edición: 2595 , Miércoles, 14 noviembre 2018
15/10/2010
Buen Gobierno

De perro guardián a faldero: el drama de la falta de independencia de las auditoras

Tras la caída de Arthur Andersen después de “mezclar” auditoría y consultoría, las firmas auditoras siguen manteniendo intereses anexos
Bruselas duda de que un sector dominado por las cuatro grandes sea independiente
Beatriz Lorenzo

Se erigen como los artífices de esa “fotografía” tan necesaria para obtener datos fiables acerca de la gestión empresarial, la mirada lejana pero precisa de unos observadores que deben garantizar fiabilidad, independencia y objetividad. En unos tiempos en que la transparencia se erige como uno de los intangibles más valorados, las auditorias ven como su labor de calificadoras “independientes” es exhaustivamente analizada y puesta en tela de juicio.  En este sentido, la Comisión Europea inició anteayer una consulta sobre la función de la auditoría legal y el entorno general en que tienen lugar las auditorías; un trámite más que necesario si tenemos en cuenta la crisis de confianza derivada de la debacle financiera, la inmensa batería de interrogantes sin resolver que contribuyen a poner sobre la mesa, cuestionándolas, la función y capacidad de los auditores; un sector que sigue manteniendo actividades anexas (y no complementarias) a la pura auditoría, lo que provoca que su independencia sea más que discutible.

Así, la CE ha hecho público el Libro Verde 'Política de auditoría: lecciones de la crisis' en el que presenta sus medidas para favorecer la competencia y advierte de los riesgos "sistémicos" que puede provocar esta concentración, ya que si quiebra una de estas compañías, entre el 20% y el 25% de las empresas europeas no podrían presentar sus cuentas auditadas en el plazo exigido.

Uno de los casos más dramáticos -y flagrantes- de cómo la falta de “puridad” en el sector de la auditoría puede llevar al más completo desastre es el de Arthur Andersen. Si bien durante los primeros tiempos Andersen y otro de los socios, Spacek, defendieron a ultranza los principios de la profesión, el principio del fin llegó  cuando se amplió la base del negocio con la prestación de servicios de consultoría, lo que obligaba a los auditores a adulterar su función erigiéndose en salvaguardas de los intereses de los accionistas cuyas firmas, por otra parte, seguían auditando con criterios presuntamente objetivos. Muy revelador es a este respecto que en las audiencias del Congreso de Estados Unidos sobre la debacle de Enron- en cuyo seno Arthur Andersen cometió las mayores tropelías de la “auditoría envilecida”- se equiparase a la firma a un perro guardián que permite que lo conviertan en perro faldero. Auditoría y consultoría se convirtieron así, inopinadamente, en dos mitades irreconciliables de una misma realidad empresarial. Los resultados, para Arthur Andersen, fueron devastadores: una agria división tras la que Andersen Consulting tuvo que renunciar a su nombre e indemnizar a la casa matriz.

LA INDEPENDENCIA NECESARIA

Así pues, la historia enseña que la independencia ha de ser una característica inherente a las auditoras. Autores como Cook y Winkle afirman que solamente “manteniendo la posición de independencia, los auditores están en condiciones de servir con propiedad a quienes confían en ellos “y otros como Stettler aseguran que “a menos que el auditor sea independiente, la opinión que emita no será más fiable que los estados preparados por la Dirección“.

Asimismo, para Mª Paz Rodríguez, de la Universidad de Vigo, la “independencia ha sido definida, tradicionalmente, como la capacidad para actuar con integridad y objetividad. La integridad es un elemento de carácter representado por la firmeza del principio moral de rectitud y de honradez. La objetividad, en lo que se refiere a los auditores, representa la capacidad de mantener una actitud imparcial y manejar de un modo libre de desviaciones todos los asuntos que caen bajo su revisión. Como profesionales independientes los auditores no deben subordinar su criterio a las opiniones de los clientes. Los usuarios de las Cuentas Anuales tienen el derecho de obtener un juicio independiente por parte de los auditores”.

Ciertamente, en el actual panorama existen infinidad de motivos por los que una auditora puede perder su independencia y adentrarse en las pantanosas aguas de la parcialidad. No es baladí la presión de los clientes, que pueden presionar al auditor para que envíe señales tranquilizadoras al mercado, un “maquillaje” que también interesa al propio auditor en los muchos casos en que comparte intereses con los accionistas. El Consejo del AMERICAN INSTITUTE OF CERTIFIED PUBLIC ACCOUNTANTS (AICPA) se refiere a la independencia como “la ciencia de la objetividad y de la libertad de la influencia externa. La independencia del auditor da credibilidad a sus opiniones sobre los Estados Financieros“.

Otra de las cuestiones que preocupa a la Comisión Europea es la dominancia en el mercado de las “cuatro grandes”, (Deloitte, Ernst & Young, PricewaterhouseCoopers y KPMG) que auditan el 90% de las compañías que cotizan en Bolsa en la mayor parte de los países europeos. Ante esta situación, la Comisión ha propuesto una rotación obligatoria de las auditoras y un control que evite que los profesionales sigan a la empresa auditada cuando ésta cambie de firma auditora.

Sin embargo, las medidas de la Comisión ya han sido criticadas a las pocas horas de hacerse públicas.El presidente del Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España, Rafael Cámara, ha criticado las medidas para evitar la concentración en el sector de auditorías al considerar que son "una salida ante las presiones de los reguladores del Reino Unido" por los casos RBS, Lehman Brothers y Northern Rock.ámara ha explicado que estos tres casos tuvieron lugar en dicho país y ha defendido que estos hechos "no se pueden importar, porque en España los auditores hicieron un magnífico papel durante la crisis económica y lo están haciendo ahora también en esta, llamemos, postcrisis".

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