edición: 2700 , Miércoles, 17 abril 2019
19/04/2011

Después de llevar a Cuba al borde del abismo, Castro pide a los cubanos un paso adelante

Pedro González
No por esperado resulta menos esperpéntico el VI Congreso del Partido Comunista Cubano (PCC), donde el gerontócrata Raúl Castro no ha propuesto más que cataplasmas de urgencia para curar un régimen que huele a cadaverina. Nueve años de retraso en la celebración de este cónclave no han dado más de sí que para anunciar que las arcas del Estado están exhaustas, que será imposible mantener la libreta de abastecimiento, el asidero al que se aferran millones de cubanos desde 1962 para disponer de una pastilla de jabón, media docena de huevos de cuando en cuando y un litro de leche de tarde en tarde, y que sobran millones de funcionarios, que más tarde o más temprano perderán también el harapiento paraguas que aún les proporciona el Estado. Ni uno sólo de los mil burócratas asistentes, denominados delegados, se ha atrevido a abrir la boca y poner en cuestión una Revolución que no es sino pura ruina, ni a colocar sobre la mesa de debate los datos que evidencian un fracaso que ya es imposible de ocultar con el manido mantra del presunto bloqueo americano.

No deja de ser un bloqueo muy sui generis cuando el grueso del 80% de los alimentos que consume Cuba procede de Estados Unidos. Como a todos los dictadores incapaces de exhibir siquiera resultados económicos decentes, los Castro se revisten de pomposas proclamas ideológicas. Alardean de que gracias a los nuevos Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, esta última y el socialismo pervivirán en la Cuba del siglo XXI. Pero resulta que, tras muchos meses de debates y tres días de supuestas e intensas discusiones, lo único que verdaderamente se les ofrece a los 11,2 millones de cubanos es la misma falta de libertades fundamentales aunque se les impulse a convertirse en propietarios de sus propios negocios. Contaba el régimen con que al menos 200.000 cubanos, mayoritariamente funcionarios que el Estado está despidiendo porque ya no puede sostenerlos, adquirieran la condición de “cuentapropistas” en los 178 oficios teóricamente liberalizados, desde zapatero remendón hasta peluquero o vendedor de artículos para el hogar. Pero, son tales las trabas y límites a tales actividades, y tan acuciante la falta de insumos que ya hay 48.000 de estos nuevos pequeños empresarios que han renunciado a la licencia, concesión por la que el régimen contaba recaudar impuestos nada desdeñables, del orden del 20 al 30%, según la actividad y el volumen del negocio.

A base de autojalearse, los delegados del Congreso ni siquiera se han molestado en contrastar la cruda realidad de los datos. La situación de Cuba y los cubanos puede resumirse en cifras como los 20 dólares  (13,85 euros) de salario promedio mensual; como el hecho de que la isla sea ya importador neto de azúcar y café, productos estrella de sus exportaciones antes de la Revolución (apenas quedan ya 39 centros de procesamiento de la caña frente a los 156 existentes en 1959); en que la cabaña ganadera cubana es de 0,3 cabezas por habitante frente a las 1,3 cabezas de 1960; que la mitad de la superficie cultivable de la isla está abandonada mientras el país importa el 80% de los alimentos que consume, y en fin que se han acabado hace años mitos como los de la sanidad y educación de calidad para todos, en un país en el que ya es moneda común que los pacientes tengan que aportar el hilo quirúrgico, las sábanas y hasta la alimentación en los hospitales. Verdades incómodas que el régimen y los residuos del izquierdismo intelectual de la Guerra Fría procuran no airear para no dejar con las vergüenzas políticas al aire a la gerontocracia cubana.

No deja tampoco de tener un punto de crueldad el gran aporte de Raúl Castro a este Congreso del comunismo caribeño: la limitación a dos mandatos de cinco años de todos los cuadros del Partido. O sea, estos líderes que llevan en el poder 52 años, aún se arrogan otros 10 más. Si los cumple, el presidente cubano se jubilará con 90, mientras que su hermano Fidel, en tanto que guardián de la ortodoxia, tal vez siga regalando tanto a cubanos como a ilustres visitantes sus sesudas reflexiones sobre el estado del mundo. Además, no sin un punto de ironía, Raúl dictaminó también que el régimen carece aún de cuadros dirigentes lo suficientemente preparados para tomar las riendas, sin hacer siquiera la menor autocrítica sobre la culpabilidad de semejante carencia. Ni más ni menos, pues, que la misma tentación en la que caen todos los dictadores y sátrapas de creerse imprescindibles e insustituibles.

Han descubierto ciertamente no ya la cuadratura del círculo sino una combinación de socialismo sin subsidio y capitalismo sin mercado. Aún así llaman a los inversores extranjeros a que se arriesguen a participar en esta nueva “actualización” del modelo castrista. Con tantos antecedentes de inseguridad jurídica, tantas promesas de apertura incumplidas y tantos años de conducir al país hasta el abismo, no deja de ser un sarcasmo pedirle que ahora dé un paso adelante. 

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