edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
19/12/2017

Décima más, décima menos

Los fallos reiterados en las predicciones darían para una serie de televisión, seguramente tan larga y pesada como `Cuéntame´. Fracasos estrepitosos los que se suceden una y otra vez cuando se trata de adelantar el célebre PIB de nuestra voluble economía. Juegan los técnicos, aspirantes a mayor gloria, a profetas del futuro como iluminados visionarios de algo tan abstracto, inestable y mudable como la versátil cifra del PIB. Que se recuerde, en lo que va de siglo, ninguna ha conseguido dar en el clavo, quizá la más certera se ha desviado una décima. Lo que sucede es que una décima de PIB es mucha décima, claro.

Las previsiones son, en definitiva, esos juegos argamasa de estadística y notaciones de algoritmos que pretenden celebridad para el autor y servicio para la buena marcha de la economía. Los autores, expertos privados, públicos y todos a sueldo de algo y alguien disparan al aire, al vacío, a lo incierto un resultado de una especie de soplo emitido de su singular modelo de escenario económico. Y qué decir de las grandes institucionales supranacionales como el FMI o el Banco Mundial, que han convertido el pronóstico en ciencia del error.

Claro que, en la emisión de previsiones y pronósticos futuros sí parece haber coincidencia en que todos, juntos y por separado, yerran como memos, despistados entre décimas, como si fueran alérgicos al acierto. Y lo cierto es que la predicción se ha convertido en una ciencia, en disciplina cuyo objetivo final parece ser el del juego de la rifa, suerte de subasta por la que hoy se sortea el 3,2% del PIB y mañana el 3%, el 2,8%, lo que sea o no sea.

Es cierto que el juego predictor (o predictivo) económico guarda una relación bestial e íntima con la cultura, con la casta y tribu: en España se pronostica una cosa, sucede otra y no pasa nada, mientras que en Alemania, Suecia o Finlandia rodarían cabezas, deportaciones y expulsiones (técnicas, por supuesto). Las desviaciones son tomadas en estos pueblos como una tomadura de pelo, un fraude. En tanto que aquí en España depende de la volatilidad, de la seriedad (o falta de ella) del emisor. Aunque, qué más da una, dos o tres décimas más o menos si al final, Gobiernos, empresas e instituciones, y no digamos la ciudadanía, se toma a guasa cualquier cálculo.

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