edición: 2346 , Viernes, 17 noviembre 2017
19/12/2013
Alemania lo pone en marcha

Comienza el debate para devaluar el euro

Reconocimiento del fracaso institucional en la gestión de la crisis, sin descartar la salida ordenada de la moneda única
Juan José González

Dejar el euro, sospechan que es una estrategia política a medio plazo de la reelegida Canciller alemana Angela Merkel, al tiempo que desconfían que se trate de un melón abierto por sus opositores que deberá gestionar de forma inmediata. Pero en la duda, continúa ejerciendo una presión y amenaza constante a la estabilidad presente y a la viabilidad futura de Europa. La idea o teoría de una Unión Europea a dos (o a tres) velocidades que se articularía en base a una renovada moneda, es acariciada por varios países de la eurozona. Y, por supuesto, la ocasión puede ser la ideal para los euroescépticos que, casualidades de la vida, reciben ahora las dudas de algunos teóricos de la izquierda al entender que si la moneda única tenía por objetivo facilitar las condiciones económicas y sociales de los ciudadanos europeos, lo que no parece haberse cumplido del todo, habría que plantearse una función más eficaz para el futuro, cuando la crisis pueda darse por concluida en la Unión. En el fondo del debate político se encuentra la necesidad de una devaluación interna de los socios con fuertes desequilibrios, entre ellos, España.

Así, las voces que cuestionaban la existencia del euro han vuelto por sus fueros. La moneda única ha dejado de ser un tabú para convertirse también en `asunto de curso legal´ (como la moneda) en la última campaña electoral germana. Es decir, ha dejado de ser intratable en la discusión política si el euro es imprescindible para la existencia de la Unión Europea, y dejando a un lado la afirmación de que sin euro no habrá Europa. Curiosamente, tanto derecha como izquierda no han dudado en volver a la carga y rebatir sus viejas ideas.

Lo que estaba claro es que las elecciones en Alemania iban a marcar el antes y el después y que, por tanto, una vez despejado el resultado comienza el `después´. En este punto es donde se sitúan en la actualidad la mayoría de algunos de los debates pendientes en la larga etapa que durado el `antes´. Y en esta posición de análisis y balance de situación, parece haber quedado ampliamente demostrada la incapacidad de políticos e instituciones a la hora de gestionar una crisis, mediante la aplicación obsesiva de una terapia monetaria. La moneda europea, admitida desde enero de 1999 reemplazando al ECU y, posteriormente en 2002 como moneda y billetes en circulación, no ha servido como instrumento de resolución de los desequilibrios de la UE.

No es que se haya quedado obsoleta, sino que la falta de acuerdo y entendimiento entre los gestores de las instituciones, ha terminado por minar la fuerza de la moneda. Las autoridades de Bruselas no han sido capaces de imponer los controles administrativos necesarios a los bancos como tampoco de controlar los flujos de dinero. Era una tarea compleja la de administrar las cuentas y la moneda europea, a pesar de que buena parte del reto consistía en eso, en gestionar la crisis utilizando la unión monetaria.

Por todo ello es por lo que ahora se rompe el tabú de tratar la existencia de la moneda única como algo intocable, irrenunciable para la existencia de la misma Europa. En el debate abierto a partir de la reelección de Merkel se dan cita viejas y nuevas ideas. No se descarta por parte de algunos economistas teóricos, la idea de una salida ordenada de la moneda única, cuya primera fase estaría cubierta mediante la convivencia en paralelo de del euro con otra moneda. Sería un nuevo sistema monetario flexible pero a la ver muy controlado por la autoridad monetaria.

Y parece que es la idea que puede llegar a lograr que izquierda y derecha europeas coincidan, pues lograría que los países sin desequilibrios económicos, es decir, en mejores condiciones monetarias y fiscales, mantuvieran el poder de la moneda única, mientras que los países en crisis, los del sur, o parte de estos, mantendrían una moneda que recogiese la deuda, es decir, estuviera devaluada en la proporción de su nivel de deuda o déficit. Un primer resultado de esta nueva distribución, originaría dos velocidades o dos categorías de socios, lo cual parece que no está contemplado en la carta europea.

Las próximas elecciones europeas pueden servir para aportar el consenso suficiente como para ganar tiempo y poder corregir los defectos y los errores de unas políticas monetarias desafortunadas. En tanto que el euro, señalado como culpable, parece más bien que deba ser indultado. En cualquier caso, no hay que perder de vista que, con euro o sin euro, la crisis ha dejado a varios socios de la Unión heridos de diversa consideración; desde los más graves, caso de Grecia, Portugal y Chipre, hasta los más leves del norte y donde ni Finlandia, Austria o Alemania se han librado, pasando por Francia, Reino Unido, Italia y España, todos ellos tocados por la crisis o con daños colaterales. Lo que puede dar una idea del distinto grado devaluación interna que, llegado el caso, deberá soportar cada socio.

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