edición: 2616 , Viernes, 14 diciembre 2018
28/02/2018
Alemania adelanta la presión

Bruselas se impone un plazo para salvar a Italia del default

Agenda contra el reloj, a 21 meses del relevo del italiano y salvador, Mario Draghi, en la primera institución financiera de la UE
Juan José González
El equipo de Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, ha comenzado en enero a ejecutar la agenda prevista para los próximos meses. En ella destaca, por encima de todas, una tarea nada fácil: recuperar a la economía más enferma de la Unión y con mayor peligro de contagio para el resto de socios. Italia, con una deuda pública récord continental, al superar el 130% del PIB en diciembre pasado, corre el riesgo de hundimiento, de intervención a la fuerza, de rescate y de colapso de sus cuentas públicas si los políticos italianos no logran ponerse de acuerdo tras las próximas elecciones cuyos resultados se conocerán la próxima semana. Todo corre en contra de una situación próxima a la explosión, al default, con la pasividad de un Gobierno inmerso en la campaña electoral.
Y sucede en medio de cambios en el BCE, donde un italiano y hoy presidente Mario Draghi tiene sobre la mesa el triple reto de salvar a Italia del default, al euro de la caída libre y a Europa de la ruptura. Sucede también que las políticas monetarias del Banco Central Europeo tienen los meses contados. Altos déficits públicos, endeudamientos siderales de las economías europeas, alentadas por los gobiernos más alegres del gasto y contando con el viento a favor de los tipos de interés más bajos (o negativos) de la historia, tocan a su fin en breve. Termina una época de bonanza de desequilibrios presupuestarios, de insaciables deudas públicas que ha situado en una posición de jaque a varias economías de la Unión Europea. Mientras tanto, el que se considera futuro sucesor del italiano, el alemán Jens Weidmann, ya ha comenzado a meter prisa para poner fin a la compra de bonos.

Varias de las economías europeas, caso de España y Portugal, por citar dos socios del sur, han logrado regresar en los últimos tiempos a la disciplina presupuestaria y, con mayor esfuerzo han conseguido corregir sus desviaciones. En cambio, otras economías se mantienen aún en las mismas posiciones, caso de Grecia e Italia. La crisis de Grecia fue en su día una especie de aperitivo para una Europa que no estaba dispuesta a transigir con ningún socio ni a perdonar la mínima desviación de la disciplina marcada e impuesta por el socio alemán, dominador del poder en la Unión y, por tanto, de la disciplina monetaria marcada por el BCE. De ahí que la crisis de Grecia fuera casi una anécdota por ser una economía, por tamaño, marginal en el puzzle europeo.

Pero Italia no es una anécdota, es una bomba de relojería con muy elevada capacidad destructiva. Es un socio cuya economía tiene la consideración de pieza capital en el diseño de la Unión en tanto que tercera economía de la Eurozona. Sus cifras preocupan desde hace tiempo. Porque también desde hace tiempo no corrige ni sus responsables políticos muestran signos de enmienda. Su déficit público superaba en diciembre pasado el 130% del Producto Interior Bruto, y su economía, lastrada por la también voluminosa deuda privada, apenas alcanzaba un avance del PIB del 1,6%, lejos de las cifras de sus competidores europeos.

Tampoco ha aprovechado -no ha sabido o no ha querido- la larga etapa de tipos de interés bajos para recuperarse y, al contrario, las propuestas de sus políticos han sido en todo momento, potenciadoras del gasto público. Por si no fuera suficiente, las propuestas de los partidos políticos italianos en liza se pueden calificar de imposibles, inabordables e insostenibles para cualquier presupuesto que, como el italiano, no aguantaría los casi 15 puntos porcentuales de mayor déficit que suponen las promesas más conservadoras que se escuchan en campaña.

La salida del entuerto económico para Italia pasa, de nuevo, por el apoyo institucional monetario, del BCE que preside el italiano Mario Draghi. Con la agenda de trabajo fijada para los próximos meses, el italiano cuenta con un nuevo equipo, un vicepresidente De Guindos que ya conoce el quirófano, las intervenciones y el posoperatorio de los casos más graves. Ahora el enfermo, también del sur como en su día lo fue el paciente español, ya parece conocer la situación, que no es otra más que una carrera contra el reloj, carrera que debe ganar a Alemania, equipo que ya prepara a un sustituto de Draghi al frente del BCE como también una sustituta alemana para la francesa Daniel Nouy al frente del Mecanismo Único de Supervisión y resolución bancaria el 1 de diciembre. 

Italia y con ella los italianos situados en el poder de Bruselas, comienzan a correr para llegar antes de que se produzca la revolución de 2019. Para entonces, Italia deberá haber entrado en la disciplina de Bruselas y el euro y la UE se habrán librado, finalmente, del mayor riesgo en su historia: el default de la tercera economía dela Eurozona. Porque salvar a Italia es mucho más, además de obligado; es salvar al euro de la caída en picado y salvar a la Unión Europea de la ruptura y la división. Porque nada sale gratis en política, en Bruselas, el estado de emergencia que se avecina en Italia debe ser desactivado cuanto antes desde el nuevo Gobierno tras las elecciones y con el concurso del BCE.

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