductas internas en la mayoría de los países como una forma de proteger mejor el medio ambiente, exhortar a los fabricantes y habitantes del país a reducir las emisiones y ahorrar energía, y ayudar a formar una conciencia pública de protección del medio ambiente. No deben obviarse, por último, los grandes riesgos que el comercio internacional de derechos de emisión pueden entrañar. Dado que el precio de los permisos de CO2 en un país se refleja en los precios de sus productos, el sistema comercio de derechos de emisión afecta su competitividad internacional, precisamente los mismo que se les reprocha a los adalides del tan discutido arancel.

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