edición: 2861 , Jueves, 5 diciembre 2019
23/07/2010

Comienza la cuenta atrás para salir del avispero de Afganistan a partir de 2014

Pedro González
Hay prisa por marcharse de un territorio hostil e imposible, pero los integrantes de la OTAN son conscientes de que no podrán abandonar Afganistán a su completa suerte. Sería tanto como permitir la regeneración del mayor vivero mundial del terrorismo. Sin embargo, en la Conferencia de Kabul, que reunía a 70 delegados de países y organizaciones internacionales junto al presidente afgano Hamid Karzai,  había que exhibir resultados y objetivos. En cuanto a los primeros, los mandos militares destacados sobre el terreno no pudieron exhibir avances sustanciales; peor aún, estamos ante un importante repunte de las bajas aliadas, casi siempre fruto de atentados, trampas y emboscadas de los rebeldes talibanes. En cuanto a los segundos, la fijación de una fecha, 2014, para traspasar a los afganos la responsabilidad de las operaciones militares y policiales, es más un gesto de tranquilidad de consumo interno que el fruto maduro del análisis de la situación tanto política como bélica.

Es obvio que la opinión pública americana –y también la de otros países a las que se informa con perfil sumamente bajo- empieza ya a estar harta de este conflicto. Por eso, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, delineó una notable construcción semántica al afirmar que la fijación de la fecha de traspaso de responsabilidades muestra tanto la “sensación de urgencia” como “nuestra resolución” para comenzar una nueva fase, la de transición. Aludía también la jefa de la diplomacia americana a la decisión del presidente Obama de comenzar a retirar parte de sus efectivos a partir de julio de 2011, pero hubo de ser el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, quién más tranquilizara tanto a los afganos como a quienes contemplan la fijación de esta fecha de salida como el punto de partida para huir del avispero afgano. Rasmussen aclaró que las tropas de la coalición no se marcharán del país una vez traspasados esos poderes sino que “pasarán a desempeñar labores de apoyo”.
 
La transición tiene una importante faceta política, en la medida en que el gobierno de Karzai controlará el 50% de la ayuda procedente de la comunidad internacional dentro de dos años. Era una exigencia de Kabul a la que finalmente ha habido que plegarse pese a la certeza de que la enorme corrupción rampante puede malograr el destino de tales fondos. Los dos próximos años serán, pues, cruciales para enderezar esa situación, algo que se presenta como poco menos que imposible en un país donde los líderes tribales han oscilado tradicionalmente sus lealtades al ritmo de los mejores vientos de cada momento.
 
Aunque no se ha proclamado abiertamente, puede darse por hecho que la transición será imposible sin que los talibanes sean derrotados o bien se llegue a un pacto con ellos. La Conferencia autorizó negociaciones con lo que denomina talibanes moderados, casi una contradicción en sus propios términos (talibán y moderado pueden considerarse vocablos antitéticos). Por lo tanto, la primera opción se presenta bastante improbable. El mismo general David Petraeus ha reconocido que las cosas en el campo de batalla están bastante difíciles, y que las ofensivas previstas habrán de esperar un tiempo, o lo que es lo mismo la coalición internacional no puede arriesgarse a sufrir una derrota humillante, que la incapacite para seguir la guerra.

Ahora bien, los talibanes no se conformarán con cualquier cosa. Que se sepa, no han cedido aún un ápice en sus exigencias, cuyo denominador común se resume en la instauración plena de la sharia en todo el país, no solo tal y como ya la han implantado en las zonas reconquistadas. Consciente de lo que significa esa concesión, Hillary Clinton se apresuró a prometer a las mujeres afganas que el hipotético pacto que se alcance con los talibanes no se hará a su costa. Una promesa que no acaban de creerse las mujeres afganas, que ni siquiera en el territorio regido por Karzai, es decir Kabul y poco más, han recuperado el status que llegaron a tener antes de la invasión soviética.

La única certeza es que la situación en el avispero de Afganistán se estaba enquistando peligrosamente, lo que se traduce en más y más recursos, más muertos y heridos para resolver un problema sin solución. Esta vez, no obstante, parece que tanto los americanos como sus aliados en la coalición han estudiado la historia y han llegado a la conclusión de que el conflicto actual, caso de no explorar nuevas vías,  podría concluirse como en el pasado, es decir con las derrotas de las tropas extranjeras: así lo experimentaron los ingleses en 1839 y 1879, lo mismo que los soviéticos en 1989. La derrota de estos últimos fue el detonante de la estrepitosa caída del comunismo. En consecuencia, ahora se trata de salvar la cara, de que los libros de historia no registren una nueva expulsión por la fuerza de las tropas extranjeras de Afganistán, pero conseguir al menos un cierto control que no lo reconvierta de nuevo en el cuartel general desde donde se planeen las grandes operaciones terroristas contra Occidente.

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