edición: 3003 , Lunes, 6 julio 2020
22/03/2011

De la guerra justa a los bombardeos humanitarios

Pedro González
Era tan densa la sombra de las guerras de Afganistán y de Irak que tanto Estados Unidos como sus aliados europeos se han aferrado a la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, como si se tratara de un auténtico e incuestionable mandato divino. Los esfuerzos de la maquinaria propagandística del Gobierno español, pero también del francés, por establecer una nítida distinción entre el Irak de Sadam Husein y la Libia de Gadafi, resultaban por momentos bastante grotescos. El argumento supremo de proteger a la población civil para desencadenar las primeras oleadas de bombardeos resulta muy endeble cuando se recuerdan las matanzas de kurdos iraquíes e iraníes e incluso las de poblaciones chiíes enteras en Irak estando vigente la zona de exclusión aérea, establecida por cierto entre la primera guerra del Golfo, iniciada por Bush padre, y la que concluyó el trabajo inacabado de aquel, desencadenada por Bush hijo.

Por consiguiente, el último asidero diferenciador de las operaciones en Libia con respecto a las de Irak era el de la legalidad internacional, pero no en base a un código claro de conducta, al que se apela en instancias judiciales en caso de conflicto, sino en virtud de una decisión claramente política de una instancia internacional, en la que cinco de sus miembros pueden interponer un auto-atribuido derecho de veto, que aplican no por estrictas razones de justicia sino por la mera conveniencia de sus intereses.

En todo caso, con resolución o sin ella, gran parte del pueblo libio estaba esperando la necesaria y decisiva ayuda de las poderosas potencias occidentales para cambiar el curso de una guerra civil que Gadafi estaba ganando por goleada. Las matanzas en curso y las reiteradas amenazas del líder libio de castigar con la máxima dureza a quienes habían osado sublevársele, se habían convertido en una verdadera acta de acusación contra unos países que alardeaban de sus supremos valores de libertad y democracia, pero permanecían inmóviles ante las peticiones de ayuda. Y, sobre todo, porque estaba a punto de producirse un peligroso punto de inflexión en los procesos de cambio iniciados a partir de las revoluciones de Túnez y Egipto.

Conscientes de las consecuencias de los errores del pasado, europeos y americanos quisieron garantizarse primeramente el apoyo de la Liga Árabe, que se plasmó en su petición de una zona de exclusión aérea, lo que una vez conseguido abría la puerta a la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y a su correspondiente indulgencia plenaria y bendición urbi et orbi. No hubo un acuerdo unánime porque tanto Rusia como China –dos de los cinco grandes con derecho de veto-, prefirieron abstenerse y guardarse así sus propias bazas políticas de futuro. Algo que no han tardado en manifestar, al criticar abiertamente la amplitud de las operaciones de bombardeo de la coalición. China ha declarado que [la coalición] “está utilizando la resolución 1973 para ir mucho más allá de sus disposiciones, que prevén únicamente la protección de la población civil”. Pekín teme una escalada militar que conduzca a nuevas matanzas de civiles. Por su parte, Rusia también llama a que los bombardeos dejen de ser “no selectivos”, ya que tiene constancia de que se han producido ataques contra objetivos no militares, como un centro de cardiología, y diversas infraestructuras de utilización exclusivamente civil.
 
Pero, ha sido el propio secretario general de la Liga Árabe, el egipcio Amr Mussa, el que ha gritado más fuerte contra los presuntos excesos de los bombardeos, al afirmar que “lo que está pasando en Libia se aleja del objetivo acordado con la zona de exclusión aérea, y de lo que nosotros [los 22 países de la Liga Árabe] queremos, que no es otra cosa que la protección de los civiles y que éstos no sean bombardeados”.
 
Como siempre en estos casos se asiste a un juego de medias verdades, porque la bula que permite los bombardeos no es sino el primer paso hacia el objetivo final, que es la caída del régimen de un dictador libio que ha dejado de ser útil. Al amputarle de la superioridad que exhibía sobre los rebeldes, la intención es que sean éstos quienes le derroquen sin que sea precisa una invasión terrestre de tropas euro-americanas. Sin embargo, si aquellos no lo lograran, la coalición tendría que replantearse nuevas acciones, porque es absolutamente impensable que hayan montado tan descomunal dispositivo para que al final Gadafi siguiera al frente de Libia.

Por otra parte, rebeldes y aliados han de ponerse a trabajar en la constitución de un Estado completamente nuevo una vez derrocado Gadafi. La ausencia total de instituciones, que ha sido el principal rasgo distintivo de su larga dictadura, significa también que no bastará con la mera sustitución de personas. Una tarea gigantesca que los coaligados no deberían asumir, entre otras cosas porque serían acusados de implantar una nueva forma de colonialismo para garantizarse el dominio sobre las riquezas petrolíferas de Libia.
 
Mientras pelea, Gadafi también lanza sus últimas boqueadas diplomáticas. La más original ha sido la de ofrecer grandes y sustanciosos contratos de explotación de sus yacimientos a China, India y a “otros países amigos”. No es probable que consiga su fin último, dividir a los grandes y provocar una escalada de desafíos entre ellos. De momento, éstos siguen sus bombardeos humanitarios.

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