edición: 2766 , Martes, 23 julio 2019
24/03/2017
banca 

Cuentas de rapiña

Muchos recuerdan la llegada a España, allá por 1999, del banco sin oficinas, sin comisiones y con el mayor interés en su único producto: la cuenta naranja pura y dura. Arrasó con todo porque aquí en suelo hispano las comisiones se comían buena parte del ahorro de la clientela. No había alternativa. Eran tiempos de cuentas redondas: cero para el ahorrador, todo para el banco y, sobre todo, redondas las cuentas de resultados. A aquel banco sin oficinas, un Santander necesitado le robaría la fórmula de éxito: pagar un buen interés y cobrar mejor comisión. Pero la generosidad de los Botín tenía un precio: el coste de la deslealtad, la comisión de la infidelidad.

Cosas de la vida: no se puede plantar a un novio así como así. Y a un banco menos porque tiene sus armas. Es el caso de Santander; una vez que te tiene bien cogido por los... recibos, la nómina, la tarjeta y otros productos, léase planes, fondos y demás -en prueba de amor sincero, base de la relación mutua- te aplica las subidas que tenga a bien realizar, arte que ejecuta con maestría sin par, eso sí, una vez cumplida la luna de miel, el año de gracia que precede -como en muchos matrimonios- a los de desgracia.

Es un asunto de escasa cultura financiera la que provoca la caída en la trampa, en las redes de las promociones y campañas publicitarias de captación de clientes, molestos y contrariados por esos brotes de rapiña incontrolados de algunas entidades. Escasa cultura financiera que en España tiende a comprar sin mirar ni comparar, sin analizar ni pensar ¿por qué un banco me abre sus puertas y tan amable me dice tome usted asiento? Pues eso, para que caiga en la red pero sin caerse en el suelo.

Una consultora financiera acaba de concluir que si el público que entra en un banco se leyera detenidamente dos veces, dos, la publicidad de los productos que le ofrecen, la mitad rechazaría la oferta y la otra mitad formularía preguntas que propiciarían el engaño. En tiempos de batalla encarnizada y despiadada por hacerse con la clientela del competidor de la esquina, el celo en la vigilancia de la publicidad debería servir para que una de esas cuentas -y sus cambiantes condiciones- dejase de ver la luz.

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