edición: 3025 , Viernes, 7 agosto 2020
24/07/2020
OBSERVATORIO DE COYUNTURA

Capitalismo: ¿crisis?, ¿qué crisis?

Servicio de Estudios de CaixaBank*
¿Está en crisis el capitalismo? ¿Está fallando el «sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción y en la libertad de mercado», según la definición de la Real Academia Española? Como mínimo podemos señalar que algunas disfunciones sí que debe estar presentando: según un estudio de referencia de la Fundación Edelman, un 56% de los entrevistados afirmaban que el «capitalismo hace más mal que bien» y un 74% consideraban que era injusto. 
También, en ese mismo estudio, en 22 de los 28 países examinados, más de un 50% de los encuestados opinaban que el capitalismo era dañino (un 60% en España). El cuestionamiento del capitalismo está, por tanto, geográficamente muy extendido, pero, quizás, es especialmente relevante la desafección que se está produciendo en EE. UU., sin duda el país que asociamos en mayor medida con la economía de mercado.

Crisis en el kilómetro cero del capitalismo

Durante la actual carrera presidencial estadounidense, los medios de comunicación han destacado que una parte del electorado apoyaba posiciones «socialistas». Esa situación atípica seguramente explica por qué uno de los candidatos del Partido Demócrata, Bernie Sanders, fue capaz de mantenerse durante muchos meses como posible nominado a pesar de unas propuestas que, en el contexto norteamericano, podían considerarse más cercanas a los extremos que al centro. El hecho de que a los ojos de un votante europeo debamos traducir «socialista» por socialdemócrata para entender mejor lo que Sanders proponía no exime de reflexionar sobre el fondo del asunto: ¿está EE. UU., epicentro de la economía de mercado, cuestionando el capitalismo?

Los datos sugieren que, como mínimo, el modelo económico se está reevaluando en Norteamérica. Los estudios de opinión del Pew Research Center avalan la tesis de que, año tras año, un porcentaje significativo de estadounidenses tienden a mostrarse insatisfechos con el capitalismo. Así, en 2019, un 33% de los encuestados afirmaban tener una visión negativa de este sistema económico y social. Por supuesto, la desafección con la economía de mercado no es homogénea, ya que varía en función de la ideología (mayor insatisfacción entre los demócratas), nivel de renta (menos apoyo cuanto menos ingresos) y edad (visión más crítica cuanto más joven se es).

Una mirada más amplia: de la crisis del capitalismo a las crisis del capitalismo

La cuestión ahora es hasta qué punto se trata de un fenómeno reciente. No es algo sencillo de responder, ya que la mayor parte de los estudios se ciñen a las últimas dos décadas. Una de las pocas excepciones son los datos recopilados por Blasi y Kruse, que proporcionan una visión sobre el grado de contestación que recibe el capitalismo en EE. UU. desde 1938. Según este ejercicio, los niveles actuales de desafección con el capitalismo, en contra de nuestra tendencia a leer el presente como una época excepcional, no son extraordinarios, ya que en todas las grandes crisis decae su apoyo. Así sucedió en la Gran Depresión de los años treinta, en la que un 38% de los encuestados manifestaban posiciones con elementos anticapitalistas; en 1975, en plena «crisis del petróleo», en la que este porcentaje era del 34%, o en 2010, tras la Gran Recesión, en la que un 40% de los entrevistados manifestaban tener una imagen negativa del capitalismo. En los periodos de bonanza, en cambio, la cifra de críticos al sistema se situaba alrededor del 20%.

Capitalismo: disfunciones y «shocks» no son lo mismo

En definitiva, parece incuestionable que estamos en una fase de desafección creciente con el capitalismo, cuya extensión geográfica es amplia (y que alcanza al epicentro del sistema, EE. UU.) y que, con todo, no difiere en demasía de otras puntas de cuestionamiento de diferentes épocas. Ahora bien, en cada momento histórico, las críticas al capitalismo han tomado formas algo diferentes. ¿Cuáles son las actuales?

Cuando se revisan los múltiples debates y artículos sobre la cuestión, comienzan a aparecer una serie de elementos coincidentes: menor crecimiento económico que en el pasado; estancamiento, cuando no declive, de la productividad; aumento de la desigualdad de la renta y de oportunidades; tendencia al cortoplacismo; incapacidad de internalizar externalidades negativas (como el impacto medioambiental), o, finalmente, cierta inestabilidad financiera que no se puede acabar de suprimir.

Este cajón de sastre de males del capitalismo, así presentado, chirría a poco que se medite sobre él. Si hacemos una lectura menos superficial, podemos distinguir, realmente, que esta lista combina hechos de muy distinta naturaleza. Concretamente, se están mezclando dos tipos de elementos.

Los primeros son lo que podemos denominar disfunciones estructurales del capitalismo. La economía de mercado es un sistema que, por naturaleza, presenta una serie de características que tiene efectos indeseados. En el caso del capitalismo, estos son los denominados fallos de mercado, es decir, aquellos intercambios para los que el mecanismo de precios no ofrece la información precisa sobre sus beneficios y costes sociales y que requieren de intervención pública para, en la medida de lo posible, corregirlos. En esta categoría entran la regulación de externalidades negativas, como la contaminación. Otro elemento ubicado en esta categoría de disfunciones estructurales sería la tendencia a primar el corto plazo. Que existen disfunciones inherentes al capitalismo no es algo nuevo y, de hecho, gran parte de las instituciones con las que nos hemos dotado persiguen, realmente, minimizar dichos efectos. Por ejemplo, dotar de independencia a los bancos centrales es un intento de dar respuesta a la miopía de los decisores de la política monetaria. O la creación de un mercado de emisiones de CO2 intenta contribuir a internalizar los costes sociales que genera la polución de las empresas.

El segundo bloque de «males» es distinto. Cuando se dice que el capitalismo ya no funciona (traducido como «no crecemos como en el pasado» y/o «solo beneficia a unos pocos») en el fondo lo que está sucediendo es algo distinto. En realidad, lo que está ocurriendo es que estamos en una etapa histórica de cambio acelerado, presidido por elementos como el salto tecnológico, la intensificación de la globalización, el envejecimiento demográfico o la transición ecológica. El capitalismo, en esta fase histórica, ciertamente actúa como intermediario frente a esta serie de shocks y tendencias, pero no puede considerarse el causante último. Esto no quiere decir que dicha mediación sea automática o neutral, ya que ciertamente (y aquí entramos en el punto clave de nuestro diagnóstico de la «crisis» del capitalismo) no todos los capitalismos son iguales.

Así se entiende, por ejemplo, que en uno de los puntos de tensión claves, que se da en ciertas economías que parecen no poder reconciliar crecimiento económico y capacidad de redistribución (o lucha contra la desigualdad), sea en realidad un trade off no tan obvio, ya que otros países sí que parecen haber encontrado un equilibrio razonable.

Capitalismo: un sistema adaptativo

Nuestra tesis es que estas diferencias entre capitalismos importan... y mucho. Aunque la defensa de dicha tesis será el objetivo de los siguientes tres artículos, queremos hacer un pequeño spoiler a nuestros lectores. La premisa básica es que, aunque existe un núcleo duro de características compartidas por todas las economías capitalistas, en la práctica se dan una serie de diferencias entre países (en puridad, entre grupos de países), que acaban conformando una serie de variedades del capitalismo claramente diferenciables y que dichas variedades funcionan mejor, o peor, según las características del entorno o del momento histórico. Por ejemplo, y para mencionar una preocupación actual de máxima relevancia, las capacidades para luchar contra pandemias no van a ser las mismas en una variedad del capitalismo que en otra.

De hecho, la existencia de variedades del capitalismo entre países apunta a un rasgo fundamental de este sistema económico, su capacidad de adaptación y de evolución. Ante las críticas de aquellos que entienden el sistema capitalista como algo monolítico e inmutable, una revisión histórica permite descartar esta visión tan estática, ya que, como se defenderá en nuestro artículo final, el capitalismo actual y el de 1945 presentan muchas diferencias. Por ello, y para convencerle, estimado lector, le pedimos que nos acompañe en los siguientes artículos del Dossier. Adentrémonos, pues, en esta visión enriquecida del capitalismo (capitalismos, en realidad) a fin de entender bien las causas y consecuencias de esta compleja interrelación entre tendencias globales, sistemas económicos y prosperidad.

Álvaro Leandro/Àlex Ruiz
CaixaBank Research

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