A Grecia ya le puede interesar la quiebra
edición: 2535 , Lunes, 20 agosto 2018
17/06/2015
Vuelta al dracma

A Grecia ya le puede interesar la quiebra

El impago se presenta como una ganga frente a las servidumbres y sacrificios que supone la aceptación de los planes de Europa
Juan José González
Desde su llegada al Ejecutivo griego, una constante ha presidido el guion de trabajo de su presidente Alexis Tsipras: el tiempo. El tiempo es oro, hay que ganar tiempo, todo es cuestión de tiempo, en el bien entendido de que éste y ningún otro sería el mejor aliado de su estrategia. Y tiempo es lo que viene ganando en el tiempo de la negociación, en el que ha ido avanzando en la que puede ser la única salida del problema en el que se encuentra sumido Grecia. No sería descabellado pensar que si las cuentas del político heleno le salen bien, el país, los ciudadanos con su Administración pública, todas las instituciones y sus bancos, pueden haber entendido a lo largo del tiempo de las negociaciones que la opción de la quiebra ya es factible, menos gravosa, asequible y, llegado a un punto, que bien puede ser el 30 de junio, valorar que la ocasión es la ideal para dar el portazo definitivo a la zona euro. Refundar las cuentas del Estado con el dracma por divisa, comienza a ser razonable para los griegos.
La verdad que una deuda del volumen del 175% del PIB, unos 350.000 millones de euros, debe hacer pensar a más de un acreedor y, por supuesto, al mismo deudor, sobre la imposibilidad de llegar a cumplir el compromiso en vida. Algunas cuentas y razonamientos más o menos sensatos, señalan que la situación deudora del país, de los ciudadanos y de sus empresas parece haber alcanzado una especie de punto sin retorno en el que la deuda y sus intereses serían de tal calibre, como es el caso, que incluso la pérdida de poder adquisitivo que conllevaría la vuelta al dracma ya habría comenzado a ser favorable a esta alternativa. En esta situación, más próxima al caos monetario como tan lejos de la racionalidad económica, no habría posibilidad alguna de mantener las deudas en euros ni mucho menos los ahorros hasta que, por lo menos, se estabilizasen el mercado de cambios.

La vuelta al dracma como divisa oficial griega, supondría una `salida´ temporal de su economía de la disciplina del euro, una situación ni prevista ni cubierta técnicamente en ninguna norma de los tratados de la Unión, ni Maastricht ni Lisboa. Por tanto, la recuperación del dracma sería un asunto temporal, una excepción. En esta situación, los socios europeos ya cuentan con sus planes alternativos, coberturas de riesgos y demás, es decir, ya están preparados para la contingencia en el caso de que Grecia decida formal y unilateralmente, suspender el pago de la deuda y rehabilitar su propia divisa. Una posibilidad que ya no es observada con el mismo grado de temor que hace un año, cuando las expectativas no dejaban ver con claridad el avance del partido radical heleno, hoy en el poder.

Así las cosas, la Unión Europea, con Alemania y Francia a la cabeza, ya se encuentran en disposición de asumir las responsabilidades de un anuncio de quiebra del país heleno y su consiguiente e inmediata salida de la moneda única. La escisión del país no resultaría a esta altura del tiempo de Tsipras mayor problema para una eurozona que podría soportar con facilidad el evento. Es decir, Europa ya contaría con que la escisión no provocaría contagio. Esta sensación es la que pueden estar valorando actualmente los mercados, donde los inversores ya comienzan a penalizar la deuda, la renta variable y los fondos. El panorama de una Grecia fuera del euro, hasta hace poco el principal riesgo a evitar, habría comenzado a ser valorado por los inversores como un mal menor, como la única posibilidad de llegar a recuperar sus inversiones con independencia de la forma y del plazo, es decir, en la misma forma y plazos que si el default no se produce.

El impago ya ha empezado a ser verosímil, algo más que una hipótesis que Grecia maneja a voluntad siempre y cuando las negociaciones de la deuda se produzca de forma individual, uno a uno. En el caso de la negociación con las autoridades de la Unión Europea y del FMI, en bloque, la actitud del Ejecutivo griego siempre ha sido la misma: aplazamientos y negativas para ganar tiempo. Tsipras, sin embargo, conoce la existencia de una leve, muy leve grieta en el Tratado de la Unión (art.50) en su última versión de Lisboa por el que un socio, un Estado miembro, puede dejar a voluntad propia la Unión. Y esta es la principal arma, la más poderosa en manos de Grecia (la más temida por Alemania y Francia) y el volumen sideral de su deuda, los 350.000 millones de euros, su munición para alimentarla.

Con Grecia autoexcluida de la Unión, las negociaciones con los países miembros se produciría entre países y al margen de las instituciones y del Tratado de Lisboa. Lo cierto es que las cuentas de esa situación parecen que le salen al Ejecutivo del país heleno y que las autoridades de Bruselas comienzan a mostrar brotes de sensatez hasta el punto en que ya se muestran dispuestos a aceptar una quita que hará que los griegos se olviden del dracma y del artículo 50 del Tratado de Lisboa. Cuestión de tiempo.

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