edición: 2594 , Martes, 13 noviembre 2018
18/01/2011

De Egipto a Túnez pasando por Irán

Pedro González
Contando con la que está en marcha en Túnez, en los últimos sesenta años el mundo musulmán ha registrado tres revoluciones, más allá del derrocamiento o del golpe de Estado contra el máximo dirigente de turno. Revoluciones que han marcado un antes y un después al modificar sustancial e incluso radicalmente el curso de la historia y de las relaciones con el resto del mundo, especialmente con Occidente.  La primera acabó con la monarquía egipcia de Faruk, al rebelarse los jóvenes oficiales encabezados por Gamal Abdel Nasser contra el control del Canal de Suez por británicos y franceses. El mundo árabe creyó entonces haber encontrado al fin al raïs que le sacara de su estado de postración y de sumisión al poder colonial centralizado en Londres o París. La nacionalización del Canal fue el punto de partida del declinar de tales imperios, que hubieron de conceder la independencia uno tras otro a cada uno de los territorios que habían administrado desde el siglo XIX.

Erigido en líder del panarabismo, Nasser puso en práctica el experimento de la República Árabe Unida risio-egipcia, que pudo marcar una senda, pero que se malogró pronto, tanto por la resistencia de Damasco a dejarse fagocitar por su poderoso aliado como por las maniobras de Israel y Estados Unidos para impedir la consumación de semejante proyecto. Nasser, que anhelaba una venganza victoriosa sobre Israel que le consagrara como el indiscutible raïs de toda la nación árabe, sufrió sin embargo la amarga derrota relámpago de la Guerra de los Seis Días en 1967, destrozo compartido por Siria, Irak y Jordania, que hubieron de recomponerse sobre otras bases políticas, además de las pérdidas territoriales  de la franja de Gaza, la península del Sinaí (devuelta al cabo de la ulterior Guerra del Ramadán o del Yom Kippur en 1973), Cisjordania y los Altos del Golán.

La siguiente revolución  se produjo en 1979 en Irán. Buena parte de sus episodios iniciales se parecían a los de ahora en Túnez: manifestaciones masivas de una población joven hastiada de la monarquía cleptómana del Sha, protegida por una policía política, la temible Savak, cuyos métodos represivos habían generalizado incluso las ejecuciones extrajudiciales. Las potencias occidentales, con el presidente norteamericano Jimmy Carter a la cabeza, favorecieron en principio aquellas protestas, la huida del Sha y su familia del país y la implantación de un esperanzador régimen democrático. Pensaron que aquel venerable ayatollah, Ruhola Jomeini, exiliado en las afueras de Paris, otorgaría caución espiritual al trueque de una monarquía despótica y absoluta por una democracia de corte  occidental.
 
Nada salió como lo habían pergeñado los políticos iraníes que se habían opuesto duramente al Sha, ni tampoco como lo habían dibujado las potencias occidentales que habían sostenido la revuelta. Jomeini instauró una genuina república islámica, sin separación de poderes, donde la  religión domina y rige todos los ámbitos de la vida, y en la que no tenían cabida quienes pensaran o se manifestaran de otra forma. El espejismo de un amanecer radiante duró apenas unos meses, los que estuvo Bani Sadr como presidente. Él, al menos, pudo huir. No así muchos de sus antiguos compañeros de lucha política contra el Sha, aherrojados de nuevo a las terribles mazmorras del nuevo régimen antes de morir en la horca. Jomeini se erigió en Guía Supremo, muy por encima del presidente de la República Islámica, y promulgó la orden a todo el mundo musulmán de restablecer el califato desde Mauritania hasta Malasia. Aunque puesto en sordina por sus sucesores iraníes, el mensaje sigue vigente, enarbolado ahora por Bin Laden y Al Qaeda.

Túnez puede convertirse realmente en la tercera gran revolución en el orbe musulmán. La gran incógnita estriba en comprobar el rumbo que toma. Los recelos y temores que ello despierta han paralizado tanto a la Liga Árabe como a la Unión Europea, que exhiben una enorme cautela en sus escuetas reacciones a los acontecimientos tunecinos. Con excepción de Gadafi, el líder libio, que manifestó públicamente su apoyo al derrocado Zine el Abidine Ben Alí, el resto de dirigentes árabes se ha ocupado al completo  de contener el contagio y aplastar cualquier conato de emulación. El gesto de inmolarse a lo bonzo de Mohamed Bouzazi, desencadenante de la revolución tunecina, está encontrando réplicas cuando menos en Argelia, Egipto y Yemen.

Sería muy esperanzador que Túnez marcara la pauta de una auténtica revolución modernista, es decir que introdujera los gérmenes de la libertad en todos los órdenes, y que esa llama incendiara un mundo anquilosado, en el que so capa de contener el terrorismo y la emigración, se han apalancado regímenes corruptos que mantienen a sus pueblos sojuzgados y carentes de esperanza. La estabilidad nunca ha sido eterna, y está quedando meridianamente claro que una férrea dictadura no la garantiza para siempre. Quizá va siendo hora de que Occidente también despierte y apueste de verdad por apoyar y defender a los que en el mundo árabe aspiran a lo mismo: a la libertad, a un trabajo estable y dignamente remunerado, a participar en la vida política, económica y social en plena igualdad de condiciones y, en suma, a desarrollarse y prosperar sin que la yihad se convierta en la alternativa paliativa de la miseria.

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