edición: 2578 , Viernes, 19 octubre 2018
12/11/2009

China se consolida como el gran amigo de África

Dobla su ayuda al desarrollo, condona la deuda de los más pobres pero les exige prioridad para el suministro de sus materias primas

Pedro González
Europeos y norteamericanos creyeron haber implantado por muchos años su predominancia en África, sobre todo después de que este continente hubiera dejado atrás su papel como escenario de la confrontación Este-Oeste. No contaban, claro está, con China que, al igual que americanos y europeos, buscan fuentes seguras de aprovisionamiento de energía y materias primas.
Los africanos, por su parte, han encontrado en los chinos un nuevo tipo de interlocutor, o al menos alguien que les interpreta una música diferente. Al fin y al cabo, a los europeos los han padecido como metrópolis coloniales, como potencias postcoloniales, los conocen bien y el balance de su relación no es precisamente de cariño y confianza fraternal.
En cuanto a los norteamericanos, qué duda cabe de que la existencia de un presidente negro, hijo de africano, es una baza inestimable, que Barack Obama habrá de jugar combinándola con un respaldo más explícito que de costumbre a las sempiternas demandas del continente negro: apertura del mercado norteamericano a sus productos e implantación de sus industrias en los mismos países africanos, de forma que las manufacturas impulsen su siempre aplazado desarrollo.


Los chinos han tomado buena nota de las aspiraciones africanas y, sobre todo, de los puntos débiles de la relación de aquellas con Europa, de manera que les ha bastado no cometer los mismos errores para implantar su presencia a pasos agigantados. Para conseguirlo, organizaron en 2006 en Pekín una cumbre Chino-Africana, a la que asistieron la práctica totalidad de los jefes de Estado y de gobierno del continente.

El régimen chino otorgó entonces a 48 países africanos préstamos a bajo interés por valor de 5.000 millones de dólares y se comprometió a diseñar y financiar a fondo perdido más de cien proyectos de ayuda humanitaria: colegios rurales, hospitales, dispensarios sanitarios, centros de lucha contra la malaria y escuelas de formación profesional por las que ya han pasado en tres años más de 15.000 jóvenes. Su estrategia la completó condonando la deuda de 33 países y el levantamiento de las tarifas arancelarias para numerosos productos africanos. Fruto de este último acuerdo es que el comercio chino-africano ha pasado de los 39.700 millones de dólares anuales a los 107.000 millones de 2008.
 
Esta semana, los mismos protagonistas chinos y africanos han celebrado la segunda cumbre, denominada del Fondo de Desarrollo Chino-Africano, y Wen Jiabao, el primer ministro chino, ha apalancado más aún si cabe la interrelación al prometer doblar las ayudas de 2006. Serán 10.000 millones de dólares en créditos preferenciales para los próximos tres años, cien proyectos de energías renovables y un nuevo esfuerzo en la implantación de centros profesionales. Ni qué decir tiene que los líderes africanos, reunidos en el complejo turístico egipcio de Sharm el-Sheikh, contemplan a China cada vez más como la potencia-madre bajo la que cobijarse y a la que acudir en caso de emergencia.
 
La maquinaria productiva china precisa, a cambio de todo ello, de las abundantes materias primas africanas, especialmente del petróleo y de todo tipo de minerales, y su suministro preferencial es la contrapartida que Wen Jiabao exige por su generosidad.
 
En términos absolutos, lo que China ha dado hasta ahora a África y lo que ha prometido para los próximos tres años es todavía mucho menos que lo que Europa lleva suministrando al continente, al menos desde hace veinte años. Sin embargo, la percepción africana es que es la primera vez que alguien trata de ayudarles –aunque obtenga contrapartidas a cambio- sin paternalismos ni lecciones. La consecuencia es obvia: China está desplazando rápidamente a Europa de África, y no solo como lugar de aprovisionamiento sino también como territorio emergente donde colocar sus propios productos. 

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