edición: 3074 , Lunes, 26 octubre 2020
23/09/2010

Chávez intensifica la presión amedrentadora antes de las elecciones

Pedro González
La misma oposición que no fue capaz de unirse y enfrentarse a Hugo Chávez en las elecciones de 2005 considera ahora imprescindible aglutinarse para evitar lo que califica como “el asalto final a la democracia” en los comicios de este domingo. Son en total 42 movimientos, grupos o partidos los que intentarán arrebatar en tan heterogénea coalición una buena porción de los 165 escaños de que consta la Asamblea Nacional, convertida durante la última legislatura en una cámara destinada en exclusiva a jalear los sucesivos decretos con los que Chávez reforzaba su deriva totalitaria.

El presidente venezolano ha convertido de hecho estas elecciones en un nuevo plebiscito sobre su poder personal. Cuatro horas diarias de peroratas por radio y televisión, retransmitidas con carácter obligatorio, cientos de mítines y de inauguraciones, desde un teleférico a una nueva cama de hospital o un aula repintada para la ocasión, el neocaudillo venezolano y sus camisas rojas han procurado inundar tanto la calle como los medios de comunicación con una presencia aplastante.

Los sondeos oficiales señalan un 52%-48% a favor de los bolivarianos, una diferencia que a Chávez no debe parecerle suficiente puesto que ha subido notablemente la intensidad de sus amenazas y de sus consignas amedrentadoras. Cada vez que se le ha instado a reconocer no ya una hipotética victoria de la oposición sino siquiera que ésta llegara a hacerse con 67 escaños –lo que impediría la gobernación por decreto que requiere los 3/5 de la Cámara-, Chávez ha dicho que nada ni nadie impedirá que siga adelante con su revolución. Una manifestación en la que esa misma oposición advierte a los observadores internacionales de las posibles irregularidades que sospecha puedan producirse en la jornada electoral, alentadas por los numerosos cuerpos de guardianes y vigilantes de la revolución bolivariana, formados y encuadrados por las decenas de miles de agentes cubanos instalados en el país.

Los gobernadores de la oposición han sido despojados de sus competencias, especialmente las relativas a centros de salud, hospitales, puertos y aeropuertos, y en casos como el del alcalde de Caracas, Chávez le quitó el 90% del presupuesto e incluso su propio despacho.

Cambios en los distritos electorales, cierres de radios y televisiones, pesquisas judiciales y detenciones contra opositores emergentes, palizas semejantes a los famosos actos de repudio que el castrismo realiza en Cuba contra los disidentes molestos, se han intensificado en los últimos meses, hasta conformar un innegable paisaje de miedo. Los temores de carácter político se doblan con los horrores del meteórico incremento de la delincuencia y la inseguridad. Los 130.000 homicidios acaecidos en los once años de Chávez en el poder superan de largo los que el narcotráfico ha causado en México, del mismo modo que Caracas ha devenido la capital del mundo con mayor número de asesinatos y asaltos al día.
 
A esta criminalidad galopante, a los cada vez más frecuentes cortes de suministro eléctrico, al desabastecimiento masivo, Chávez opone la realidad de que ha rebajado notablemente la pobreza y la indigencia, que ha recortado drásticamente el analfabetismo y que ha proporcionado asistencia sanitaria primaria a cuatro millones de personas que carecían de ella. Promete seguir con su política de subvenciones masivas y, seguro de su triunfo el próximo domingo, anuncia que lanzará la próxima semana la denominada “Tarjeta del buen vivir”, que financiará en principio un “consumo justo” en los supermercados estatales, desde artículos de primera necesidad hasta otros menos perentorios como carburantes, estancias en hoteles y viajes de placer.

Este estado del bienestar bolivariano está atendido ya por 2,6 millones de funcionarios, tres veces más de los que Chávez se encontró cuando llegó al poder, entre los que se ha creado la nueva boli-burguesía, es decir una nueva nomenklatura del régimen a la que se asegura  seguirá disfrutando establemente de sus privilegios mientras permanezca ciegamente fiel al presidente.

Sin un líder claro que oponer a la presencia arrolladora de Chávez, la oposición confía en que el descontento causado por el caos y la ineficiencia impulsen su victoria. También estima que el miedo hace que muchos de los encuestados no se hayan atrevido a manifestar abiertamente sus verdaderas preferencias en los sondeos, y confía en que el domingo el voto secreto modifique las previsiones. En todo caso, es una constatación evidente que Venezuela se ha escindido entre los ganadores y perdedores de la revolución bolivariana. Consciente de ello, Hugo Chávez parece haber renunciado de hecho a ser el presidente de todos los venezolanos. Su concepto revolucionario se ha deslizado así por la vía de todos los totalitarismos que en el mundo han sido: la de considerar solamente una alternativa, o conmigo o contra mí.

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