edición: 2365 , Viernes, 15 diciembre 2017
03/11/2010
Sostenibilidad

Coherencia y credibilidad, los retos de la Cumbre de Cancún

La COP16 plantea unos objetivos más sobrios y menos ambiciosos que los de la fallida Cumbre de Copenhague
China y Estados Unidos siguen capitaneando dos bandos que parecen irreconciliables
Beatriz Lorenzo

Hasta la fecha, las diatribas y promesas relativas a la lucha contra el cambio climático no han dejado de ser un mero brindis al sol que nada ha solucionado respecto a aspectos tan importantes como el desgaste de los ecosistemas o las emisiones contaminantes. La realidad sigue dejando muy atrás no sólo los ilusos objetivos de Kyoto sino también los que se formularon en la fallida Cumbre de Copenhague, en la práctica un toma y daca de reproches, peticiones y exigencias  entre los países participantes. Hasta ahora, el “lavado de manos” ha sido la técnica más empleada por unos actores políticos e institucionales muy aficionados a  pasarse entre sí la pelota de la responsabilidad por las emisiones contaminantes, en un eterno juego circular que viene siendo muy distinto de lo que se debate y se promete al respecto. 

En este sentido, de la COP16 de Cancún- para la que queda menos de un mes- se espera un mayor nivel de compromiso con el problema climático, una “concepción” del tema más profunda y enraizada no sólo en promesas teóricas, sino también en la estrategia de los gobiernos y de las compañías pertenecientes a los sectores más contaminantes.

Sin embargo, la propia ONU ha admitido recientemente que la Conferencia de Cambio Climático de Tianjin, última ronda de negociaciones antes de la Cumbre de Cancún, ha finalizado sin muchos avances en el diálogo, marcado, una vez más, por cruces de acusaciones entre naciones desarrolladas y emergentes, con Estados Unidos y China como “cabezas” visibles de ambos bandos.  Estos preámbulos no arrojan demasiadas esperanzas en cuanto a una disminución en las emisiones de gases de efecto invernadero ni acera de la voluntad de las partes implicadas a la hora de buscar una solución. Además, el sustancioso mercado del carbono se ha convertido en un fructífero negocio que dificulta todavía más los acuerdos y las deliberaciones en torno a una solución justa.

COMPROMISO Y AUSTERIDAD

Más allá del compromiso de los gobiernos y las grandes corporaciones, una estrategia de “ahorro” y templanza se perfila como una de las claves del problema. Existe una profunda brecha entre el consumo de energía de los países emergentes y los desarrollados pero, paradójicamente, sólo el 7% de la población mundial – por supuesto, habitante del primer mundo- produce aproximadamente el 50% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Un estudio de la organización internacional News Economics Foundation (NEF) ahonda en la idea de que el consumo excesivo y desmesurado, más que bienestar, no aportará más que insatisfacción y carencias, en una reflexión similar a la que vio la luz el pasado año por encargo del presidente Sarkozy, “Más allá del fetichismo del PIB”, realizada por los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Sen. Así pues, desde NEF están convencidos de que para aumentar el bienestar humano, el enfoque no ha de ser tanto cuantitativo (sobre la renta y el consumo) sino cualitativo, en relación con aspectos como el entorno humano respetuoso, la cultura cívica, o los fuertes lazos comunitarios. El informe sugiere que muchos países han superado ya su punto de saturación, en su despilfarro desmedido, una explosión de consumo que, por el bien del medio ambiente y de la sociedad, necesita ser desactivada.

Probablemente, a la hora de calibrar las mayores tensiones que dificultan la lucha contra el cambio climático, la palma se la lleve la controversia entre los dos gigantes que más contribuyen al problema: Estados Unidos y China, que concentran casi la mitad de las emisiones globales de dióxido de carbono. Mientras la postura de Estados Unidos tiende a instar a los países emergentes “más contaminantes”- tales como China, Sudáfrica, India y Brasil- a asumir acciones de reducción de emisiones contaminantes y permitir la verificación internacional, los detractores de las pretensiones estadounidenses se escudan en el hecho de que el Protocolo de Kyoto no obliga a las naciones en desarrollo a reducir sus emisiones. China, por su parte, nunca ha mostrado conformidad con la idea de establecer reducciones obligatorias y concentra sus exigencias en los países desarrollados, todavía bajo el ala de los incumplidos objetivos de Kyoto.

No es de extrañar, dado el fatídico precedente de Copenhague, que las expectativas para la COP16 sean más modestas, menos rimbombantes. Así, parece que Cancún no pretende- como en su día lo hizo la COP15, descalabrándose en el proceso- un acuerdo vinculante y efectivo sino simplemente alcanzar unos pocos indicios de que el proceso multilateral sigue vigente, de que el Protocolo de Kyoto no fue en vano.

ÉTICA AMBIENTAL

Mientras llega la Cumbre, Naciones Unidas se une a las peticiones de diversos organismos internacionales en pro de un mayor compromiso y coherencia. También los principios éticos se desgranan como otros de los ingredientes que se echan a faltar en el abigarrado guiso de la problemática medioambiental. Y es que hoy en día surge el difícil desafío de dirigir una transición hacia una economía justa y en equilibrio, sostenible en el tiempo y respetuosa con las personas y el medio ambiente. 

 De acuerdo con dicho enfoque, un colectivo de investigadores denominado Ecoequity ha propuesto un método de cálculo para repartir el esfuerzo de mitigación del cambio climático, teniendo en cuenta las emisiones per cápita, las emisiones acumuladas desde 1990, la renta per cápita y el nivel relativo de pobreza de cada país. De acuerdo con ese cálculo, los compromisos previstos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero en el horizonte del 2020 supondrían un coste económico equivalente al 1,5% del PIB anual en el caso de EEUU, del 1,1% en el caso de la UE, del 0,7% en el caso de China…y tan solo del 0,08% del PIB para el conjunto de los países menos desarrollados. En definitiva, es necesario asumir un reparto equitativo y justo de los derechos relativos al medio ambiente. Los desafíos del cambio climático no solamente tienen relevancia a la hora de preservar la biodiversidad, sino que su control es imprescindible para la salud, la calidad de vida y el desarrollo sostenible de toda la humanidad.

También la Unión Europea se ha mostrado favorable a un mayor compromiso con el tema climático.  Ciertamente tienen mucho que decir las acciones en pro de la preservación medioambiental, en una Europa donde el exceso de emisiones contaminantes y la mala gestión en relación al comercio de créditos de carbono son todavía un hecho. Europa, tal y como han admitido recientemente las instituciones comunitarias,  debe fomentar la contratación pública ecológica, definir con las partes interesadas los objetivos de comportamiento ambiental y social de los productos, aumentar la difusión de innovaciones medioambientales y tecnologías ecológicas y desarrollar la información y el etiquetado adecuados de productos y servicios.

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