edición: 3053 , Jueves, 24 septiembre 2020
22/06/2020

Deuda pública, bomba pública social

El primer aviso de la futura factura que pasará la coyuntura ha llegado: leve subida del 0,9% en abril. Nada, poca cosa, unos 10.530 millones más que un mes antes. Y así, de poca cosa en poca cosa lo debido ya casi se come lo producido. Claro que la ocasión requiere, y más que requerirá, el empleo de recursos para asuntos imprevistos, extras. No se trata de un agujero ni de un roto, sino de un hoyo abisal del que no se tiene idea del diámetro ni de su profundidad. En esa tarea topográfica se encuentran todos como si en el fondo fueran a encontrar un tesoro.

Aquí se juega la batalla de las hipótesis, como siempre, porque en esto de la deuda todo el mundo opina. Una ensalada de proyecciones y escenarios varios, todos interesados, son en estos tiempos el juego preferido en el que andan aplicados sesudos analistas. Daría igual si las previsiones no fueran a materializarse. Pero sí, alguna de ellas acertará. Y en este caso por desgracia porque ninguno de los dos extremos que dibujan favorece a nadie. Incluso ni a los propios acreedores. La deuda pública se comerá, sí o sí, da igual la previsión, todo lo que seamos capaces de producir en un año y bastante más; en torno al 20% más.

La deuda avisa a todos y a todo. Al Tesoro, que  va a tener trabajo, más de lo esperado y mucho más de lo previsto, y al público, al ciudadano, que no sabe (no sabemos) la que se nos viene encima. En estos casos suele funcionar el mal de muchos: la deuda avanza a mayor ritmo para Francia, hoy camino del 102% del PIB, e Italia rozando el 139%. Así que España con un 99% debería sentirse relativamente feliz, pero no, pues Francia e Italia cuentan con maquinaria más potente y numerosa que España para enderezar sus cifras.

Sea como fuere, la deuda pública (de la privada mejor no hablar) se ha hecho un hueco entre nosotros, una constante en la economía social de mercado de la que no habíamos sido advertidos. Los gobiernos se han acostumbrado a vivir con la deuda y de la deuda, y ahora viven para la deuda. En poco tiempo, menos de una década, la deuda que nos permitía adelantar proyectos y mayor bienestar, se ha convertido en una pesadilla. No es fácil convivir con la deuda; es un delirio, una zozobra que a nada que suba el precio del dinero situará la contabilidad nacional en una situación insólita, que puede hacer detonar una bomba social impredecible, un escenario a pocos meses vista. 

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