edición: 2614 , Miércoles, 12 diciembre 2018
08/04/2009
OBSERVATORIO DE COYUNTURA

Desindustrialización, terciarización y otros tópicos engañosos

Servicio de Estudios de 'la Caixa'.- La industria pierde peso. Según las estadísticas, en España sólo el 15% de los puestos de trabajo o del valor añadido generado pueden atribuirse directamente a la industria manufacturera. Una cifra inferior al 19% de Alemania, pero muy parecida a la francesa y todavía muy superior al 10% del Reino Unido o de Estados Unidos. Este declive del sector industrial se considera normal dentro del proceso de desarrollo económico. En las sociedades atrasadas predomina el sector agrario. El primer síntoma de progreso es la implantación de actividades industriales que poco a poco van relegando al campo a un papel marginal. A su vez, en una etapa posterior, la industria se va viendo relegada por el sector terciario, cajón de sastre donde se sitúan actividades como el transporte, la distribución comercial, las finanzas, la administración pública, etc. Las economías avanzadas, se dice, son economías predominantemente de servicios, donde la manufactura pasa a tener un papel casi testimonial.

Hasta aquí el tópico. Porque la realidad es bastante distinta y la industria, como veremos, sigue conservando un papel clave en las economías avanzadas y, en concreto, en España. Parte del malentendido proviene de la metodología de clasificación de las actividades económicas. La rígida división estadística de la economía en sectores estancos (el primario, el secundario o industrial y el terciario o de servicios, más la construcción) es poco útil a la hora de analizar la evolución de las actividades económicas y quita perspectiva sobre las interacciones reales entre las distintas ramas productivas.

Otra distorsión la genera la distinta evolución de los precios. Desde la década de los setenta, las actividades manufactureras, desde el textil a los automóviles, se han visto sujetas a la brutal presión competitiva de las economías emergentes, principalmente asiáticas, en un contexto de abaratamiento y expansión del comercio internacional. Ello ha forzado a mejorar la productividad y a recortar radicalmente los costes de fabricación. Como consecuencia, los precios de la producción industrial apenas han crecido, frente a unos precios de los servicios –al abrigo del comercio internacional– en constante ascenso. El resultado es que el mayor crecimiento relativo de los servicios frente a la industria es consecuencia, en buena medida, de una mayor subida de los precios. En España, por ejemplo, de los 15 puntos de PIB perdidos por la industria manufacturera entre mediados de los setenta y 2008, dos terceras partes corresponden únicamente al efecto precios. Sólo un tercio es pérdida real.

Pero ni siquiera esta pérdida aparente en términos reales responde a la realidad. Para comprender por qué, debemos referirnos a los cambios acaecidos en las últimas décadas en la organización productiva de la industria y en la cadena de valor de los productos. Supongamos, por ejemplo, una empresa de artículos para la limpieza del hogar. En los años setenta u ochenta, probablemente encontraríamos una empresa integrada, con una o varias fábricas, varios centros de almacenamiento y distribución, una flota de vehículos para el transporte y logística, más unos servicios centrales que comprendían marketing, publicidad, personal, investigación y desarrollo, etc. ¿Cómo es probable que sea hoy en día esta empresa? Vistos los cambios acaecidos en las actividades industriales, es plausible pensar que habrá externalizado o subcontratado a empresas externas la logística y la distribución, buena parte de las actividades relacionadas con la comercialización, los servicios jurídicos y contables, la informática, la limpieza de los locales, etc. Seguramente conservará sus centros de fabricación pero también es probable que haya subcontratado el mantenimiento de la maquinaria, la formación del personal, la logística interna y el desarrollo de proyectos de ingeniería. También es probable que utilice personal de empresas de trabajo temporal para proyectos específicos.

La actividad productiva es la misma, sólo ha cambiado la forma de organización de la empresa. La empresa original ha «adelgazado», ha cedido a proveedores externos del sector servicios parte de sus actividades. ¿Para qué? Para ganar eficiencia, reducir costes y ser más competitiva y rentable. La economía en conjunto ha ganado especialización y ello es sinónimo de mayor productividad. En términos de contabilidad nacional, la actividad industrial se habrá reducido al mismo tiempo que han aumentado los servicios. Parte del empleo antes industrial se contabiliza ahora en servicios. Pero la cadena de valor es la misma, la empresa sigue manteniendo las riendas del negocio y controla el núcleo de la actividad que genera.
 
¿Hasta qué punto es importante esta aparente terciarización de la industria? Las estadísticas oficiales no facilitan este análisis, pero puede construirse un índice de terciarización relacionando los pagos de las empresas manufactureras por servicios externos con su gasto operativo (suma de gastos de personal y del gasto total en bienes y servicios). El resultado, visible en el gráfico adjunto, es que en el caso de España si las empresas manufactureras dedicaban en 1980 algo más del 10% de su gasto operativo a la compra de servicios, en 2005 esta cifra se elevaba a casi el 22%. En este periodo, el peso relativo de los otros grandes grupos de inputs apenas varía, ni siquiera en el caso de la energía, pese al aumento del precio de la misma. Los sectores más «consumidores» de servicios son el farmacéutico, edición y publicación, química básica, plásticos y alimentos y tabaco. Los menos, el reciclaje, equipos de transporte por ferrocarril y automóviles.

Esta dinámica de fusión manufactura-servicios puede comprobarse también en el auge del sector de servicios empresariales, en el cual se agrupan las empresas de servicios informáticos, asesoramiento jurídico, contable y de gestión, gabinetes de arquitectura e ingeniería, agencias de publicidad y empresas de trabajo temporal y de selección de personal. La Comisión Europea considera este sector como uno de los vectores de la economía del conocimiento y su peso va en aumento, al crecer muy por encima de lo que lo hace la industria manufacturera,especialmente en términos de empleo.

Entender la dinámica de externalización de industria a servicios es importante tanto para comprender el cambio tecnológico y organizativo de las empresas como a la hora de diseñar las políticas públicas, que deben centrarse en facilitar el cambio estructural orientado a la mejora de la productividad, la gestión, la competitividad, la calidad y la rentabilidad. Desde esta óptica, la política industrial no termina en la industria, sino que se extiende al sector servicios en la medida en que la desregulación y liberalización del mismo se ha comprobado que tiene un efecto directo positivo sobre los resultados de los sectores manufactureros.

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