edición: 2309 , Viernes, 22 septiembre 2017
02/10/2008
Ecuador

Correa asusta al miedo de las inversiones españolas

Rafael Correa, presidente de Ecuador
A.Z.

Con la fiesta en Manaos de su ‘hermandad’ bolivariana, el presidente ecuatoriano estrena su victoria en el referéndum, con el sillón de la nueva Carta Magna recién acolchado y las reforrnas económicas y energéticas ya en el horizonte de la voluntad. Correa muestra el poder de su puño con las incautaciones al grupo Isaías y las empresas de Alejandro Peñafiel y una nueva ley de minería en el horno. Brufau pone en cuarentena el acuerdo que aún negocia con Quito y que Correa mantiene en el congelador, después de casi un año.

El ecuatoriano acuna de nuevo sus amenazas. Con la brasileña Odenbrecht -expulsión e impago de la deuda o rendición- le han dado buen resultado: aplicará a todos la misma medicina. Para comenzar, se lo recuerda a Telefónica y Repsol: si no invierten, puerta. El Banco Central ya le ha recordado que un campo de juego con mano de hierro, con el árbitro del Ciadi expulsado, la rebaja de las calificaciones y la pelota de la dolarización en fuera de juego está abonado para la espantada inversora. Por eso es el primero en la lista de estatalizaciones.

Tiene la denuncia a flor de labio. Y la confrontación siempre lista, a pie de tropa. El niño prodigio de las lecciones chavistas ha llegado más lejos que su padrino caraqueño: con un 64% de respaldo en el referéndum y una Constitución a punto de servirse a la mesa, está a un paso del control del Banco Central -y con él de la política monetaria- ; se siente depositario del derecho a darle otra vuelta de tuerca a  los sectores estratégicos a través de las empresas públicas y ha metido al horno legislativo, para darle su último golpe de calor, una nueva ley de seguridad financiera y una regulación ´urgente´ para el sector minero. De ahora en adelante, las empresas que deseen invertir en el país deberán devolver al Estado el 70% de sus ganancias en impuestos.

Correa ha visto la luz el final de ´la larga y triste noche neoliberal´ y promete cegar a las multinacionales con todos los destellos del ‘nuevo amanecer populista’. Les ha cambiado las condiciones legales a las operadoras de telecomunicaciones, ha reducido sus beneficios y sus derechos. No ha tenido empacho en insultar a las telefónicas españolas -con Movistar al frente- cada vez que ha querido renegociar con ellas. Y Telefónica y América Móvil han tenido que pagar el peaje de 800 millones de dólares para seguir en tierras ecuatorianas.

Chávez juega al trile con Moncloa en los cubiletes de Repsol. Bolivia lo condena al matrimonio forzoso con la estatal Andina y a pagar las facturas de su soñado banquete energético. Los bolivarianos lo han puesto mirando a Oriente, por mucho que Gazprom se encargue después de rematar la jugada a tres bandas. Repsol YPF, por si acaso, ya se lo ha advertido: no tiene intenciones de retirarse de Ecuador. En peores plazas ha toreado, pero Correa no quiere ser menos que sus vecinos, por mucho que Brufau haya entregado sus presentes de buena voluntad con su adiós a cuatro de las cinco denuncias que tenía pendientes ante el CIADI.

El ministro de Petróleo, Galo Chiriboga, da por hecho que la petrolera querrá seguir en el país hasta 2018, pero eso será si pasa por el arco de la Ley 42 y acepta ‘el regalo’, que en lugar de pagaran al Estado el 99 por ciento de las ganancias extraordinarias generadas por la subida de los precios del crudo, desembolse sólo el 70%. . Inversiones -al menos 316 millones de dólares en tres años- y renuncia a las demandas ante el Ciadi, a cambio de luz verde para seguir en el país andino.

Aviso para navegantes, con tal de recuperar el control estatal de los yacimientos, Correa ha dejado fuera del campo petrolero 31 a la brasileña Petrobrás. Para el ecuatoriano es más que una tentación, toda una estrategia. Primero sacude, luego denuncia. Todo para negociar un juego con nuevas reglas y en una cancha rediseñada a su medida. A pesar de que ha conseguido llevar al redil de sus deseos a las multinacionales de los hidrocarburos, hacerlas pasar por el aro del 99% de carga impositiva sobre ingresos extraordinarios, aceptar la recuperación estatal del 70% de las rentas petroleras (ahora tiene el 29%) y sus decretazos, Correa no acaba de encontrar el techo a sus deseos. Influido por el viceministro de Hidrocarburos de Venezuela, se ha deslizado a un contrato de prestación de servicios, donde el Estado es dueño del crudo y reconoce los costos de explotación a las compañías. Y unas condiciones diferentes a las que su propio gobierno negociaba. Ya puestos a pedir, Rafael Correa y su almirante petrolero esperan alrededor de 1.000 millones de dólares de inversión privada en el sector petrolero para los próximos tres años, que se sumarían a los 2.000 millones de dólares que el gobierno  para este año como parte del presupuesto de Petroecuador, que en los últimos diez años ha invertido 967 millones, menos de la cuarta parte de los 4.600 millones aportados por las multinacionales, a pesar de que en las manos de la estatal están el 80% de las reservas.

Correa propone ‘bolivianizar’ Ecuador, si Guayaquil y los gobernadores opositores se le ponen más rebeldes. Y a Antonio Brufau ya le ha enseñado el proceso el presidente Evo Morales. Inasequible al barómetro de la producción en caída libre desde que inició la nacionalización de los hidrocarburos, se atrinchera en su sucursal andina del universo bolivariano. Ahora promete duplicar las reservas de gas en cuatro años en Bolivia. Pero su banquete se estrenará, si llega, con la estatal YPFB como ariete y las multinacionales como rehenes, forzadas a pagar el cubierto con los 900 millones de dólares de inversiones que les ha exigido a cambio de su permanencia. En Bolivia, Repsol está condenado a vestir los ensueños de Morales  como socio forzoso del estado boliviano en Andina, como inversor a la fuerza en el Plan 100, como productora en los megacampos de Margarita y Huacaya -de los que Morales espera hacer las joyas de su corona- y como puente de emergencia entre las debilidad.

A Brufau le queda Perú y la samba carioca. Busca reforzar sus ‘planes B’ para minimizar, en otras tierras, el efecto de los arrebatos del Palacio de Carondelet: la más importante petrolera privada de Latinoamérica en activos, reforzada tras la argentinización de YPF y el fortalecimiento de sus reservas en Brasil planea trasladar su sede andina de Quito a Lima- donde Santander estudia también abrir oficina- y se centra ahora en un proyecto en Perú, que licuará 4.45 millones de toneladas anuales de gas proveniente de Camisea y venderá todo el gas resultante de GNL a Repsol para su exportación.

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