edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
08/07/2010

Desencanto y frustraciones democráticas en la ex Europa del Este incorporada a la UE

Pedro González
“El crimen se organiza donde el Estado se desorganiza, y prospera donde el Estado se retrae”. Es una de las muchas conclusiones pesimistas a que han llegado los analistas que han diseccionado en San Sebastián –vigésimo segunda edición del seminario especializado organizado por la Asociación de Periodistas Europeos- la evolución de la Europa Central. Cuando aún resuenan los ecos de las conmemoraciones del vigésimo centenario de la caída del telón de acero, que puso fin a la división de Europa, persiste en el continente una brecha entre el Este y el Oeste en cuanto a la calidad y a la percepción democráticas. Esta fractura, ahondada por los efectos de la crisis económica, es aún más marcada entre los países que se han incorporado recientemente a la UE y los que aún no cumplen las condiciones de ingreso.

Los largos años de transición y adaptación a la economía de mercado y a los principios del Estado de derecho, han favorecido en el interior de los nuevos socios de la UE un proceso que ha transformado el entusiasmo democrático y capitalista en desencanto y desconfianza en la clase política, en especial entre las generaciones más mayores.

La persistencia de elevados índices de corrupción, falta de transparencia, inestabilidad institucional, carencias en el respeto de los derechos humanos y la protección de minorías, impiden el buen funcionamiento del engranaje democrático y alejan a los países candidatos del horizonte de la Unión Europea. La crisis económica está dando paso a una crisis política en el este del continente que no sólo ha puesto en jaque el proceso de construcción europea, sino que también amenaza la estabilidad de los gobiernos y cultiva las posiciones más extremistas de cara a los subsiguientes procesos electorales.
 
El mayor reproche que exhiben los analistas procedentes de Hungría, Rumania, República Checa o Polonia es la comprobación de que Europa Occidental, aquella que habían idealizado, no les da un ejemplo impecable  en la erradicación de la corrupción, la mayor lacra extendida por todo el ámbito del este europeo. Arguyen que son las compañías multinacionales británicas, alemanas, francesas o italianas las que corrompen a funcionarios húngaros, polacos, rumanos o búlgaros para hacerse con los mejores y más rentables contratos. Asimismo, señalan que el ejemplo masivo de la corrupción urbanística en España tampoco es la mejor tarjeta de presentación para dar lecciones de honestidad y transparencia en las instituciones encargadas de controlar e impedir tales excesos.

En los acalorados debates celebrados en el marco del Palacio de Miramar donostiarra se le llegó a preguntar al ex presidente de Albania, Rexhep Meidani, la razón de por qué Tirana es la capital europea con mayor presencia de automóviles de lujo Mercedes y BMW. La respuesta fue tan escueta como contundente: “Pregúntenle a la policía italiana”, espetó Meidani, en clara alusión a los presuntos sobornos a los carabineros trasalpinos por tolerar este tráfico de objetos de lujo.

Existe una evidente desafección hacia Bruselas, en la medida en que los ciudadanos de la antigua Europa del Este comprueban que sus problemas no se resuelven como lo habían imaginado, de una parte, ni tampoco los miembros occidentales de la misma Unión Europea que hoy comparten son el dechado de democracia, transparencia e igualdad que se les había vendido. Esa percepción les lleva también a otra conclusión no menos dura: la de sentirse más seguros bajo el paraguas de Estados Unidos que envueltos en el celofán de la UE ante Rusia.

La ausencia de una alianza estratégica con Moscú sigue provocando temores en Budapest, Praga, Bratislava, Bucarest o Varsovia. El húngaro István Gyarmati, director del centro Internacional para la Transición Democrática (ICDT), recordó que no han sido Barack Obama ni Estados Unidos quienes imponían la instalación del escudo antimisiles en sus países; antes bien, fueron precisamente ellos quienes llamaron a Washington para ofrecerse como sedes de tal complejo defensivo, congelado de momento tras el entendimiento Obama-Medvedev.

A este respecto, el antiguo vicepresidente de la Comisión Europea Manuel Marín denunció el rompimiento por parte de Obama de rutinas arraigadas como la celebración de las dos cumbres anuales UE-Estados Unidos con presencia de sus máximos líderes. La cancelación de la reunión prevista en Madrid bajo la presidencia española de la UE demuestra a su juicio que Obama –que ha leído y conoce bien a Metternich- está dispuesto a seguir dividiendo a Europa, eso sí, con mejores modos que Bush Jr, o sea mediante maniobras tan sutiles como borrar o aplazar la cumbre antedicha so pretexto de falta de tiempo, pero reuniéndose en cambio con los nueve líderes de los países del Este integrados en la UE, o realizando invitaciones selectivas que promuevan la discordia entre los jefes de Estado y de Gobierno de los Veintisiete. Una actitud que debilita el vínculo euro-atlántico, que se creía en Europa pilar inamovible de la alianza para la defensa y la prosperidad tanto de la Unión como de Estados Unidos, éstos últimos mucho más volcados hoy hacia el Pacífico.

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