edición: 2110 , Lunes, 5 diciembre 2016
11/09/2008
OBSERVATORIO LATINOAMERICANO
Cristina Fernandez, presidenta de Arentina

Cristina Fernández se marea con el ´tango de París´

Los inversores, con los españoles en cabeza, siguen pertrechados de desconfianza
Ana Zarzuela

Se ha sentido Alicia en el país de las maravillas, pero sólo ella ha pasado al otro lado del espejo con su empeño en tirar la casa de las deudas por la ventana. Sacude las alfombras. Lo suficiente para dejar a las estanterías del Banco Central tiritando, pero demasiado poco para derribar la muralla que le  impide el acceso al mercado de capitales. El empeoramiento del riesgo país -que ha superado la barrera psicológica de los 700 puntos- del precio de los bonos y los temblores del Merval redefinen las líneas rojas de la desconfianza. Y es que a los ojos de analistas, bonistas e inversores, los fuegos de artificio para acompañar al espasmo de su orgullo y a las urgencias de sus necesidades de crédito internacional sólo arrojan más luz sobre las grietas del edificio de su economía.

Argentina trata de vengar los riesgos de su dependencia con Chávez en brazos de Lula y vuelve al mundo, pero no tanto como para que Cristina Fernández cumpla su sueño de atraer la inversión externa.  No es el Banco de España el único que cree que la condena al purgatorio económico de los Kirchner sigue vigente. Y desde el burladero, las compañías españolas dosifican la prudencia ante el tango con el Club de París. Repsol se cubre las espaldas de YPF en la ‘argentinidad’, Telefónica aguanta la pinza de los Werthein sobre las espaldas de su matrimonio con Telecom Italia. Y Endesa –con Edesur en cuarentena tras meses de azote kirchneriano- aprieta los dientes ante una zozobra energética que tiene otros padres.

Ya habían echado las campanas al vuelo, con los españoles incluidos, pero el FMI y la expulsión del director del Fondo en Argentina ha vuelto a apagarle las luces de la fiesta del capital a los Kirchner. Convencida de que París bien vale una misa, Cristina Fernández ha querido matar las calificaciones, los miedos de los inversores con el alarde de la voluntad y de  los 6.700 millones de dólares de las arcas del Banco Central. Al contado, sin renegociación previa y de un plumazo, aún sin tener clara la cantidad final -Argentina prometía 6.700 millones y el Club de París exige 7.900- los Kirchner tratan de pagar en París el peaje de su popularidad política en Argentina.

Pero sus cañonazos para desbrozarle la pista a las empresas argentinas en el exterior y abrirse la puerta de las inversiones y del arco del triunfo del sistema financiero internacional no le despejan todos los caminos. Los bonos argentinos bajan y sus tenedores los venden. Sube el riesgo país. Cae la bolsa (aunque arrastrada por la crisis global). Y Estados Unidos e Italia insisten con el pago a los bonistas que no entraron en el canje. La casa Rosada ha podido sacarle muy poco jugo a la decisión más audaz y trascendente de la ‘nueva Evita’.

El fantasma del ´default´ se aleja, pero sólo en las distancias cortas. La puerta de la financiación se le reabrirá -después de siete años cerrada- sobre todo para las obras públicas de las que estaba tan necesitada su avidez faraónica. La de la confianza, a medias. La del desembarco de los capitales, sigue rechinando. La de la reconstrucción de la credibilidad económica del país pide nuevas contraseñas. Y la de la dependencia financiera de Venezuela no ha hecho más que clausurar la trampa de Hugo Chávez en torno a las necesidades de Buenos Aires. Se disparó el costo de financiamiento externo para el Estado y para las empresas, a pesar de que uno de los grandes objetivos de la cancelación era facilitar el acceso al crédito internacional. Todo un indicio para los economistas de que las cosas no mejoran demasiado. Ni para el Tesoro nacional, ni para las empresas locales que buscan endeudarse en el exterior y que por estos días llegan a pagar hasta 13% en dólares a mediano plazo.

EFECTOS SECUNDARIOS

El golpe de timón no cambia el ritmo ni la dirección final de la nave económica argentina, por mucho que queme el carbón de los 47.000 millones en reservas del Banco Central con una pérdida del 20% de su músculo en sólo seis meses. El pago al contado supone una sangría para las reservas en divisas, que podrían ser necesarias en los dos próximos años, cuando lleguen a término vencimientos por valor de varios miles de millones de dólares. Al mismo tiempo se estaría mandando una señal a los tenedores de títulos de la deuda no renegociados de que las reservas del Banco Central se pueden usar para pagar la deuda externa, un posible argumento en manos de los bonistas que pleitean contra Argentina. Un arma en  manos de algún juez estadounidense para poder declarar embargables las reservas del BCRA. Y la retracción de las reservas va a tornar cada vez más complicado el sostenimiento del precio del dólar mediante la intervención del Banco Central.

El Gobierno cancela la deuda con un acreedor externo, pero asume la misma deuda con el Banco Central. Hay un cambio de acreedores sin reducir deuda. Para recuperar esas reservas, el Banco Central deberá comprar dólares, liberando más pesos al mercado, lo que tiene un efecto inflacionario. Y si con el objetivo de contrarrestar la subida de precios optará por colocar letras, empujará la tasa de interés hacia arriba, encareciendo los costos financieros. Hubiera bastado que La Casa Rosada manifestara su voluntad de negociar para lograr una extensión en el pago, a unas tasas de interés relativamente bajas y ahorrar reservas. Pero hubiera sido por la puerta del FMI y de una ley integral, los dos dinteles que la Casa Blanca ha querido evitar a cualquier precio.

La cancelación lejos de mostrar la superación de los límites, pone en un nivel superior los condicionamientos y los acuerdos con el capital financiero. A Cristina le esperan aún sobre la mesa los acuerdos con los bonistas que no entraron en la negociación en 2004- unos 30.000 millones más-. Y casi un 40% de la deuda argentina se ajusta por inflación, el principal indicador que genera sospechas, ya que mientras el Gobierno dice que se ubica en un dígito anual, analistas privados sostienen que supera el 20%. La reducción de la liquidez cuando se le pagó al FMI estaba compensada, potencialmente, por la posibilidad de emitir más pesos a cambio del ingreso de nuevos fondos de afuera. El pago al Club ahora, en cambio, reduce la liquidez internacional del país y apunta al ‘enfriamiento’ de la economía al que el gobierno se resiste. Como prueba, el clamor del propio presidente del BC, Redrado, por un ajuste fiscal.

Además, ni la voracidad ni la desconfianza de Wall Street y el FMI se dan por saciadas con el atracón que Cristina ha dado de comer a los acreedores del Club de París. Piden más señales. El mercado, los analistas y los capitales se preguntan si eso será todo, si Cristina Fernández seguirá dándole cuerda al modelo fallido que engendró. El arreglo con el Club de París no esconde las urgencias de la inflación, la necesidad de un nuevo Indec (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos) -incluso en la Casa Rosada comienzan a reconocerlo en voz baja y a achacarle el empeoramiento del retrato macroeconómico- y mucho menos las debilidades del aparato productivo y el sector energético. Y los Kirchner, fieles al credo de Lampedusa de cambiar algo para que todo siga siendo lo mismo, no están listos para pagar con el talonario del populismo peronista las facturas de un tratamiento de choque: aumentar la tasa de interés, revalorizar el peso, incrementar las tarifas de servicios públicos y de energía, y poner fin a la maraña de subsidios oficiales.

Por eso no es el Banco de España el único convencido de que Argentina, hoy por hoy, es un destino de alto riesgo para el capital inversor. El índice EMBI+ Argentina de JP Morgan que mide el diferencial de tasas entre los bonos del país con sus similares de EEUU, ha subido tres unidades hasta los 721 puntos básicos, una barrera que no superaba desde que en verano quebró esa barrera en medio de versiones de una baja en la calificación de la deuda argentina. Una tasa sólo superada por la de Ecuador, con 737 puntos básicos. Los inversores quieren instrumentos muy seguros como los bonos norteamericanos y prefieren sumarse aún a la ‘fiesta de la renta variable’ de Brasil y Chile y desconfían de los vehículos argentinos, muy expuestos a los vientos de la zozobra internacional. A la CAF, no ha tenido más remedio que pedirle que sus créditos lleguen en pesos.

Y es que para una presidenta que dejó de lado los planes para atraer inversiones, contener la inflación y salir a ganar nuevos mercados para la industria local, ni la inercia de un crecimiento menor de lo esperado y el superávit, ni el salvavidas de la bonanza de los aires del mercado internacional de las ´commodities´ parecen suficientes para evitar que, por esta ruta, la economía encalle a medio plazo, o al menos no pueda aprovechar su mejor racha en veinte años. Malos augurios para el capital, que desde hace semanas busca la puerta de atrás del ‘quilombo’ argentino camino de la fiesta brasileña. Y turbulencias para las multinacionales de los hidrocarburos que juegan en campo gaucho. Con el sistema eléctrico al borde de su capacidad de producción, Cristina -reina y esclava del populismo justicialista -se niega a asumir sus únicos puntos de fuga: o se reduce el consumo, o se incentiva la inversión, se sinceran los costes y se permite a las energéticas subir las tarifas, y con los años, se favorecen nuevas fuentes de energía.

PRUDENCIA ESPAÑOLA

La presidenta argentina, que debía aterrizar en octubre en un viaje de Estado por tierras ibéricas, evita España. La escasa presencia en la Conferencia Mundial de Petróleo de Madrid de agosto, los desencuentros con Marsans, los torpedos a la línea de flotación de Telefónica –a través de Telecom Italia- y el repudio nada disimulado a la Directiva Europea de Retorno son las ‘pruebas del nueve’ de que la sintonía con la que la candidata presidencial visitaba España y era acogida por Zarzuela y Moncloa, esa empatía con la que trataba de pasar página a los desencuentros de Néstor Kirchner con las multinacionales, tiene ahora más de una grieta en el edificio de las inversiones españolas que han hecho de Argentina el primer destino americano de sus euros  (más de 25.900 millones en los últimos 15 años), pero que cubren cada vez con más prudencia su presencia en la tierra del tango.

Una distancia que, sin embargo, no ha podido empañar la “argetinización” de YPF. Cristina se resguarda de las tormentas políticas del kirchnerismo y los malos vientos peronistas apretando el puño sobre las empresas, las españolas entre ellas. Con Repsol, Brufau aprendió a bailar el tango más apretado, a aprovechar cada golpe para impulsarse en las tierras del tango. Cristina es la única que sigue poniendo peros al desembarco de Telefónica en Telecom Italia.

Brasil es el último puerto de lar urgencias argentinas. Para Cristina Fernández las urgencias energéticas y la avidez de inversiones mandan, así que Brasil -con o sin las broncas de MERCOSUR- está, sobre el papel, llamado a ser su principal aliado estratégico. A la luz de la tormenta regional, los Kirchner no tienen más remedio que salir a pescar lo que los inversores no quieren llevar a sus aguas.

El gobierno argentino depende cada vez más de Hugo Chávez, pero el bolivariano está cada vez más ajustado y con el último canje de bonos ya le ha demostrado a Buenos Aires el precio de su ‘ayuda’. De manos de Lula, la presidenta argentina trata de repescar la ayuda energética, la financiación de Bandes a nuevas inversiones en el país, el fin al dólar como moneda de intercambio comercial y el apoyo del Palacio de Planalto a la candidatura de Néstor Kirchner para la secretaría ejecutiva de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur). A cambio, el brasileño busca la llave de MERCOSUR  Con sus nuevas reservas de petróleo, su capacidad nuclear, su músculo militar, sus poderosas industrias de aviación y agrícola y su creciente poder de negociación mundial, Lula pilota la décima economía del mundo como una empresa. Quiere y puede estar mucho más cerca de China e India que de Irán y no se ciega con lealtades políticas.

El idilio no es simétrico, Lula no sólo tiene el músculo de Petrobrás, sino que el boliviano Evo Morales- a la vista de la imposibilidad de YPFB para cumplir sus compromisos gasísticos- ha venido a dejarle en bandeja al brasileño queda también la llave del alivio energético- por la vía eléctrica- de Argentina. Brasilia puede ahora cobrarle a Néstor Kirchner en diplomacia, comercio y poderío político cuatro años de forcejeos. Y demostrarle que, con o sin tango parisino, el futuro de los Kirchner pasa por Brasilia.

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