edición: 2347 , Lunes, 20 noviembre 2017
18/03/2010

Chávez se inspira en Mugabe, un dictador veterano

Pedro González
Cada país hace y ejerce la diplomacia que le permiten la fortaleza de su economía y la potencia de sus fuerzas militares. Es una definición tan antigua como la política internacional, que permite tantas más variantes cuanto más poderoso en ambos terrenos es el país de que se trate, es decir la gradación en la intensidad de las reacciones diplomáticas ante un ataque de cualquier clase alcanza toda la gama posible en el caso de una gran potencia, y  queda completamente sumisa y mermada cuando se trata de un país situado en los últimos lugares de cualquier clasificación.

Desde que el empleo de la fuerza ha quedado muy limitado por mor de instituciones supranacionales equilibradas, incluso a la nación más pequeña se le reconocen su soberanía y sus derechos inherentes a ella, poniéndola incluso en pie de igualdad con las más grandes, al menos en el ámbito de las relaciones multilaterales. Para que esas relaciones se desarrollen con normalidad la primera condición es que los dirigentes de cada país respeten a los demás tanto personal como sobre todo institucionalmente. La inobservancia de ese elemental comportamiento retrotrae automáticamente a épocas previas a la aparición siquiera del Derecho de Gentes.

España lleva ya bastante tiempo sufriendo los ataques a su dignidad nacional de un individuo como el presidente de Venezuela. Hugo Chávez habla y actúa conforme a los parámetros despóticos de una genuina dictadura. Los abusos y exacciones que practica sobre los venezolanos demuestra que los considera súbditos en vez de ciudadanos, a la vez que en las relaciones internacionales utiliza la grosería y el chantaje soez como habitual línea de conducta. Los insultos y amenazas a las instituciones españoles han traspasado hace tiempo los límites de lo tolerable. Chávez ha dado una nueva vuelta de tuerca al amenazar a las empresas e intereses españoles en Venezuela con hacerles pagar la simple petición de colaboración de la Justicia española para esclarecer la alianza terrorista entre las FARC, la ETA y las mismas Fuerzas Armadas venezolanas.

Al esgrimir el chantaje hacia empresas como Repsol, descubridora del mayor yacimiento de gas de la historia de Venezuela, la primera consideración que hay que hacerse de este lado del Atlántico es si merece la pena pagar el precio de que se pisotee la dignidad nacional a cambio de la presunta preservación de los intereses. Cuando se trata con dictadores totalitarios no existe ninguna seguridad de nada. El mejor ejemplo histórico ya lo ofreció en su día el premier británico Neville Chamberlain, al ufanarse ante los Comunes de haber concluido un pacto con Hitler para evitar la guerra a cambio de desmembrar Checoslovaquia y entregarle los Sudetes. Winston Churchill le replicó que había preferido ensuciarse de deshonor para evitar la guerra, pero que al final tendría ambas cosas, el deshonor y la guerra.

Nada, pues, permite estar seguro de que Chávez, cual ‘hitlerito’ bolivariano, no expropie a los españoles después de haberles enfangado de deshonor. No es siquiera de ahora sino de sus primeros pasos como presidente de Venezuela que los propietarios agrícolas españoles han visto sus tierras ocupadas por la fuerza sin ser indemnizados, lo mismo que gran número de pequeños comerciantes han tenido que cerrar sus negocios o someterse al chantaje de las bandas de la porra bolivarianas, que les extorsionan a cambio de presunta protección o simplemente de no agredirles. Que Banco de Santander haya obtenido finalmente una compensación discreta por la incautación de sus intereses en Venezuela no excluye la realidad de que haya sido forzado a marcharse, en tanto que BBVA y Telefónica están sometidos asimismo a los caprichos y veleidades del dictador bolivariano.

Su comportamiento tampoco es único y exclusivo. Además del modelo castrista, Chávez parece inspirarse en el del Zimbabwe de otro dictador más veterano, Robert Mugabe, cuyos guardianes de su peculiar revolución también ocuparon por la fuerza las tierras más fértiles, mataron a muchos de sus antiguos  propietarios y saquearon y robaron sus posesiones. El que fuera país más próspero de África es hoy una ruina que no produce siquiera para saciar las hambrunas de la población, pero que mantiene en el poder a un sátrapa que no duda en encarcelar y asesinar a sus oponentes.

Repsol, como otras multinacionales españolas, ha de sentirse respaldada por el Estado, pero si éste careciera de la fuerza y los medios de defenderles, debería buscarse otras soluciones. Es posible que las bravuconadas de Chávez no se producirían si en vez de Repsol a secas fuera Repsol-Lukoil ó Repsol-BP. En todo caso, España debe relacionarse con Venezuela más como miembro de la UE que como país individualizado. Y la UE debe ofrecer a España todo su respaldo, exigiendo entre otras cosas el mínimo de seguridad jurídica que Chávez y otros de su misma cuerda manejan como un concepto variable a su guisa.

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