edición: 2613 , Martes, 11 diciembre 2018
27/05/2015

Paranoia de la dimisión

Dimiten los obispos, por cuestiones de salud, y otras... Pero dimiten, se van, apartan o lo dejan. Dimiten también los primeros ministros como Brian Cowen (aunque costó su trabajo) pero dimitió: dejó a su país en posición de rescate financiero. Dirán que son cosas que sólo suceden en Irlanda. Pues no. Dimiten también en Reino Unido y Alemania en evitación de males mayores, pérdida de imagen y todo eso... Sitios o lugares llamados naciones donde está vigente y vale lo de dar ejemplo. No es puritanismo... bueno, sí lo es, pero falso. Se depuran responsabilidades, no siempre, pero sí a veces, lo que ya es algo.

Recuerdan quienes tienen memoria que otro premier, David Cameron, forzó la dimisión de su ministro de Defensa Lian Fox, y el de Energía y Medio Ambiente, Chris Huhme. Uno por ejercer de `buen amigo´ de un amigo, y el otro por una mentirijilla; negó que iba rápido en su coche. Otro inglés, del Tesoro nada menos, David Laws, tuvo que seguir el mismo camino de la dimisión por cargar la compra de detergente de su lavadora al mismo Tesoro donde trabajaba. Ed Miliband, líder del Partido Laborista británico y el también laborista de Escocia, Jim Murphy hicieron lo propio. El liberal Nick Clegg y el `eurófobo´ Nigel Farage, dimitieron recientemente por sus nefastos resultados electorales en Reino Unido. Da igual la causa, importa el efecto.

Y dimiten también en Francia, caso de Eric Woerth o Michèle Alliot-Marie. Dimiten poco pero dimiten. También sucede, algo menos, en Portugal. Pero ¿y en España, qué pasa? Porque dimitir no es un verbo de Marte ni de Júpiter, lo recoge con amplitud y claridad la RAE. Así que, extraña su falta de uso, no se sabe si por entonación, conjugación o pronunciación. Dimitir se conjuga bien en otros idiomas y lenguas civilizadas, cierto es que con alguna dificultad. Pero se entiende. Dimitir es en inglés resign; en francés démissionner; en portugués demitir; en alemán zurücktreten; en italiano dimettersi.

Profundizando un poco, se intuye que debe ser -sospecha el tentenublo- una cuestión idiomática, cultural, o manifestación paranoica sobre la idea recurrente de que lo que le sucede a uno es siempre causa o motivo de la acción de otro, un razonamiento que, visto lo visto, es el que se toma al pie de la letra en este país. Y es que la idea de culpa, tan arraigada en la cultura cristiana (este tentenublo lo es) acaba siendo al final una guillotina que nunca se precipita sobre la cabeza (en sentido figurado, claro)... y que sólo pasa en política. Curioso fenómeno.

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