edición: 3025 , Viernes, 7 agosto 2020
16/07/2020

Decisiones dolorosas

Después de las fiestas suelen venir las resacas. Por fiesta habremos de entender toda suerte de celebración y jubileo donde suelen fluir todo tipo de excesos, sólidos y líquidos. Líquidos son los problemas de las empresas, de las familias y hasta de los Estados porque en ellos se juegan solvencias y en estas, a su vez, deudas y compromisos adquiridos, normalmente, bajo contrato. En tiempos de escasez, merman los ingresos, caen demanda y producción, y con estos los puestos de trabajo, una espiral maldita, un dominó imparable.

Los bancos centrales han hecho -y seguirán haciendo- su trabajo: comprar deuda y más deuda hasta que quizá revienten los balances. Pero este será otro asunto. Lo que importa ahora es que el órgano regulador del sistema se ocupa y preocupa de que la liquidez no decaiga ni escasee, pues sería un problema de otra magnitud mayor. Se compra deuda pública, la que emiten los Estados para pagar de todo. Lo cual no resta para que estos sean menos deudores, sino más, mucho más deudores.

Que alguien como el BCE esté comprando sin parar deuda pública de los deudores no significa, para desgracia del sistema, que estos sean más solventes; parecería que sí, pues disponen de liquidez y de posibilidad de hacer frente a los pagos corrientes. Pero no, son menos solventes en la medida en la que aumentan sus deudas. Y así la mente apunta a que las muchas deudas se pueden convertir -como siempre sucede- en morosidad, otro problema más a añadir al resto. Lo malo es que los problemas parecen coordinarse para que la suya sea una acumulación peligrosa para cualquiera.

Y lo peor no es la acumulación simple y llana sino la dimensión de la deuda, que no sólo es financiera sino que es una onda que alcanza al empleo, a la educación, a la sanidad, en fin. Ahora los Estados tiran de esa herramienta se salvamento laboral que se llama `Erte´. Incluso se plantea rescatar empresas clave a base de liquidez, a cambio de un sillón. Así que el riesgo se cierne sobre la economía que puede terminar como un zombi a nada que los Estados tengan que tomar cartas en el asunto. Si llegan a tomarlas deberán adoptar decisiones dolorosas como por ejemplo qué empresas son viables y cuáles no. Como los empresarios cuando deciden con cuántos trabajadores se quedan y con cuántos no. Pues eso, un dolor.

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