edición: 2328 , Lunes, 23 octubre 2017
06/02/2015
Grecia 
Ni deserción ni expulsión

Bruselas y Atenas, condenados a entenderse

El Gobierno español saca conclusiones de la experiencia griega
Alexis Tsipras, preimer ministro griego
Juan José González
Los primeros escarceos de la negociación de Grecia con sus acreedores y socios de la Unión Europea, están sirviendo para fijar algunos puntos llamados a convertirse en adelante en premisas fijas de una probable solución. La primera y más importante hace referencia a la moneda: deudores y acreedores trabajan sobre la base de que la sangre no llegará al río, es decir, nadie en su sano juicio desea que se produzca una deserción ni una expulsión de la moneda única, tanto por los daños colaterales que produciría como los no colaterales que supondrían el principio del fin para el euro. Y la segunda y también importante es que las dos partes parecen decididas a dar una salida definitiva a un problema que, lejos de ser mitigado, no ha hecho más que crecer con el paso del tiempo, convirtiéndose en el mayor problema: la urgencia del corto plazo.
No debe extrañar que los nuevos responsables de la política griega se hayan encontrado en los últimos días con un `no´ rotundo y generalizado de las autoridades de la UE a sus propuestas; los griegos estaban obligados a visitar los despachos de sus principales acreedores e instituciones con las ideas que les llevaron al poder el mes pasado. Como tampoco contaban con margen las autoridades europeas para recibir con los brazos abiertos las propuestas griegas. Por tanto, y una vez justificadas las posturas iniciales de ambas partes, las dos salidas posibles para el escenario `trágico´ griego pasan por atender los problemas más urgentes, por priorizar.

Y prioritario debe ser que las dos partes, Grecia y la UE, despejen de forma clara la incógnita cuyos efectos serían desastrosos para los dos: eliminar la posibilidad de suspender pagos, expulsar a la economía griega de la disciplina del euro. Sería este un movimiento seguramente catastrófico, tanto para los deudores como para los acreedores; para los primeros por la devaluación radical que sufriría la economía, y para los segundos porque sería firmar definitivamente la no devolución de la deuda. Tanto la deserción como la expulsión de un socio de la disciplina monetaria -del euro- parecen seguir las mismas pautas de un tabú, del cual se conoce su existencia pero que debe mantenerse en un plano discreto. En esta convención coinciden la mayoría de los socios europeos al entender que el riesgo de ruptura de la unión monetaria cuestionaría todo el orden europeo, la Unión Europea.

Despejada la primera duda, la permanencia incuestionable en el euro de Grecia, los acreedores se vuelcan en destruir, o anular, la estrategia del presidente heleno, centrada en ganar tiempo y para lo que no dudó en eliminar algunas de las medidas de austeridad puestas en marcha por el Ejecutivo anterior. Readmitir funcionarios, subir el salario mínimo, gratuidad de la electricidad y bonos-comida a los pobres, y la paralización del programa de privatizaciones, sirvieron como mensaje dirigido a la masa electoral y a las instituciones de la Unión para mostrar su determinación por mantener una negociación dura. Ante esta postura, no debe extrañar que la respuesta institucional (de los presidentes de la Comisión y del Banco Central Europeo) alineada con los Ejecutivos de Reino Unido y Alemania, se haya producido en la misma medida como respuesta a las primeras decisiones griegas.

Con todo, tanto los anuncios -posturas- de las autoridades europeas como las medidas adoptadas por los griegos, si bien se pueden calificar como radicales, en realidad no van más allá de ser meros elementos de una estrategia de negociación. Si esto es así, habrá que pensar que el Ejecutivo heleno no debe contar con muchas bazas para una partida donde el tiempo corre en su contra por el riesgo, entre otros, de agotar la escasa liquidez financiera del Estado que le impediría, entre otros, pagar a los funcionarios o las facturas de la energía, sanidad, transporte...

La experiencia que vive ahora el Gobierno heleno, debe ser tomada en consideración por los socios de la Unión que, como en los casos de Portugal, Italia y España comparten políticas de austeridad y acuerdos cuyo cumplimiento no se cuestiona como en Grecia. Pero en todo caso, las autoridades españolas están obligadas a ir un poco más allá que las griegas en ese esfuerzo por evitar el vía crucis de una crisis de grandes dimensiones. Porque no bastará con bajar impuestos ni vender una recuperación económica que no llega ni para los millones de españoles en paro ni para otros millones de ciudadanos que trabajan. Recordar que el anterior Gobierno griego repetía mil veces que su economía crecía -y era cierto- y que la recuperación era un hecho. Igual que en España, aunque a diferencia de Grecia, las urnas aún no se han pronunciado.

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