edición: 3096 , Jueves, 26 noviembre 2020
24/05/2016

Caen las calificaciones de crédito corporativas y aumentan las suspensiones de pagos y la deuda

El mercado de deuda crece con fuerza ante las operaciones anunciadas por el BCE para el verano
Carlos Schwartz
En el universo de las grandes corporaciones tener una calificación de triple A se ha convertido en una rareza. En un terreno donde la fiabilidad del deudor se mide por esa nota adjudicada mediante parámetros técnicos por una agencia supuestamente neutral, esta es la consecuencia lógica de que el volumen de deuda de las empresas crezca de forma imparable. La semana pasada el mercado europeo de deuda puso de relieve el robusto momento que atraviesa al colocar en lo que va de mes un total de 36.400 millones de euros en vísperas de que el Banco Central Europeo (BCE) inicie el mes próximo las compras de bonos de corporaciones anunciado por su presidente Mario Draghi en marzo como parte de las medidas no convencionales de política monetaria en la zona del euro.
El pasado jueves, en el mercado de eurobonos se colocaron emisiones de la cementera Lafarge Holcim, la empresa de medios y telecomunicaciones Vivendi, y un bono de alto rendimiento de la empresa editorial nórdica Sanoma. Pero la posibilidad de que la Reserva Federal estadounidense suba los tipos de interés en breve y el dólar se refuerce frente al euro como lo ha hecho ya la pasada semana ha convocado a otros emisores como la estadounidense Eastman Chemical Company que colocó en el mercado primario 550 millones de euros en el último exponente americano en el mercado de bonos denominados en euros.

Mientras tanto un puñado cada vez menor de empresas en el mundo retienen la codiciada calificación de triple A adjudicada por Standard & Poors. La supresión de una A al gigante ExxonMobil el mes pasado ha dejado en la cúspide de las calificadas estadounidenses a solo dos corporaciones: Johnson & Johnson y Microsoft. En 1992 había 98 empresas con el galardón en Estados Unidos, una merma que da cuenta de los vientos que soplan en el mundo corporativo desde la crisis financiera internacional y las políticas monetarias expansivas de los bancos centrales.

El aumento de la deuda de las corporaciones tiene dos destinos fundamentales, aumentar la retribución de los accionistas y financiar la ola de adquisiciones con las que las empresas aspiran a una consolidación en los sectores en los que operan. La magnitud de esas acciones corporativas fue puesta al día esta semana por la oferta de la alemana Bayer por 62.000 millones de euros para adquirir a la estadounidense Monsanto destinada a crear un desmesurado gigante de la bioquímica agraria y las semillas de diseño. La tendencia al endeudamiento no tiene visos de ceder mientras se mantenga la política de expansión monetaria a escala internacional. De acuerdo con Bank of America Merrill Lynch desde 2008 las corporaciones con buena y mala calificación de forma conjunta han incrementado la deuda en sus balances en 4 billones de dólares, una magnitud similar a las dimensiones del mercado de bonos municipales y estatales estadounidense. Es decir, un despropósito.

El efecto de un apalancamiento para empresas con escaso endeudamiento es que el crecimiento de la caja facilita adquisiciones que permiten revalorizar los balances y aumentar el valor de mercado de la empresa y su cotización en bolsa. Pero esta estrategia tiene límites claros porque en la medida que las empresas se cargan de deuda cualquier revés serio en la actividad natural de su mercado crea el riesgo de los impagos.
Desde los años de 1980 la tendencia a aumentar la deuda de las corporaciones se ha convertido en un estándar de la gestión financiera.

“Una cosa está clara, el abandono del conservadurismo financiero que se inició a mediados de los 80 se mantiene en la actualidad”, afirma el analista de Standard & Poors Thomas Watters. La potenciación del valor contable de las sociedades aplicando la trampilla a la liquidez al final pasa factura. Algo acerca de lo cual los bancos españoles pueden dar abundante testimonio con el efecto en sus propios balances cuando las condiciones del mercado se han hecho adversas. No es que la mala racha haya pasado, como ponen de relieve las grandes suspensiones de pagos pendientes en nuestra economía por parte del imperio zombi, como indican los casos de Abengoa e Isolux por mencionar a solo dos de las muchas que están esperando en el pasillo.

Más de 70 grandes deudores corporativos han suspendido pagos a nivel mundial en lo que va de este año lo que supone el ritmo más alto de quebrantos desde 2009. Este ritmo indica que 2016 va a superar las suspensiones de pagos registradas en 2015 que totalizaron 113. De acuerdo con Standard & Poors solo la semana pasada la lista aumentó en 10 empresas de las cuales 8 eran del sector de la energía y los recursos naturales. La empresa canadiense de gas y petróleo Tervita y la estadounidense Breitburn Energy acudieron a los juzgados la semana pasada, pero más de la mitad de las 72 empresas en suspensión de pagos pertenecen al sector de la energía y los recursos naturales.

De acuerdo con los datos de S&P, de estas 29 son del sector del gas y el petróleo, 12 en los metales, minería y el acero y una en el de la generación eléctrica. Los analistas de la agencias de calificación de riesgos consideran que estos quebrantos van a aumentar por la incapacidad de las empresas en el sector del gas y el petróleo para generar caja en medio de una persistente debilidad en los precios del crudo y el gas. Los analistas de las calificadoras consideran que en Estados Unidos la extensión de la crisis del sector de la energía a otros es aun limitada pero que puede aumentar.

Pese a que no dan indicaciones específicas al respecto el razonamiento evidencia una realidad profunda. Una parte considerable de la actividad de las constructoras en Australia, por dar solo un ejemplo, está vinculado al desarrollo de los proyectos de la energía. No solo porque puedan estar involucradas en esos proyectos en si, sino porque estos implican el desarrollo de infraestructuras como las carreteras, líneas de alta tensión y puertos. Esto ha sido visible en la actividad de algunas empresas en Chile tras la caída del precio del cobre y el abandono de algunos proyectos por parte de grandes empresas de minería algo que ha afectado a empresas de ingeniería con actividad en la región. La alteración de las previsiones financieras de las empresas como va de suyo se anota en el balance de los bancos que están jugando una vez más a dejar sepultados en sus balances los efectos nocivos del alto endeudamiento de sus clientes.

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